Dice Luis Gordillo (Sevilla, 1934) que él no es artista de una sola obra “sino de diez por lo menos”. Trabaja en varias piezas a la vez, distribuyendo los cuadros, apuntes, fotografías y recortes por las paredes, mesas y suelo de sus dos estudios. “Me permite meditarlas –explica con ese acento sevillano que no se ha sacudido– no tener prisa y profundizar”. La pandemia le mantiene alejado del ruido en su casa de las afueras de Madrid, aunque su día a día no haya cambiado mucho: “Los artistas estamos confinados siempre, es un trabajo muy solitario y yo, además, no sé hacer otra cosa”. Y así pasa sus días entre el estudio “antiguo” y el “nuevo”, situados los dos en su jardín. Desde el primero, se ven los árboles por la ventana, mientras que el segundo, el nuevo, que es mucho más amplio, está metido en el terreno y recibe la luz natural por el techo. No le sobra ninguno –aclara– porque para trabajar necesita tener todas las obras a la vista. 

De Gordillo hay poco que contar que no sepamos. Es uno de los pintores españoles más importantes de las últimas décadas. Premio Nacional de Artes Plásticas y Velázquez, colecciona exposiciones y sigue vital y al pie del lienzo a sus 86 años. En sus laberintos de color, las formas se recortan, fragmentan y repiten y los títulos se convierten en orgánicos apéndices. Memorándum, el nombre de su próxima exposición en el Museo Universidad de Navarra (a partir del 3 de febrero) es también suyo. 

Pregunta. Ha inaugurado muchos proyectos en estos últimos años, ¿qué significa esta nueva exposición para usted?

Respuesta. Es muy importante porque no es una exposición al uso. Tiene algo de antológica, sin serlo, muchos préstamos y un tamaño generoso, parecido al de la exposición que hice en el Reina Sofía. Me costó mucho dar con el título, soy muy crítico y no es todo lo brillante que me gustaría. Un memorándum es como una comunicación notarial que da fe de que algo es o era de una determinada manera. 

“Mi obsesión por la cabeza viene del psicoanálisis, de la psiquiatría, de esa costumbre de darle siempre tantas vueltas a las cosas”

P. Es algo “que debe recordarse”. ¿Qué le gustaría que se recordara de Gordillo? 

R. A mí lo que me preocupa es que no se me recuerde. Cuando mueren los artistas, incluso aquellos que han tenido cierta importancia en vida, no se vuelve a hablar de ellos. No es fácil desaparecer y seguir en la memoria de la gente y mi pretensión es esa, permanecer en el recuerdo. Yo varío y dudo mucho, hay días en los que me creo un genio y otros en los que pienso que todo esto es una fantasía mía. Me ayuda mucho cuando un crítico al que respeto me echa un capote. 

Con 'buen pie' 

Hoy se ha levantado “con buen pie” aunque, dice, no es lo habitual. Gordillo siempre ha alimentado una imagen de personalidad depresiva pero cuesta creerlo cuando, conversando con él, salta con humor de una ocurrencia a otra. Detrás de ese aspecto serio se esconde un tipo encantador y cercano que tiene mucho de las caretas que vemos en sus obras. Organizada por temas en seis secciones, en su próxima exposición en el Museo Universidad de Pamplona encontramos un apartado dedicado a sus características caras. Aunque la muestra, comisariada por Sema D’Acosta, incide en obra reciente no renuncia a algún cameo de clásicos como su famosa Serie luna (1977) y muestra muchas piezas que explican la relación del pintor con la fotografía.

P. Algunas de sus cabezas tienen algo de máscaras africanas. ¿Le atrae ese tratamiento del rostro?

R. Sí, no lo había pensado. Tiene que ver con mi obsesión por la cabeza como símbolo psíquico. Viene del psicoanálisis, de la psiquiatría, de esa costumbre de darle siempre vueltas a la cabeza.

P. ¿Con qué títulos de las nuevas piezas se siente más satisfecho?

R. Los títulos me los trabajo mucho y algunos quedan redondos. En Naufragio (2020), por ejemplo, elevo unos cacharros miserables tirados en el fregadero a la categoría de naves luchando contra maremotos. Huida en espejo, siete cartulinas grandes sobre las que empecé a trabajar hace años y que he terminado ahora, tiene algo de pequeña poesía. Y en Transmigración de Almas, que es una especie de nube, siempre la misma, repetida varias veces con distintos tratamientos de color y collage, podía haber hablado de nubes pero preferí Almas, así, con mayúsculas.

