David Wojnarowicz: One day this kid…, 1990

Han pasado casi dos décadas desde que el Whitney Museum de Nueva York apuntara en su agenda el nombre de David Wojnarowicz con vistas a revisar su obra. Desconozco todas las razones que han trabado la realización de este proyecto, pero bienvenido sea este retraso, pues la exposición no puede llegar en mejor momento, cuando en la ciudad comienza a librarse una indisimulada ofensiva contra las políticas de Trump, cuya mezquindad alcanza estos días cotas insólitas y a quien no parece que vayan a pasarle una de aquí en adelante, tal es el deterioro de las relaciones con todos los estamentos sociales del país y, sobre todo, con los medios de comunicación. En Nueva York se ha visto este año, en el MoMA, la obra de la tenaz Adrian Piper; a Woijnarowicz en el Whitney le ha precedido Zoe Leonard. Fueron amigos. Se arrastraban juntos por los mugrientos rincones del Lower East Side a principios de los ochenta, una época a la que se empieza a parecer mucho la nuestra. Bajo aquel otro mediocre de la historia política estadounidense, Ronald Reagan, cuyos dos mandatos se dilataron a lo largo de toda la década, también entonces las libertades vivieron bajo amenaza.



Qué grande fue la figura de David Wojnarowicz, y qué poco hemos sabido de ella en nuestro país. Por eso es también importante la muestra que ha organizado la Fundación Loewe en su sede de Gran Vía, en Madrid, en la que comparte espacio con Peter Hujar, a quien conocemos más, y quien lo fue todo para David, no sólo su pareja, también un padre y un mentor. Todo lo que hizo David, repetía el artista incesantemente, lo hizo por y para él. Hujar era un personaje adorado en la escena neoyorquina, un tipo de un carisma inagotable. Vivió siempre con lo puesto. No es que le gustara llevar una vida de mierda, pero no estaba dispuesto a hacer ningún esfuerzo por mejorar su estatus si eso requería mover una coma de su programa ético, aunque se sabe que, medio en broma medio en serio, un día cambió su nombre a Jute Harper, a ver si así le iban mejor las cosas. A David le cansaba más la precariedad en la que vivió durante años. Le duraban los trabajos unos cuantos días, pues era alérgico a la autoridad y sentía demasiado respeto por su libertad. Se conocieron a finales de 1980 y quienes les veían juntos decían que no necesitaban hablarse, que en su proximidad silente mantenían un diálogo de una extraordinaria elocuencia afectiva. Los dos tuvieron infancias terribles. Hujar se marchó de casa cuando su madre le lanzó una botella de cerveza a la cara, y a David su padre, otro borracho infame, le maltrató salvajemente durante años. Es posible que nunca hubieran tenido la relación que tuvieron si alguno de los dos no hubiera sufrido semejantes vejaciones, pues tenían una clara propensión hacia lo abyecto, como si las vidas felices se vivieran sólo en otros mundos. En su Nueva York, lo estándar eran la calle, el sofá ruinoso de un amigo, los ajados muros de los muelles.



Vista de la instalación en la Fundación Loewe

Nadie ha contado la vida de David Woijnarowicz como Cynthia Carr en su libro Fire in the Belly. The Life and Times of David Woijnarowicz, un relato sobresaliente que muchos consideran la mejor biografía de un artista jamás escrita. En él se narra la azarosa existencia de Wojnarowicz pero es también un detallado fresco de la escena underground neoyorquina de los ochenta, centrada, sobre todo en el auge y caída del Lower East Side, el epicentro de la contracultura y la subversión en la ciudad. Y es un relato estremecedor sobre la eclosión del SIDA y de la miserable gestión que de la enfermedad hizo el gobierno estadounidense.



