El Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid inaugura de las mayores exposiciones dedicadas a Zurbarán, a partir de una mirada nueva. Odile Delenda y Mar Borobia, comisarias de la muestra, nos dan las claves para detenernos en diez de sus obras principales.

La exposición llega a Madrid un año después de cumplirse el 350 aniversario de la muerte de Zurbarán, al que han rendido homenaje ya ciudades como Bruselas o Ferrara. Ahora es el Museo Thyssen-Bornemisza el que ofrece una nueva mirada sobre el pintor del Siglo de Oro, enfrentando sus obras a otras pintadas en su taller, y rescatando muchas de las que habitualmente están ubicadas en Estados Unidos y Europa. Es el caso de San Serapio, que viaja a España desde el museo Wadworth Atheneum de Connecticut. En total, más de 60 obras en una de las exposiciones más completas sobre el pintor, y cuyo precedente se remonta a 1988 y la exposición que le dedicó el Prado. De mano de las comisarias, nos tenemos en las obras más significativas.




Aparición de la Virgen a San Pedro Nolasco, c. 1628-1630

Colección privada. Cortesía Galería Coatalem, París



Esta obra, perteneciente a una serie para el convento de la Merced Calzada de Sevilla, es una de las más novedosas y bellas realizadas con motivo de la canonización de su fundador. El pintor destaca en la realización de este tipo de imágenes de jóvenes arrebatados en éxtasis. Como era habitual, Zurbarán se basó en la fuente literaria que le fue propuesta para crear una escena de la que no había precedente iconográfico alguno. El joven santo viste un amplio manto marrón con pesados pliegues y utiliza como modelo al mismo personaje de la Aparición del apóstol san Pedro a san Pedro Nolasco del Museo del Prado, pero con aspecto más juvenil. Posiblemente, se trata de Sebastián de Zurbarán, sobrino del pintor, que ingresó siendo aún adolescente en el convento de la Merced de Sevilla, donde profesó a los 17 años, en 1630.




San Ambrosio, c. 1626-1627

Museo de Bellas Artes de Sevilla



Como protagonista único está San Ambrosio (Tréveris, c. 339-Milán, 397), alto funcionario romano, que fue nombrado obispo de Milán, capital del imperio de Occidente, por aclamación popular cuando era todavía un simple catecúmeno. La obra ingresó en el Museo de Bellas Artes de Sevilla con el título de Santo Obispo, pero fue identificado gracias a la inscripción parcialmente borrada situada en la parte superior izquierda del cuadro. Es en estas grandes y expresivas figuras aisladas donde Zurbarán muestra sus mejores capacidades artísticas. Siluetas monumentales, impresionantes, emergen de un fondo oscuro iluminado desde la izquierda por una fuente de luz invisible. Esta iluminación a lo Caravaggio acentúa la increíble plasticidad de las formas. El rostro del santo, muy caracterizado, es el retrato de un hombre sumido en una intensa meditación. Las dotes de retratista del joven Zurbarán aparecen ya claramente definidas desde sus obras más tempranas.






San Serapio, 1628

Hartford, Wadsworth Atheneum Museum of Art, CT. The Ella Gallup Sumner and Mary Catlin Sumner Collection Fund.



Colgado por las munecas y expirante, el San Serapio de Zurbarán no aparece con las tremendas llagas de su espantoso martirio. Al pintor nunca le gustó insistir en la representación horrenda de cualquier muerte violenta con sus detalles sangrientos, por lo que prefirió esconder el cuerpo del santo martirizado bajo el bellísimo hábito blanco de la Merced. Como un Cristo crucificado, la cabeza del ajusticiado cae sobre su hombro derecho con una logradísima expresión de abandono, de aceptación y de serenidad. Zurbarán consigue aquí reflejar con una rigurosa precisión anatómica y un increíble verismo al fraile mercedario a punto de morir, con sus ojos cerrados y su boca entreabierta. Llama poderosamente la atención la intensa expresión del humilde mártir que ha cumplido por fin su misión terrenal.




