En agosto de 1983 Bilbao sufrió la peor inundación que se había registrado en el País Vasco hasta la fecha. Los habitantes, ataviados con botas y palas, se volcaron en las labores de limpieza y retirada de escombros. En octubre de ese mismo año, cuando Manolo Laguillo y Koldo Chamorro recalaron en la ciudad para documentar lo ocurrido, los estragos seguían siendo visibles. Esta serie de imágenes, tomadas durante una semana, sirvió para que Laguillo se diera cuenta de que “lo que acaba representado en una imagen no da cuenta realmente de lo que ves”. Este archivo, que el Museo de Bellas Artes de Bilbao tiene previsto adquirir, marca el inicio de la exposición Manolo Laguillo: cuatro décadas que se puede ver en el Museo Universidad de Navarra (MUN) hasta el 20 de marzo de 2022. 

Se trata de una amplia exposición que reúne 279 fotografías tomadas entre 1983 y 2020. En realidad, es la tercera de una serie que arrancó en el año 2007 en el MACBA. En aquella ocasión la muestra se centraba en el paisaje urbano de Barcelona y su transformación desde mediados de los años 70. Le siguió otra muestra en el Museo ICO de Madrid en 2013. Titulada Razón y ciudad, incluía otros trabajos realizados en diferentes ciudades y latitudes. Esta es la tercera de un tríptico que “trata de mostrar los proyectos que he ido realizando desde entonces. Es una puesta al día”, constata Laguillo. 

Desde la casa a la ciudad en su totalidad

Manolo Laguillo recuerda que empezó fotografiando la expresión más mínima de las ciudades como son las casas y las edificaciones aisladas. De allí pasó a las manzanas y las agrupaciones de casas individuales en un intento de aislarlas. Entonces se dio cuenta de que “no se puede aislar el espécimen porque hay un conglomerado”. Tenía que “aceptar que las cosas no son como me gustaría que fueran. Siempre me peleo con cómo se presenta a sí misma la escena y cómo quiero que aparezca”, se sincera. 

Gandía y La Safor, 1990

Después, su foco se abrió al barrio y de ahí a la ciudad “buscando representarla en su totalidad”. Este es precisamente el punto de partida de Las provincias, un proyecto realizado por encargo del MUN y que se puede ver al completo por primera vez. 

Pregunta. En Las provincias vemos imágenes de Cáceres, Zamora, Soria o Ciudad Real, ciudades todas ellas a las que no se les presta tanta atención como, por ejemplo, a Madrid, Barcelona, Sevilla, San Sebastián, mucho más turísticas y quizá fotogénicas. ¿Por qué las escogió?

Respuesta. Me interesan las ciudades pequeñas que se pueden ver de un solo golpe. Cuando han crecido mucho, aunque te subas a una colina, no las ves completas. Ciudades como Sevilla o incluso Donosti han crecido más allá de lo dominable de un vistazo. Me fijo en las que han crecido poco aunque tuvieron momentos de esplendor antes de la industrialización. Palencia, por ejemplo, era muy importante porque era donde se centralizaba la agricultura. Me interesa hacer una especie de vedute de las ciudades y por eso me veo obligado a seleccionar ciudades pequeñas. Cáceres y Soria, por ejemplo, están unidas por los caminos de la trashumancia, Ciudad Real está en medio La Mancha y cuando se viaja al sur Jaén se desprecia. Todas ellas están languideciendo en una especie de tiempo detenido. Eso es lo que me pareció interesante.

P. Esta serie, encargada por el propio MUN, está formada por varios dípticos. ¿Qué le llevó a usar este formato?

R. Vi que había un problema de cantidad y de tamaño. Si ponía 8 fotos por cada provincia iba a tener insuficiencia pero tampoco quería poner 16. Encontré esta manera de hacerlo y de poder aplicar diferentes criterios para montarlos. Fue fruto de una serie de reflexiones con las fotos hechas, cuando tenía que presentarlas. Primero fotografié y luego caí en la cuenta de que me podría venir bien como recurso expositivo.

Díptico de Segovia de la serie 'Las provincias'

P. ¿Cómo se han tomado esas imágenes que vemos emparejadas?

R. Todos los dípticos están montados sobre una única hoja de papel y no se pueden separar. Hay un emparejamiento, una de las formas ha sido contemplar la escena desde el norte hacia el sur y desde el sur hacia el norte. Otra puede ser una panorámica clásica en la que aparece el borde de la ciudad y después me muevo 100 metros hacia la derecha para volver a fotografiar. Ocurre lo mismo con puntos de vista cuyos ejes están a 90 grados entre sí.

