Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos, 23. Comisario: Jean-Louis Prat. Madrid. Hasta el 5 de mayo

Sólo en diez años, entre 1907 y 1917, se abrieron todos los caminos que el arte no ha acabado aún de recorrer. La primera fecha es la de ejecución de Las señoritas de Aviñón, de Picasso. La última, en la que Duchamp presentó a una exposición colectiva un urinario titulado Fuente, como si fuera una escultura más. Entre un año y el otro, encontramos el Manifiesto Futurista (1909), la aparición del expresionismo alemán (1911) y la creación de Dadá (1916). Y en relación con esta exposición, la primera acuarela abstracta de Kandinsky (1910) y la presentación pública del Cuadrado negro de Malévich (1915). No he leído ninguna explicación convincente acerca de esa concentración inaudita de talento innovador. Tampoco de un hecho al menos curioso: que la aparición de la pintura abstracta esté protagonizada por dos artistas rusos (hay un tercero al que se suele olvidar, el checo Frantisek Kupka, también, en todo caso, oriundo del este de Europa). 

Pues a este apasionante giro de la historia del arte, a través de sus protagonistas y de otros creadores de primera fila, es a lo que está dedicada esta exposición de la Fundación Mapfre. Se centra en el periodo que va de 1910 a 1932 (aunque alguna obra lo desborde), que es como decir desde las primeras manifestaciones de renovación de la pintura rusa hasta su estrangulamiento, a través de un decreto de Stalin que convertía, de facto, al realismo socialista en el único estilo autorizado.

Una visión amplia y documentada de un momento clave del surgimiento del arte modernoEn 1910, Lariónov, Lentúlov y Burliuk organizaron una exposición de título inolvidable: La Sota de Diamantes, que reunía a pintores y pintoras que exploraban las posibilidades de combinar los lenguajes de la vanguardia parisina con las formas tradicionales del arte popular ruso. Ahí encontramos a un Malévich aún figurativo y desde ahí también se establece el diálogo que da título a la exposición, contraponiendo sus obras con las de Chagall. Y sí, efectivamente, no podemos pensar en dos artistas más distintos, si bien en 1912 todavía Malévich pintaba campesinas y segadores de estética postcubista. Más sorprendente es encontrar un cuadro perfectamente figurativo de Vladimir Tatlin, Pescadero(1911), antes de convertirse en el gran artista del constructivismo. Chagall está aquí presente con un autorretrato de 1914 y, en otra sala, con varios deliciosos estudios para sus decorados del Teatro Judío de Moscú. 

Una visión amplia y documentada de un momento clave del surgimiento del arte moderno

Pero la primera aportación rusa importante, aunque no original, fue hacia 1912, el cubofuturismo. El título expresa la profunda asimilación de los nuevos lenguajes. No en balde Liubov Popova y Nadiezhda Udaltsova habían estudiado en París con Metzinger, coautor de un libro que por entonces era la biblia del cubismo. Otra escuela rusa coetánea, el Rayonismo, añadía sus variantes al cóctel. Lariónov y Natalia Goncharova son sus mejores representantes. En este sentido, el evanescente Sulky (1919) de Yakúlov o el conocido Ciclista (1913) de Goncharova muestran la versión rusa del futurismo. Igualmente, la gran escultura de Baránov-Rossiné, Ritmo (1913), que de reojo podría pasar por una creación de la Nueva Figuración Madrileña. 



Vassily Kandinsky: Dos jinetes y figura reposando, 1909-1910

El nudo de la exposición es la aparición de la abstracción. En la representación de Kandinsky le vemos pasar de su etapa expresionista hasta la abstracción musical de Nublado (1917). Un cuadro de colorido inusualmente triste, que las circunstancias de aquel año convulso pueden explicar. Por su parte, las citadas pintoras cubofuturistas ahora ya abrazan una abstracción estricta. La sorpresa que nos aguarda es un cuadro de Ródchenko, también abstracto, de 1920.Como en el caso de Tatlin, muestra una etapa previa al estilo con que le caracterizamos. 

Y sin duda, el centro del centro de la exposición es el tríptico suprematista Cuadrado negro, Cruz negra y Círculo negro (todos en versiones de 1923). Malévich escribió “Por suprematismo entiendo la supremacía del sentimiento puro en el arte creativo”. Es decir, la posibilidad de trasladar emociones sólo mediante forma y color, sin necesidad de narración o significado. Lo lograra o no, hizo algo insólito: convertir definitivamente el cuadro en objeto, en algo que ya nada tenía que ver con la pintura y sus reglas. Representa una auténtica novedad la exhibición de un conjunto de arquitecturas y estatuillas en yeso, realizadas por Malévich en la década de 1920, que prefiguran la arquitectura colosalista soviética posterior. 

En la última sala encontramos los célebres campesinos que pintó Malévich en sus últimos años y cuyo sentido (crítico o experimental) siguen discutiendo los especialistas. También cuadros de Pável Filónov, un autor aquí poco conocido que sorprenden por su (post)modernidad. Quiero dedicar unas líneas finales a la Escuela de Matiushin. El célebre compositor fue un personaje singularísimo, que como profesor de pintura puso en práctica diversos ejercicios para potenciar la percepción. Un cuadro suyo y varios de los hermanos Ender, muestran el resultado.

Podemos pues asistir a una visión amplia y documentada (porque se acompaña de una excelente selección de libros y material impreso) de un momento clave del surgimiento del arte moderno. Aunque no descubre nada realmente nuevo, es una oportunidad excepcional para ver en directo unas cuantas obras maestras.