Antiguo jardín del Alcázar de Sevilla, 1910.

Unir en un solo espacio el estudio y la casa, la pintura y la familia con un jardín fue uno de los sueños del pintor Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Madrid, 1923). Durante tiempo se dedicó a concebir su propio espacio para la belleza, el deleite sensorial y la creación pictórica. Una selección de 170 piezas entre óleos, bocetos, dibujos, esculturas, azulejos y fotografías que acoge CaixaForum Sevilla en Sorolla. Un jardín para pintar, hasta el próximo 15 de octubre, así lo demuestran. La exposición, organizada conjuntamente por la institución y la Fundación Museo Sorolla, exhibe una gran parte de la obra que Sorolla hizo sobre estos espacios descubriendo, así, una faceta más desconocida del maestro.



Sus lienzos de patios y jardines en los Reales Alcázares de Sevilla y en la Alhambra de Granada tras sus visitas entre 1909 y 1911, le enseñaron a mirar y a comprender el jardín español conforme iba realizando el suyo propio. Esta lección le permitió plasmar en su propia casa aquellas soluciones que sentía más satisfactorias para su propia pintura, trasplantando a su jardín las composiciones, perspectivas, motivos, colores, sonidos y olores que amaba en sus lienzos. Así fue creando un refugio a la medida de sus pinceles, un paraíso personal que recrear en sus últimas pinturas. Esto fue crucial para la creación del patio en su casa de Madrid, el actual Museo Sorolla, considerado como una de sus grandes obras. En él no solo copió algunos rincones concretos de los jardines sevillanos y granadinos que conocía, sino que, además, trasplantó fuentes, azulejos, columnas, estatuas, árboles frutales y plantas ornamentales buscadas y traídas desde Andalucía.



El objetivo principal de la exposición es profundizar en el conocimiento de todo el proceso de creación de estos lugares y transmitir la idea de toda la atención y el trabajo que Sorolla le dedicó, enriqueciendo la visión de los cuadros con el trasfondo del propio ardor con que Sorolla acometió su tarea. Se muestra, de esta manera, a un Sorolla maduro, que a lo largo de sus últimos años, en medio de los esfuerzos que le exigía la realización del gran encargo de los murales de Visión de España para la Hispanic Society de Nueva York, encontró el tiempo para pensar un jardín, trazarlo, plantarlo y cultivarlo y sentarse por fin a disfrutarlo pintándolo.



Jardines de Carlos V en el Alcázar de Sevilla, 1908

En 1909, a su regreso de los Estados Unidos, tras el éxito de sus exposiciones en Nueva York, Búfalo y Boston, Sorolla encargó el proyecto de su casa al arquitecto valenciano Enrique María de Repullés y Vargas y recién obtenida la licencia para construir, en 1911, tuvo la oportunidad de comprar más terreno para ampliar el solar inicial. Así, lo que iba a ser un pequeño un jardín cuadrado delante de una casa rectangular, se convirtió en una casa en forma de L, abrazada por un jardín con la misma forma. A esta casa se trasladó la familia a finales de 1911. Aunque sus parterres fueron pensados para ser pintados y para disfrutarlos en familia, también debían cumplir su misión como espacio para la vida social.



Los cuatro jardines de Sorolla

El impacto que los jardines del Alcázar de Sevilla hicieron en Sorolla se perciben en la fuerza con que algunos de estos motivos se manifestaron luego en el jardín del pintor. Los cuadros que representan el Jardín de Troya con su pórtico clásico, la escalera decorada con azulejo que le da acceso y la fuente de mármol se confunden fácilmente con los del propio jardín delantero, o primer Jardín, de la casa de Sorolla. Aunque éste, como el patio de la casa, fue trazado por el arquitecto, se ve la voluntad de Sorolla en la elección de esos motivos. También la contundencia de los setos del Alcázar, tal como Sorolla los pinta, tiene su trasunto, así como la policromía de los azulejos que cubren el banco y las contrahuellas de la escalera del pórtico y también la forma de enmarcar el paso al segundo espacio con dos altas columnas rematadas en figuras escultóricas. La fuente de mármol, con su taza lobulada, es otro recuerdo de la del Jardín de Troya.