“Sufro con la pintura. Creo que mi vejez futura se va a resolver por la vía dibujística y fotográfica”

P. Su Autobiografía Gordilliensis (2020) es una explosión iconográfica de 5 metros de largo. ¿Cómo se lee?

R. Es un tipo de obra que llevo haciendo desde hace tiempo en un formato más modesto y que ahora me planteé en serio. Empecé por pensar el fondo como si fuera una abstracción geométrica con muchos colores, y después añadí las imágenes. Lo bonito es que surge de mi trabajo en el estudio: pongo muchas cosas en la pared, motivos que me interesan, ideas que me vienen a la cabeza, a la mano, fotos que recojo de la prensa… y todo este material se va organizando en un conjunto vivo en el que se relacionan bien. Uno de estos conjuntos, perfilado y más elegante, es el que vemos ahora en esta Autobiografía. Creo que esta pieza supone un paso en mi obra. Contiene muchas fotos mías, casi todas de broma, muy trágicas. Hay también un Rembrandt, un Bacon… Exhala un cierto perfume gordilliensis

Gordillo trabajando en su 'Autobiografía gordilliensis', 2020. Foto: P.L.  

P. ¿Le interesan especialmente Rembrandt y Bacon?

R. Son una muestra de otros tantos que me han interesado. Rembrandt vivió una vida intensa y auténtica y le tengo cariño, así como a muchos pintores maravillosos de los siglos XVI y XVII. Solo en la pintura italiana el número de genios es inabarcable. Últimamente tengo la costumbre de dejar libros de Manierismo y Barroco –buenas ediciones con un color muy cuidado– abiertos en el estudio y en casa, apoyados en mesas. Paso por delante y hojeo dos o tres páginas. Me gusta convivir con ellos. Me dan vida pictórica. 

P. ¿Ha descendido su energía al enfrentarse al lienzo?

R. Con los años ha aumentado el dolor que me provoca la pintura. Es una cuestión más mental que física. Me cuesta mucho resolverlas. Cuando están en proceso hay una lucha de energías que van y vienen hasta que consigo dominarlas y llego a un equilibrio casi arquitectónico. En cambio el trabajo previo –los dibujos, los collages, las fotografías que recorto de la prensa– me resulta muy placentero, algo así como salir al recreo y respirar. Estoy pensando que mi vejez futura se va a resolver por esa vía dibujística y fotográfica… 

P. Y esa paleta tan vibrante de sus pinturas, ¿cómo la elige?

R. Los cuadros crean atmósferas de color que se van transmitiendo de unos a otros. Tienen algo de familia. Hay padres, hijos, tíos-abuelos… conexiones hereditarias que conforman un ambiente.

“Esta es una profesión especial, ingrata. Para ser artista hay que tener la vocación de un cura”

La fotografía ha sido siempre un bajo continuo, “un murmullo”, en la obra de Gordillo. Con ella ha registrado la vida de sus cuadros, momentos, fragmentos, se ha autorretratado sin descanso, siempre rodeado de un aura lúdica. No tiene móvil ni ordenador pero sabe “pedir lo que quiere”. “Tengo dudas de si soy una persona analógica o digital –reflexiona–. Por un lado la pintura y el dibujo son totalmente analógicos, pero por otro estoy metido en tantos líos de ordenador, de cambios y de fotografías, que creo que estoy entremedias”. Recopila imágenes de prensa desde que era niño y saqueaba la propaganda médica que recibía su padre. Dedica los fines de semana a esta tarea, a bucear en las revistas culturales y periódicos que recibe regularmente en su domicilio. “Encuentro imágenes llamativas, una mala fotografía de prensa puede ser una buena obra de arte. La poesía surge aquí de manera muy distinta”.

Referente de los jóvenes 

P. Siempre le han buscado los artistas más jóvenes. ¿Cómo ve la situación de estas nuevas generaciones en nuestro país? 

R. Los primeros que se interesaron por mi obra fueron Carlos Alcolea, Chema Cobo y el grupo de Los Esquizos de Madrid, hacia finales de los sesenta. Después han ido viniendo otros, es verdad. Y ahora tengo una exposición junto a Miki Leal y Rubén Guerrero en el Espacio Santa Clara de Sevilla, Tríplex. Esta es una profesión muy especial, hay que tener la misma vocación que un cura. Es una carrera ingrata que premia a poca gente. Los que comemos del arte somos una minoría, aunque comemos muy bien. Me sigue costando comprender cómo puede aguantar tanta soledad un artista sin apoyo institucional. España no es un paraíso en este sentido. 

P. Tengo curiosidad, ¿ha hecho alguno de sus dibujos de teléfono mientras hablábamos?

R. No, hoy no, pero muchas veces cuando sé que la conversación va a ser larga y relajada, lo primero que hago es ponerme un taco de papeles y lápices buenos al lado. Los dibujos salen solos. Hay una parte de la psiquis –la más racional y crítica– que se queda en blanco y deja que fluyan. Salen maravillas. 

@LuisaEspino4