La exposición de la Fundación Loewe pone en relación los mundos de Hujar y Woijnarowiz a partir de sus fotografías. Hujar trabajó exclusivamente en este medio toda su vida, no así David, que se sirvió de él en su investigación y que también produjo fotografías extraordinarias, pero en el conjunto de su obra no ocupan el lugar más destacado, siempre parte de un todo mayor. Hujar publicó su único libro en 1976, el fabuloso Portraits of Life and Death, que reunía retratos de célebres personajes de su círculo, como la celebérrima imagen de Susan Sontag o las de John Waters o Paul Thek, junto a fotografías tomadas en las catacumbas de Palermo. Su obra constituye un documento excepcional sobre el Nueva York de los setenta y ochenta, una mirada que enaltecía la subalternidad y rehuía el brillo y la pompa que tantos otros han resaltado de Manhattan. Mucho se ha escrito sobre las diferencias entre las imágenes impecables de Robert Mapplethorpe, pura forma, y las de Hujar, sujetas a una belleza de otro signo, sórdida, derrengada. Su visión de la ciudad está poblada de personajes extremos que asumían sin rémora su condición marginal en un Lower East Side que durante unos años fue un barrio amparado en leyes y códigos propios. A mediados de la década, Rudy Giuliani, en su cargo de fiscal del Distrito Sur comenzó a "limpiar" la ciudad. Hoy Giuliani es abogado de Donald Trump. Podemos imaginar la saña con la que llevó a cabo su purga.



Una de las imágenes más conocidas de Hujar, Candy Darling on her Death Bed, de 1973, es probablemente una de las que mejor le define. Fue realizada sólo unos pocos días antes de la muerte de la musa de Warhol, a los 29 años, en la cama de un hospital. De pocas situaciones tan dolorosas se ha logrado extraer tanta belleza y dignidad. A Hujar le fue diagnosticado el SIDA en enero de 1987. Murió en noviembre de ese mismo año en el Hospital Cabrini de Nueva York. Sólo meses después a David le diagnosticaron el suyo. Fue un palo demoledor para él, que alternó fases depresivas con periodos de actividad febril, como queriendo cerrar trabajos antes de que la muerte lo hiciera por él. Se convirtió, además, en el mayor agitador de la lucha contra las facciones más reaccionarias del gobierno, que habían ignorado primero y más tarde minimizado un problema del que responsabilizaban a los propios homosexuales, en una ciudad en el que se concentraba en torno a una cuarta parte de los afectados de todo el país. El relato que de esto hace Cynthia Carr es demoledor. Se resume en un dato: el presidente Reagan tardó seis años y medio en pronunciar la palabra SIDA. En sus últimos tres años de vida, ya sabedor de su enfermedad, Wojnarowicz vivió en primera persona las guerras culturales que con verdadera violencia se libraban entonces. Entró en enconadas batallas judiciales, una de ellas contra la Asociación Americana de la Familia, una poderosa institución ultraconservadora que había difamado gravemente a David, tachando su obra de "sacrílega" e "inmoral". No ganó el juicio, pero tampoco lo perdió.



David Wojnarowicz: Iolo Carew, 1988-1989

Además de la gran retrospectiva del Whitney, otras dos individuales en la P.P.O.W. Gallery y en un espacio de la Universidad de Nueva York se acercan a la a la obra de Woinarowicz y a su perfil político. Qué difícil es desligar su vida de su obra, aunque no hay ninguna necesidad de hacerlo, por más que David detestara ser recordado como un artista activista o como un "gay artist". Un día, nos cuenta Carr, harto de que se le asociara con lo político y no con lo estético, pidió a Felix Guattari un texto sobre su obra para un catálogo. Guattari no le conocía. Tras dos o tres obviedades sobre su trabajo, no pudo evitar adentrarse en la deriva vital del artista.



