La caída de Luzbel, 1840

En 1839 Antonio María Esquivel (Sevilla, 1806 - Madrid, 1857) sufrió una ceguera temporal. Durante este periodo, en el que pensó incluso en suicidarse, el Liceo organizó una velada benéfica en la que se involucraron los colegas que le rodeaban para ayudarle a costearse el tratamiento en el extranjero. Cuando el pintor recuperó la vista en 1940 pintó La caída de Luzbel, una obra que representa la victoria del Bien sobre el Mal, que regaló a la institución en forma de gratitud. Esta es una de las tres piezas del artista que el Museo del Prado ha restaurado recientemente y que ahora se muestra en la sala 60 del Edificio Villanueva hasta el 20 de enero bajo el título de Antonio María Esquivel (1806-1857). Pinturas religiosas.



Pero La caída de Luzbel no solo representa la expulsión del ángel rebelde, también es "una alegoría del triunfo de la luz sobre la oscuridad", ha comentado Javier Barón, jefe de Conservación de Pintura del siglo XIX del Museo del Prado. Además, el rasgo novedoso de este cuadro, que estuvo expuesto en el Casón del Buen Retiro durante un breve periodo, fue "la presentación de la victoria sin armas". Para su restauración el lienzo ha sido sometido a una "limpieza de la capa pictórica y al retoque de finas capas de pintura", ha apuntado Eva Perales, técnico del Área de Restauración del Museo del Prado.



El artista barroco andaluz que, en palabras de Andrés Úbeda, director adjunto de Conservación e Investigación de la pinacoteca, "soluciona de manera personal la compleja relación entre la pintura y la religión", se hizo con los mejores materiales para su ejecución. Ocurre lo mismo con El Salvador, un lienzo que "llegó en muy malas condiciones", ha asegurado Barón. Esta pieza religiosa fue depositado en el Museo Provincial de Mallorca en 1901, donde nunca se expuso, para pasar a ser colgado en la lonja durante 63 años. Tras este periodo fue devuelto al museo pero "debieron de enrollarlo sobre sí mismo o sobre un rulo de inferior tamaño a la puntura que quebró la pintura al óleo", ha explicado Perales.



El Salvador, 1842 y, a la derecha, La Virgen María, el niño Jesús y el Espíritu Santo con ángeles en el fondo (1856)

Además, "al eliminar las tachuelas se resquebrajaron algunas zonas del lienzo", haciendo necesaria una restauración más minuciosa. Esta sufrió el cuarteamiento de la pintura por "el uso de secativo del propio artista. Los italianos a esto le llaman 'piel de serpiente' y es irreversible", ha observado Perales. No obstante, su intervención en él ha consistido en la limpieza de los barnices. En esta obra del artista, obsesionado por la corrección anatómica, destaca la solidez de las figuras sobre los tonos dorados del fondo y confecciona "una mayor exaltación que en La Virgen María, en niño Jesús y el Espíritu Santo con ángeles en el fondo, donde se puede observar "la influencia de Murillo y Guido Reni como referente italiano".



Esta última pieza fue "comprada por el Estado el mismo año de su realización (1856) y cuenta con un perfecto equilibrio entre el tono, la luz y el dibujo", ha resaltado la restauradora Lucía Martínez. Debido su estancia y exposición "el barniz había amarilleado la pintura y bastaba con eliminarlo", ha afirmado. Junto a estas tres obras se han expuesto otras dos de menor tamaño: Autorretrato (1856), el últimos de cuantos hizo, y El escritor José de Espronceda (1824), un retrato de su amigo que colaboró en la velada benéfica organizada por el Liceo. Antonio María Esquivel, que recupera los motivos religiosos en el siglo XIX cuando "la relación entre pintura y devoción pasaba por una difícil relación", ha dicho Úbeda, participó también en la concepción de Tratado de Anatomía Pictórica, un manual para otros muchos artistas que conserva el Museo del Prado.



@scamarzana