Detalle de La Palmera, de 1925

A pesar de que a Pierre Bonnard se le considera el pintor de la felicidad en los últimos días de su vida dijo que "no todo el que canta es feliz". Sus cuadros resultan alegres y coloristas pero una segunda lectura deja entrever la melancolía en la vida del artista. Cerca de 80 de sus obras de carácter íntimo que alegan a su vida personal llegan a la Fundación Mapfre de Madrid bajo la organización del Musée d'Orsay de París y los Fine Art Museums de San Francisco. Con esta retrospectiva que se le dedica al artista francés se quiere mostrar al público la obra gestada por un pintor que fue esencial en la concepción del arte moderno. A pesar de que su carácter y estilo son de difícil clasificación, resulta esencial para entender el paso del post-impresionismo al simbolismo.



La exposición, por su parte, se configura en torno a los temas recurrentes del pintor. "Se ha hecho así porque se ve que no cambia tanto. No son tantos los temas que trata y dentro de ellos las variaciones son pocas. Con el tiempo pierde afición por el dibujo y gana la pincelada gestual", explica Pablo Jiménez Burillo, comisario general de la muestra. Las cerca de 80 pinturas, una docena de dibujos y medio centenar de fotografías, dan cuenta del carácter de un artista que se resistía a entrar en las vanguardias de su época y enseña cómo se mantuvo fiel a su estilo en un momento en el que la pintura se va diversificando. "Le parecía insuficiente lo que los impresionistas hacían con el color y la composición, quiso ir más lejos y para cuando se dio cuenta ya habían llegado los cubistas", explica el comisario.







Pero el uso del color al que somete a sus pinturas no hace más que confirmar la melancolía del artista. "Intenta recrear una especie de arcadia, un mundo perfecto intentando que esa pequeña tragedia que vive no la vivan los demás". Esa imagen feliz y armónica se vuelve una de las constantes en la obra de Bonnard. "Busca siempre las grandes armonías porque es lo que no tiene en su vida", explica Jiménez Burillo.



Mediante el uso de planos cercanos y cortados de manera brusca para centrar la atención en cuestiones específicas consigue retratar temas universales como la soledad, la intimidad o el erotismo sin mostrar, en ningún momento, un hecho concreto. "Siempre se repiten los protagonistas de los cuadros". Pero a pesar de la familiaridad de las escenas en las que capta a sus amigos y familiares, el uso de una iluminación artificial imprime en sus obras un carácter sombrío, de desasosiego, de encerramiento.



Bañera, de 1926

Y ese vivir enclaustrado tiene que ver con su amante Marthe aquejada por una neurastenia. "Cada vez tiene más fobia a la gente y él también se cierra lo que le obliga a tener un mundo muy encerrado y melancólico", afirma el comisario. Y de ahí la sencillez aparente de sus cuadros que en una segunda lectura transmiten su soledad y tragedia. Con el color intenta camuflar una realidad que se huele en las figuras difuminadas.



El erotismo es otro de los temas recurrentes en la obra de Bonnard y Marthe de Meligny se convirtió en su musa. Mediante los desnudos presentes en la exposición se observa el paso de lo sombrío abriéndose camino al color. "Se trata de un hombre complejo que imprime a sus obras un deje de ensoñación y un aspecto onírico", un universo que a primera vista resulta sencillo pero que esconde mucha complejidad. Cuerpos desnudos a través de puertas y quicios entreabiertos, reflejados en espejos mostrando el abandono y con líneas difuminadas. Así son los desnudos de un Bonnard impregnado por el lirismo melancólico.



Y es que ya lo dijo en su momento: "Nuestros sentidos nos engañan o son insuficientes".



@scamarzana