Enrique Encabo Inmaculada Maluenda

On Residence en el interior del DOGA. Foto: Istvan Virag/OAT

Comisariada por un equipo de arquitectos españoles y con una significativa presencia nacional, la nueva edición de la Trienal de Arquitectura de Oslo indaga en aspectos como el tránsito global, la identidad o el cambio climático. Estará abierta hasta el 27 de noviembre.

La primera palabra que viene a la cabeza es glotonería. En After Belonging, la recién inaugurada quinta edición de la Trienal de Arquitectura de Oslo, es posible encontrar, por ejemplo, una filmación sobre la metamorfosis de las cenizas del arquitecto mexicano Luis Barragán en diamante; un estudio audiovisual que equipara escorts brasileños y vegetación amazónica; un retrato de las comunidades chinas que manufacturan nuestra ropa Made in Italy; una habitación de hospital con molduras, cortinas drapeadas y escabeles de terciopelo; arenas movedizas mexicanas; asentamientos en la Luna; gerontocolonialismo en el Caribe… y así hasta medio centenar de instalaciones y artefactos que se suman a conferencias, acciones o seminarios, en una ronda perpetua que evita cuidadosamente el cierre de un relato único.



Y vienen, claro, las preguntas: ¿Dónde se encuentra la línea que separa la diversidad de la confusión? ¿Hasta dónde es posible estirar el ámbito de la arquitectura sin que pierda completamente su carácter? Por otro lado, ¿tiene sentido seguir pensando la disciplina sólo como el levantamiento de construcciones más o menos vinculadas a la receta economía-oportunidad-poder-sex appeal en cantidades variables? Si se plantan en las primeras, Oslo es caro y comienza el frío. Si piensan que la cosa va algo más allá de hacer edificios, Oslo -que sigue siendo caro- ofrece sustancia.



La Trienal parece interesada en la elaboración de un ensayo sobre qué significan, términos com

El equipo de comisariado de esta Trienal es un quinteto de arquitectos españoles. Lluís Alexandre Casanovas Blanco, Ignacio G. Galán, Carlos Mínguez Carrasco, Alejandra Navarrete Llopis y Marina Otero Vezier han completado su formación en la academia norteamericana y ganaron la convocatoria internacional en 2014. Su juventud (oscilan entre los 30 y los 37 años), tráfago por la Ivy League y empeño por presentar un paisaje de proyectos de investigación despierta enseguida comparaciones con la Trienal de Lisboa del pasado 2013, tan cuestionada por su afán de experimentación y ausencia de lazos con el contexto local. La respuesta a ambas asuntos se reúne en el lema, ambiguo y de endiablada traducción. After significa después, pero aquí es más bien "lo-que-hay-detrás-de"; Belonging es tanto "pertenencia" (a un sitio) como "bien material". Inmuebles, certezas y pasaportes, como se ve, pocos. Más que en reduccionismos, la Trienal parece interesada en la elaboración de un ensayo extenso e inacabado sobre qué significan, hoy en día y para todos, términos como poseer, residir o migrar; enunciados que, en nuestra realidad contemporánea, se construyen como polifonía y no como monólogo.



In Residence, en el Nasjonal Museet (Museo Nacional de Arquitectura)

Frente a otros encuentros inabarcables, la Trienal opta por la concisión, mezcla de acontecimientos efímeros (caso de las conferencias de apertura, una maratoniana jornada en la Ópera de Oslo que tuvo lugar el 9 de septiembre, o The Academy, un foro universitario) y medidas exposiciones. No hay empacho: si se prescinde de lo puntual, el programa permite, en el arco de una mañana, un repaso de las dos muestras principales, separadas por tan solo una letra y poco más de un kilómetro: In y On Residence. After Belonging: In Residence, ocupa una pequeña sala en el Museo Nacional de Arquitectura, y explora, tanto en lo documental como en pequeños proyectos de intervención -ambas categorías incluyen trabajos de Bollería Industrial o Husos, equipos afincados en Madrid-, una decena de localizaciones concretas, desde aeropuertos a iglesias o almacenes. El planteamiento de On residence (en el Centro de Diseño y Arquitectura Noruego, el DOGA) es más amplio y versa, podría decirse, más sobre situaciones que sobre sitios. Aquí se agrupan las muy heterogéneas instalaciones de los seleccionados de más renombre, de OMA (junto al equipo local BENGLER) a ROTOR o la nutrida representación española: Andrés Jaque y su Office for Political Innovation, Enorme Studio/PKMN, Estudio SIC|VIC o, dentro de equipos plurinacionales, Daniel Fernández Pascual de Cooking Sections y Eduardo Rega. Específicas o globales, físicas o audiovisuales, iconoclastas o fallidas, todas las propuestas dibujan un mapa de fronteras inestables y cuestionan nuestra propia idea del mundo, pero también -y quizá, sobre todo- reivindican al arquitecto contemporáneo como narrador e intérprete, un interlocutor viable para abordar el análisis de una realidad cambiante y poliédrica.



En su reciente Cómo ver el mundo (Paidós, 2016), Nicholas Mirzoeff predica el necesario despojamiento de la inocencia visual a través de la información. Los cuadros de Claude Monet en el puerto de Le Havre son, por ejemplo, engañosas estampas bucólicas: el sol naranja de Impresión no es bello, sino venenoso, y debe esa tonalidad al neblumo, el aire cargado de toxinas de los embarcaderos. Es necesario contemplar nuestro entorno con ojos nuevos.



Esta Trienal reconoce y estimula el cambio a todos los niveles, del mapa a la app y de la anécdota a la crónica. En las aceras de Oslo se lee, de tanto en tanto, pintadas que rezan Could You Belong Here? con un alfabeto latino plagado de nórdicas diagonales y cedillas. Los segundos que preceden a la respuesta son un legado a la capacidad de instigar pensamientos y alterar conciencias de la muestra: una vez vista, las cosas ya no pueden -no deben, al menos- volver a ser lo que eran.