Una de las páginas de la biografía ilustrada de Graciela Iturbide

Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) renunció a una vida de comodidades para escoger el camino del artista. Quería dedicarse a la escritura pero su tradicional familia pensaba que las mujeres no podían ser ni escritoras ni fotógrafas. Era su padre, cámara en mano, quien retrataba a todos sus hermanos, eran 13, pero ella siempre aparecía con gesto serio y recio. Sin embargo, Iturbide entraba a escondidas a su despacho y se las robaba. Cansado, decidió regalarle una Brownie y la analogía empezó a compartir vida con ella. "Considero el color fantasía y veo la vida en blanco y negro", dice Graciela Iturbide en las primeras páginas de Iguana Lady, una biografía ilustrada por Isabel Quintero y Zeke Peña que edita La Fábrica.



"Soy un pájaro y no lo soy. Soy una mujer y luego un pájaro. O un pájaro y luego una mujer. No importa", afirma la artista a lo largo de las páginas que recogen la vida y trayectoria de una mujer que ha retratado la realidad de su México natal. Fue en los años 50, momento en el que la trasladaron a un internado católico, cuando capturó su primera instantánea y cuando se convirtió "en pájaro". Allí estudió teatro, actuación y su ambición la llevó a apuntarse a la escuela de cine en 1969. Fue la cámara, no obstante, la que despertó sus alas.



Imagen del interior de Iguana Lady

Iturbide genera la cercanía necesaria con los protagonistas de sus instantáneas porque con ellas también se retrata a sí misma. En los años 70, con tan solo 19 años, se casó y tuvo tres hijos pero en 1970 su hija Claudia murió. Aquel golpe supuso un punto de inflexión en su vida tras el que decidió unirse a una clase de Manuel Álvarez Bravo, fotógrafo en la onda de Diego Rivera, Frida Kahlo y Tina Modotti. Pronto se convirtió en su ayudante y con él aprendió a esperar a que las cosas ocurran, a que luz sea la idónea, a no propiciar el momento.



Sin embargo, poco a poco se fue distanciando de su mentor para dotar a sus instantáneas de un contenido compuesto por diferentes historias. Un estilo que bebe de Henri Cartier-Bresson y Brassaï, de quien adoptó la postura de retratar los sueños y los símbolos que han convertido sus capturas en piezas poéticas, casi mágicas.



Imagen del interior de Iguana Lady

La pérdida de su hija, como apunta el libro, la llevó a coger la cámara para poder entender la muerte y, para ello, viajó a Guanajauto donde la capturó de cerca. A ella y a los buitres. En aquel contexto un pájaro le dice que "se acabó el sufrir" y observa cómo allí se toman la muerte de otro modo. Son las aves, por tanto, quienes la guiaron en la búsqueda de la libertad y la verdad que captura en unas fotografías libres de artificios, objetivos o trucos posteriores.



Además de la constante de los pájaros en su obra esta biografía ilustrada muestra a una mujer viajera que encuentra en cada lugar un motivo que capturar. Pero si hay un sitio al que vuelve una y otra vez ese es México. Y, en concreto, a lo indígena y a las tribus. Capturó el ancestral ritual de las cabras y a las mujeres de Juchitán, zona en la que confluyen la cultura zapoteca y la española, donde realizó una serie sobre las mujeres que duró más de diez años. A pesar de que ya las había retratado Diego Rivera la fotógrafa quiso dar su testimonio en forma de imagen. Aquel proyecto se convirtió en libro, Juchitán de las mujeres, una idea de Francisco Toledo con título de la poeta y escritora Elena Poniatowska.



La mujer ángel

A menudo acometía sus viajes en solitario, como ocurrió con la aventura que la guió por la India para trabajar en un libro en el que buscaba encontrar paralelismos con su tierra. La conexión, sin embargo, parecía forzada de modo que tras aquella aventura empezó a capturar objetos con la intención de contar las historias de sus dueños y lugares de procedencia. "Siempre he pensado que las fotos se toman, no se hacen, y en India hay mucho que tomar", se afirma en Iguana Lady.



En ese mismo contexto de dejar a los objetos contarse a sí mismos se enmarca la serie realizada en el cuarto de baño de Frida Kahlo. Aquel espacio se mantuvo cerrado tras la muerte de la pintora en 1954 y cuando lo abrieron, en 2004, acometió su propio testimonio a través de los aparatos para los dientes, corsés, medicinas e incluso una foto de Stalin. Sin embargo, fue en 1979 en el desierto de Sonora, inmortalizando a los Seris, cuando capturó la que actualmente sigue siendo su instantánea favorita: La mujer ángel. Aunque Iturbide no recuerda haberla tomado se ha convertido en una prueba del choque entre pasado y presente.