No debía de ser fácil posar para Lucian Freud. Colocarse frente a su mirada significaba no saber, hasta pasados siete u ocho meses, qué iba a ocurrir con el retrato. Eso sí, suponía asistir a las largas sesiones en el estudio. A todas, sin excepción. La consecuencia de no hacerlo de manera disciplinada la vivió Jerry Hall, que iba a ser retratada embarazada y dando de mamar a su hijo Gabriel. Pero no acudió a las dos últimas y el artista, cansado a su vez de la impuntualidad de esta, se vengó. "Quiero que seas el primero en saber que el cuadro ha tenido un cambio de sexo, Jerry no se presentó a las dos últimas citas así que la he convertido en hombre", escribió a Acquavella, su agente en Nueva York. Al cuerpo recostado de ella le retrató la cara de David Dawson, su asistente, modelo y heredero que publica con Phaidon un libro que celebra la trayectoria del artista.

A Freud le gustaba inmortalizar a sus amigos y cercanos de manera sosegada, tanto que un solo cuadro podía ocuparle 11 meses de trabajo y si al finalizarlo no quedaba satisfecho, lo destruía. Era tan exigente con sus retratados como lo era consigo mismo, de modo que "siempre pintaba con un modelo por la mañana y con otro por la tarde". Su horario era, también, disciplinado: de ocho de la mañana a una del mediodía y, tras un descanso, retomaba la tarea de seis de la tarde hasta medianoche. Así fue durante siete décadas, siete días a la semana, incluida la Navidad.

"Primero hacía un dibujo rápido en el lienzo, silueteaba los contornos para borrarlos después y sobre la forma fantasmal que quedaba empezaba a pintar", explica la persona más cercana al pintor durante sus últimos veinte años de vida. Cuando había acabado "tenía tanta información sobre esa persona que hacía un grabado". Con su trabajo quería contar una verdad, "encontrar un sentimiento común que nos une a las personas y creía que la manera de dar con ello era mirando, observando". Por esa razón, desde joven se interesó en el retrato y no en la pintura paisajística, en la lentitud frente a la celeridad.

Lucian Freud en 2006

Este libro, titulado Lucian Freud, está dividido en dos volúmenes, tiene un precio de 475 euros y se publica con una tirada inicial de 3.500 ejemplares. Aunque de momento solo está disponible en inglés, es uno de los estudios más completos de la obra del artista en el que se pueden encontrar 480 imágenes y los textos del crítico Martin Gayford y del propio David Dawson. Cada volumen se estructura por décadas permitiendo ver "cómo evolucionó de una pintura naif en la adolescencia a una brocha espesa y madura después".

El desnudo y el paso del tiempo

Desde pequeño manifestó su interés por el arte y pronto hizo una notoria escultura de un caballo de tres patas, pero no siguió por esa senda. Aunque nació en Berlín en 1922, su familia se trasladó a Londres en 1933 (su abuelo, el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, lo hizo en 1938), ciudad en la que se convirtió en el gran artista que fue. A los 30 años conoció a Francis Bacon cuando este "estaba pintando con pincel grueso, mucha pintura y mostrando emoción en sus cuadros". Fue él quien le enseñó a ser un gran artista contemporáneo aunque "tras 20 años de relación muy estrecha se empezaron a distanciar". Antes de conocer a Bacon, había expuesto sus dibujos pero fue después de este encuentro "cuando empezó a dar volumen a su obra".

En los años 60, sin embargo, estalló el pop art y Freud fue olvidado y considerado demasiado antiguo. No obstante, él no cayó en el influjo de este movimiento y ese anonimato al que se le relegó "le encantó porque pudo seguir trabajando al margen de la crítica, el público y el mercado", sostiene Dawson. Continuó su propio camino fuera de lo establecido sin hacer caso de una crítica que nunca le importó hasta que en los años 80 se le volvió a recordar. Poco después, en los años 90, empezó a pintar cuadros de gran formato de hombres desnudos, condición que, para él, "mostraba quién era en realidad la persona retratada". Fue por esas fechas cuando llegó Dawson a su vida y se convirtió en su asistente y modelo, llegando a retratarle hasta en ocho ocasiones.

'Reflejo con dos niños (Autorretrato)', 1965

Además de los desnudos, el paso del tiempo fue otro de los temas que más tiempo lo mantuvieron ocupado. Aunque esto no le supuso ningún trauma porque "siguió pintando hasta dos semanas antes de morir", asegura Dawson. Para Freud la pintura estaba por encima, incluso, de las personas y lo que quería era mostrar todas las emociones posibles. Por eso, en sus inicios, solo retrataba a gente cercana porque "su gran miedo era que el modelo se fuera a mitad del proceso".

Por sus pequeñas estancias pasaron aquellos a quienes conocía y formaban parte de su vida: su madre, sus mujeres (con las que tuvo 14 hijos), sus amantes, David Hockney, Francis Bacon, Kate Moss o la Reina Isabel II. Con la monarca hizo dos excepciones: dejó la habitación donde siempre pintaba por el Palacio de St. James y redujo las cinco horas de cada sesión por dos. Ella, sin embargo, nunca expresó su opinión personal sobre el retrato aunque se conoce que aún lo conserva. Nadie se negó a posar para él aunque se sabe que en los años 50 uno de sus retratados se enfadó al ver el trabajo que había hecho y destruyó el cuadro. "Seguramente se tiró de los pelos después", bromea Dawson.

En vida llegó a pintar cerca de 500 obras, de las cuales un 80% se encuentra en colecciones privadas mientras que tan solo el 20% está en instituciones públicas. "Esto cambiará cuando los coleccionistas, que van evolucionando, donen las piezas que tienen así que es probable que en el futuro el porcentaje cambie". Por ello, el libro es una aproximación a todas esas pinturas que el espectador no puede ver. De momento, el Museo Thyssen-Bornemisza ha anunciado que está trabajando, junto a Dawson, en una retrospectiva que se le dedicará al pintor en 2020.

@scamarzana