Enrique Encabo Inmaculada Maluenda

La casa de Horta

Como tantos arquitectos de su generación, Guillermo Santomà aborda la arquitectura sin prejuicios, como un formato más: mobiliario, escenografías, casas e instalaciones se entrecruzan en busca de una calculada inmediatez.

La piel podría ser, incluso, suficiente. Una página web que colecciona imágenes sin jerarquía visible o un perfil en redes sociales tan caótico como sugerente construyen desconcertantes ejercicios de despiste 2.0 cuando uno trata de aproximarse a Guillermo Santomà (Barcelona, 1984). De la misma forma, tampoco resulta posible encorsetar sus inquietudes curriculares: tres reformas de vivienda, un par de locales, una oficina, una escenografía, una piscina, mobiliario, lámparas, instalaciones... Una aparente fragmentación enhebrada, sin embargo, por ideas y elementos que saltan de formato, como parte de un mismo juego.



Lo obvio sería considerar la arquitectura como ‘hermana mayor' de esa panoplia productiva, pero ésta no parece ocupar el centro de las preocupaciones de Santomà. "Nunca terminaré (la carrera)", explica por correo cuando se le inquiere por su recorrido académico, o "no miro arquitectura", si se le pregunta por sus referencias, para verter a continuación un torrente de nombres ligados a la escritura o el arte. Este apetito pantagruélico por áreas secantes de la creatividad (diseño, pintura, cine o escritura) emparenta su trayectoria con un modelo conocido: el del heterodoxo que aborda la disciplina desde unos márgenes que para él, sencillamente, no existen. Y, como otros salvajes que le precedieron -Manrique, Higueras, Tusquets... la lista es larga- también ha decidido ensayar sobre sí mismo.



La casa en Horta (2014, en colaboración con Albert Guerra) es su primera obra y también su hogar: un paisaje de formas fracturadas en verde oscuro, azul cobalto, blanco y rosa, coronada por un cielo de bovedillas surcado de cúmulos. "Cuando estoy metido en una obra, ésta es mi estudio mientras dura (desgraciadamente, más de lo que al cliente le gustaría). Implica perder muchas horas de gestión, pero te permite experimentar con lo que estás haciendo como si fuera una maqueta". Quizá de esa inmediatez provenga su querencia por las formas puras (círculos y cuadrados recortados), los clichés -ese perfil de escalera, tan bofilliano- o los materiales y colores de los paramentos, que a duras penas contienen los espacios en colisión. Tanto en Horta como en la casa en Sant Feliu (también de 2014, con Guerra y Magdalena Barceló) o en la pequeña bóveda para unas oficinas en el Besòs (parcheada y cubiertas con palmas), la sensación es la de enfrentarse a objetos manipulados con celeridad, a ideas plasmadas mientras ocurren. Esa frescura se extiende por todo su repertorio: espumas proyectadas que se dejan vistas, rocas abandonadas en el espacio, espejos y vidrios unidos sin solución de continuidad... una honestidad que desconoce cualquier protocolo, que evita cualquier articulación que ponga freno a su empuje.



No conviene engañarse: ser ligero es ser preciso. Santomà in medias res está calculado al milímetro, algo que reafirma la ausencia de proceso en su trabajo. Los proyectos quedan a la espera de una explicación que, sencillamente, no llega: ni dibujos, ni herramientas de fabulación; tan sólo las fotografías finales de José Hevia. Aunque este borrado podría leerse como contestación a la herencia de la arquitectura -tan propensa a cartografiar sus procedimientos-, su efecto es algo más interesante: sin información o la posibilidad de subcontratar eslóganes prefabricados, el espectador queda al albur de su propia inteligencia. Ahí se las componga. "Abre la boca y se acabó tu halo", Warhol dixit.