Victor Vasarely: Bi-Octans, 1979 (izq.) / Bull, 1973-74 (dcha.)

Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado, 8. MADRID. Comisario: Márton Orosz. Hasta el 9 de septiembre

Curioso destino el del Op Art. En la década de 1960 alcanzó una popularidad que muy pocas tendencias han logrado. Además, reunía toda una serie de ingredientes culturales que lo convertían en algo más que un mero estilo pictórico. Y sin embargo, la herencia dejada en el ámbito artístico es ciertamente escasa. Será que la moda es aquello que pasa de moda, como dijo, creo, Coco Chanel. Porque hubo un tiempo en que desde los abrigos de señora a los prospectos de medicamentos contra el mareo, explotaban los juegos ópticos del Op Art. Y en otro orden de cosas, la dimensión intelectual y política del arte nunca garantiza su vigencia. La vocación de utopía social o de investigación científica de buena parte del arte geométrico no ha sido suficiente como para mantenerle vigente. Y sin embargo, dicho lo anterior, resulta que el panorama expositivo madrileño de estos meses indica una tendencia opuesta. La exposición de Eusebio Sempere en el Reina Sofía o la que acaba de clausurarse de Ángel Duarte en la galería José de la Mano tienen mucho en común con esta de Vasarely. Será que todos ellos son antes que nada artistas excepcionales.



Victor Vasarely (1906-1997) nació en Pecs, Hungría, pero desarrolló su carrera artística en París. Llegó a convertirse en una figura destacadísima en Francia y alcanzó una gran proyección internacional a raíz de su participación en una muy comentada (y visitada) exposición del MoMA neoyorquino en 1965. Su formación se inició en la Academia Muhely, la denominada Bauhaus de Budapest, en la que tuvo como profesor a Moholy-Nagy y se familiarizó con el constructivismo, influencias ambas presentes en toda su trayectoria. Se instaló en París en 1930, dedicado a la obra gráfica y aún centrado en la figuración. Uno de los atractivos de esta muestra es encontrar obras de este periodo, muy poco conocidas, pero en las que podemos detectar ya las primeras retículas y un interés por las paradojas ópticas que luego desarrollará en plenitud. Un gran tapiz con el dibujo vertiginoso de una cebra, fechado en 1938, es ciertamente profético.



Victor Vasarely: Ajedrez, 1980

Tras una estancia en Bretaña en la que descubre los patrones geométricos de las formas naturales, producirá algunas de sus primeras obras abstractas. Poco después, en la galería Denise René, cuyo compromiso con Vasarely fue clave para consolidar su carrera, trasladó mediante procedimiento fotográfico sus composiciones espaciales a las tres dimensiones, ocupando los muros de la galería. Y a partir de manejar negativos y transparencias, creó la serie Naissances, en las que superpone patrones dando lugar a sus característicos efectos ópticos. Pero el punto de partida de sus obras propiamente cinéticas es una especie de ejercicio de estilo a partir del suprematismo de Malevich, cuyo cuadrado negro hace rotar en el espacio.



Vasarely prolonga las investigaciones del impresionismo y su propuesta de que sea en el ojo donde se mezclen los colores

Alguna vez se ha escrito que los cuadros de Vasarely suman el dinamismo cromático de Robert Delaunay al rigor estructural de Mondrian. Lo que el húngaro bautiza como Arte cinético es un fenómeno que se produce en el ojo del espectador frente al cuadro. O mejor todavía: la obra se modifica durante el acto perceptivo del espectador. Podemos comprobarlo en los magníficos ejemplos de la muestra: la cuadrícula bicolor se ensancha y se ondula, y así surgen volúmenes y pliegues ilusorios. En definitiva, Vasarely prolonga las investigaciones ópticas del impresionismo y su audaz propuesta de que sea en el ojo donde se mezclen los colores, no en la paleta. Y a eso le sumó la exploración de las posibilidades ilusionísticas de la perspectiva lineal. En fin, disculpe el paciente lector o la curiosa lectora este excurso erudito. Pero lo creo necesario para argumentar la fuerte carga intelectual de una obra que si no puede parecer un mero acertijo visual.



Por otro lado, Vasarely estuvo siempre profundamente interesado en la función del arte y en su papel en la sociedad. En su Manifiesto amarillo de 1955 expresa su oposición a la idea de obra única, destinada a una élite, y aboga por la creación de módulos y algoritmos que permitirían la reproducción o producción de sus obras por medios mecánicos. Es también la idea de fondo de sus proyectos serigráficos o textiles, que aquí están representados por varios tapices extraordinarios. Pero sin duda, el planteamiento más ambicioso en este sentido es el denominado Folclore planetario. Continuador de las ideas de Fernand Léger y Le Corbusier, proclamaba una síntesis de las artes que proporcionaría a las ciudades del futuro un repertorio de obras plásticas monumentales, a la vista de todos y fuera del ámbito exclusivo del arte. Los proyectos más destacados de este tipo aún pueden verse en la Universidad de Caracas o en el Bundesbank de Frankfurt.



La muestra logra ofrecer una visión panorámica de la trayectoria del artista y ofrece dos videos excepcionales, que completan su retrato. Creo, sin embargo, que la exposición cuenta con demasiadas obras. Las dimensiones y el mismo estilo de estos cuadros necesitan más holgura para poder disfrutarlos cómodamente.