El patio andaluz fue trazado por el arquitecto a la vez que la casa y el primer jardín, como patio de luces para la zona interior de la vivienda. La composición del patio es la tradicional en cruz con cuatro parterres y una fuente en el centro, cuyo diseño parece directamente inspirado en una de las fuentes que Sorolla pintó en el Alcázar. Las especies escogidas son cipreses y adelfas y a juzgar por las veces que pintó cipreses en los patios de la Alhambra la forma de estos árboles, con su fuerte acento vertical, le produjo una atracción, una elección en principio apropiada para las reducidas dimensiones del patio, aunque nunca llegaron a lograrse bien. Los azulejos, por su parte, garantizaron la permanencia del color y la cerámica alegró sus paredes.



Reflejos de una fuente, 1908

El segundo jardín, bisagra entre el primero y el tercero y ángulo de la L que forma el conjunto, fue el último en construirse. Seis años pasaron desde la inauguración de la casa hasta 1917, fecha en que al parecer quedó terminado. Las primeras ideas del pintor muestran una planta muy cuadrada, con una fuente de pie alto en el centro. El deseo del pintor de colocar una pérgola transformó la planta dándole un sentido longitudinal. Finalmente la pérgola se hizo en el tercero y se sustituyó por una columnata, que separa los jardines segundo y tercero en la actualidad. La planta quedó definida con el diseño de los parterres y el canalillo que discurre entre ellos, desde una fuente hundida de taza redonda, como las que Sorolla había visto en la Alhambra, hasta un pequeño estanque. El elemento definitivo para cerrar la perspectiva llegó con el regalo de una estatua romana, un togado que Sorolla recibió en 1916. Todavía en 1917, en su último viaje a Granada, el pintor buscó en la Alhambra algunas ideas para su "nuevo jardincillo". Curiosamente, siendo el jardín que más preocupó al artista, como demuestran los numerosos dibujos en los que anotó sus ideas, fue luego el que menos pintó: el cuadro que aquí se presenta es el único que se conoce del conjunto de este jardín.



El tercero se construyó a la vez que el primero (1911) y su rasgo principal era un estanque que, con su reflejo, multiplicaría la luz de este espacio, muy encerrado por la tapia de la casa vecina y por la propia casa de Sorolla. Aquí los parterres se dejaron en principio sin rebordes y durante un tiempo creció con aspecto salvaje. En 1915 Sorolla acometió la reforma de este espacio para colocar una pérgola y regularizar los parterres con bordes de obra rematados con aliceres alegre de cerámica blanca y azul. Alrededor del estanque se plantaron lirios blancos y morados, rododendros, hortensias y azaleas, y en un parterre lateral alhelíes rosados que Sorolla pintó varias veces. La pérgola se convirtió en un lugar de reunión y así se ve en sus cuadros, con sus mesas y sillas de mimbre blanco.



Se trata, pues, de cuatro jardines con diferentes conceptos y distintas funciones. Los dos ejes articulados en L siguen la forma de la parcela y unen los jardines mediante circulaciones que permiten un descubrimiento lento y pausado de las relaciones inter-espaciales. El trabajo de Sorolla residió en desarrollar un complejo proceso proyectivo en el que el patio salta de las dos dimensiones del lienzo a la realidad física del jardín, en un proceso de ida y vuelta que generará un sin fin de posibilidades pictóricas, fuente de inspiración para muchos de sus cuadros. Unos reducidos metros cuadrados se convertirán en infinitas instantáneas fugaces de momentos aún más transitorios, intuitivos, despreocupados, alegres; construcción intelectual de una necesidad vital del artista.