Tras las palizas recibidas de su padre, se trasladó, con dieciséis años, desde su New Jersey natal a Manhattan, donde empezó a recorrer sin rumbo las calles, vendiendo su cuerpo para comer, frecuentando los muelles, aquel lugar oscuro y magnético donde la comunidad gay iba a hacer cruising. En los muros gigantescos de los piers, que fueron poco a poco desmantelándose a lo largo de los ochenta, David realizó sus primeras intervenciones. Marchó a París en un viaje que se preveía más largo, y a su regreso, pocos meses después, realizó su conocida Rimbaud Series, un conjunto de fotografías que mostraban personajes anónimos portando una careta con el rostro del poeta francés, por quien David sentía verdadera devoción. Consideraba que sus vidas eran similares. Habían nacido con cien años exactos de diferencia, los dos huyeron de sus casas y nunca estuvieron dispuestos a aceptar normas establecidas, y, aunque David, lógicamente, no lo supiera entonces, los dos morirían a los treinta y siete años. También adoró a Genet, sobre quien realizó una obra que le valdría no pocos disgustos que, lejos de amilanarle, enfatizaron la radicalidad de su discurso. En un primer plano aparecía Genet con un halo dorado. En segundo término, Cristo, con una jeringuilla pinchada en su brazo. Son obras de juventud. Esto es 1979. El Lower East Side era el templo del libertinaje, follaban todos con todos y la heroína corría sin trabas.



Wojnarowicz fue autodidacta, y su obra se parece bien poco a los modelos imperantes del momento. Trabajó con plantillas y estrategias del arte urbano, incorporó dibujo, fotografía, textos serigrafiados, objetos y assemblages... Y escribió muchísimo y muy bien. No se ponía límites. Cualquier soporte le servía, desde carteles y anuncios en las calles hasta tapas de papeleras, y todo lo reelaboraba. Tenía un concepto del mundo como un reflejo, como reverso o sustituto -surrogate, dicen los ingleses- de ese otro mundo previo al nuestro en el que se cifró la historia. Es un concepto algo complejo que denominó the preinvented world. Para definirlo y delimitarlo utilizó mapas y elementos extraídos de la realidad cotidiana.



Sentía especial afecto por insectos y animales, que fotografió en sus múltiples viajes al Suroeste del país y a México, y que reprodujo reiteradamente. Le servían de metáfora sobre situaciones de control social. Le gustaban las ciénagas, tal vez también como reflejo de la sociedad enfangada en la que vivía, pero adoraba un particular ideal de belleza. Un día, hacia 1990 y ya enfermo, Zoe Leonard, a quien David había frecuentado en los momentos más brumosos del Lower East Side y que ya empezaba a despuntar como artista, le enseñó, no sin temor, sus fotografías de nubes. A David le entusiasmaron, y le emplazó a seguir buscando la belleza sin dejar la lucha de lado. Desde 1984 las obras de calidad empezaron a ser constantes y con ellas las llamadas a participar en exposiciones individuales y colectivas. De 1984 es Fuck You Faggot Fucker, que parte de un anuncio homófobo encontrado en las calles. Es una pieza reveladora pues muestra la versatilidad con la que empezaba a mezclar iconografías y materiales. David siempre se definió como escritor aunque entró en fases críticas con el lenguaje durante toda su vida. El ensamblaje de imágenes que caracteriza su obra tiene mucho de construcción lingüística, algo atolondrada en ocasiones, pero eficaz al cabo. El mensaje no tardaba en llegar.



En vida, sólo realizó una exposición de corte retrospectivo, celebrada en la ciudad de Normal -curioso, cuando él siempre se había considerado un alien-, en Illinois, en enero de 1990. Se montó un escándalo fenomenal pues la exposición contaba con ayudas del National Endowment for the Arts, el órgano patrocinador oficial estadounidense, y el bando católico de la guerra cultural arremetió contra la institución y el artista. Poco había ayudado que poco antes Nan Goldin hubiera organizado una muestra colectiva en el Artists Space que contaba en su catálogo con un texto incendiario de David. En él había llamado "puto gordo caníbal" a no sé qué reverendo. Wojnarowicz estaba, además, muy involucrado en las evoluciones de ACT UP, la organización más combativa en la lucha contra la estigmatización del SIDA. No hacía gala de sutileza alguna en su labor. Difícilmente sería recordado como un artista plástico sin pretensiones ideológicas y hoy, a la hora de plantar cara a Trump, a mí no se me ocurre nadie más indicado.



@Javier_Hontoria