Fotografía documental con dosis de subjetividad 

Uno de los rasgos más característicos de la obra de Laguillo es que las escenas que retrata no son las que habitualmente solemos ver. “Me interesan -explica- las zonas en las que las ciudades están creciendo, como cuando de pequeño te duelen las rodillas, las partes donde se rompen sus costuras”. Su zona predilecta es la periferia pero no una periferia entendida como los suburbios o los polígonos sino los bordes que hay dentro de la misma ciudad, zonas no degradadas pero que “tienen un ritmo distinto. Un ejemplo dentro de Madrid sería Lavapiés antes de la gentrificación”, apunta.

Laguillo presume de tener un sexto sentido que le lleva a los lugares. El fotógrafo cree que el punto de partida “de la mejor historia de la fotografía siempre ha sido el mismo: ampliar el concepto de belleza, fotografiar lo que la gente rechaza como feo y convertirlo, por la manera de capturarlo, en algo interesante”. En este sentido, la cámara se convierte en una herramienta para “conocer mejor el mundo e ir a sus estructuras más profundas”. En definitiva, le gusta “el pellejo, la piel y las apariencias” porque para Laguillo es en las apariencias donde está la realidad. “Hay que fiarse de ellas y saberlas leer”, precisa.

La ciudad en bata y con rulos

Fotógrafos como Clifford, Berenice Abbott, Eugène Atget o Walker Evans son algunos de los referentes que han acompañado a Laguillo a lo largo de una trayectoria que roza los 50 años. A todos ellos les une una característica y es que “silencian su ego, no intentan expresarse ellos sino que dejan que la escena hable. Suelen ser planteamientos formalmente rigurosos, austeros, con gran contención. Fríos, sin duda, pero con una emoción contenida”, apunta. 

Japón, 2014

P. La ciudad es la gran protagonista de su corpus fotográfico. ¿Qué le ofrece el entorno urbano que no le pueda dar un paisaje o el ser humano?

R. De entrada es lo que tengo más a mano y tiene que ver con mi manera de ser. Soy muy urbanita y me gusta la gran ciudad, me siento agusto en ella, necesito ese estímulo que ofrece, sentirme en medio y perderme en ella. He hecho foto de calle pero mi criba la pasan los paisajes urbanos porque son escenarios que normalmente se desatienden. Esa distancia que se tiene que adoptar para reflejar estas estructuras realmente no es la habitual. Creo que mi trabajo puede funcionar porque la gente va por la calle y no mira, solo cuando tienes más tiempo y te concedes esa tranquilidad es cuando ves cosas. Se trata de enseñar lo que la gente no ve porque no tiene tiempo o no le presta atención.

P. Cuando sale a fotografiar, ¿establece un recorrido de antemano o se deja llevar por el paseo?

R. Al principio salía a la buena de Dios pero luego fui desarrollando hábitos. Estudiando el mapa te diriges a unos sitios mejor que a otros, estableces prioridades. Pero mi terreno de búsqueda es la totalidad de un barrio y busco los lugares donde está creciendo, donde está saliendo de sus límites. Suelo tener un guion previo en la cabeza pero hay excepciones como Beirut, ciudad en la que hice un recorrido que empecé a las 10 de la mañana y acabé a las 3 de la tarde. Es una metrópoli enorme en la que se notan las huellas de la guerra que duró tantos años. Es una ciudad en la que pasas de un barrio súper rico a otro súper pobre sin darte cuenta. 

P. Otro de los rasgos de su obra es que, casi al completo, está realizada en blanco y negro. 

R. Para mí el color distrae. Cuando lo uso lo hago con mucho cuidado para que no se convierta en protagonista. Me interesa llamar la atención sobre la estructura anatómica de la ciudad y eso aparece con mayor eficiencia con el blanco y negro.

En este sentido, Graciela Iturbide también opta por el blanco y negro porque considera que el color “distorsiona más la realidad” y Laguillo recuerda a Carlos Pérez Siquier, fotógrafo que usó el color en su serie en la que ironiza con gente tomando el sol pero “cuando quiere trabajar sobre La Chanca emplea el blanco y negro porque lo que realmente le interesa es la geología, la relación entre asentamientos humanos humildes y el entorno”. En definitiva, tras el halo de fotografía documental de Laguillo se esconde “una dosis de subjetividad e interpretación”. Como suele decir, le gusta retratar la ciudad “en bata y con rulos”. 

@scamarzana