San Francisco de pie, contemplando una calavera, c. 1633-1635

Saint Louis Art Museum



Dispuesta de forma frontal, de pie, sosteniendo una calavera con las manos cruzadas y la cabeza inclinada hacia ella, esta pequena figura meditabunda es, a pesar de su pequeno tamano, una de las más impresionantes de entre las pintadas por Zurbarán sobre este tema. El San Francisco del Milwaukee Art Museum, de gran tamano, es una repetición autógrafa y ampliada del cuadrito del Museo de San Luis. En ambos lienzos los pliegues del sayal, realizados en la misma gama de colores pardos, caen verticales, escuetos. Los pies descalzos asoman por debajo del hábito y el izquierdo avanza en dirección al espectador. El rostro barbado apenas se adivina ensombrecido por el gesto cabizbajo del santo y el puntiagudo capirote. El peculiar formato del lienzo es similar al de las pinturas del único retablo pequeno del siglo XVII que todavía se conserva in situ en la iglesia de San Alberto.




Adoración de los magos, c. 1638-1639

Musée de Grenoble



Casi todas las pinturas de la impresionante serie pintada por Zurbarán para la cartuja de Jerez de la Frontera, una de las mejores y más importantes de su producción, se han conservado, aunque el conjunto se halla disperso entre varios museos. Los cuatro principales lienzos del retablo mayor se conservan en el Musée de Grenoble: la Anunciación, la Adoración de los pastores fechada en 1638, la Circuncisión, fechada en 1639, y esta Adoración de los Magos, todas ellas de una impresionante solemnidad casi litúrgica. El cromatismo resplandeciente de las indumentarias y la perfección técnica de estos lienzos los sitúan entre lo mejor de la producción del maestro. Como la mayoría de los artistas contemporáneos, Zurbarán pinta a los reyes "vestidos con gala y autoridad", como recomendaba Pacheco. Zurbarán, como Velázquez, solo representa a uno de ellos como un anciano, el más sabio, el primero en entender la importancia de aquel nacimiento y por eso se arrodilla ante el Nino y junta las manos en actitud de adoración.




Martirio de Santiago, c. 1636-1640

Museo del Prado, Madrid



Recientemente restaurada, es una pintura de indudable calidad, firmada pero no fechada, que el maestro realizó en su etapa más brillante y fructífera, hacia 1636-1640. Una quietud misteriosa invade la composición, realizada a partir de dos estampas de la Vida de santa Catalina de Alejandría grabadas por Anton Wierix III (1596-1624). Otros detalles del cuadro, como la extraordinaria cabeza del perro o el judío de perfil a la derecha, derivan de modelos de Durero, pero Zurbarán interpreta esos grabados con su magistral habilidad para el colorido y su extraordinaria capacidad para reproducir las texturas de lo representado. El origen de este importante lienzo de composición monumental ha sido discutido. En la venta de la colección de Luis Felipe de Orleans en Londres en 1853 se especificaba que procedía "de un convento de Extremadura".




San Francisco en meditación, 1639

The National Gallery, Londres. Legado por Major Charles Edmund Wedgwood, 1946



El "poverello de Asís", uno de los santos favoritos de la Reforma católica postridentina, fue el santo que Zurbarán pintó más veces a lo largo de su carrera. Son numerosas las representaciones de san Francisco con distintas iconografías: arrodillado en oración, en el milagro de la Porciúncula, durante la estigmatización o muerto según la visión del papa Nicolás V. Del santo en meditación existen muchas versiones, sobre todo si se consideran también las que presentan intervención del taller. Desde el punto de vista cromático, los pardos y los tonos tostados del santo destacan fuertemente iluminados contra un fondo sombrío con un paisaje crepuscular al fondo.




Santa Apolonia, c. 1636-1640

Musée du Louvre, París



Como las otras figuras de santas, a primera vista de aspecto muy humano, esta airosa jovencita con bellísimo atuendo perteneció al grupo de pinturas reunido por el mariscal Soult (1769-1851) en el depósito del Alcázar de Sevilla donde, en 1810, se hizo acopio de 999 lienzos procedentes del saqueo de las instituciones religiosas. La Santa Apolonia del Louvre es una figura delicadísima que mira directa pero fugazmente al espectador. Para representar a la santa Zurbarán pudo inspirarse en grabados flamencos del siglo XV, como la Santa Bárbara de Martin Schongauer (1435/40-1491), pero insuflándole una vitalidad peculiar. Su rostro no parece ser un retrato sino el reflejo de la belleza ideal: de forma ovalada, grandes ojos negros, boca pequeña y mejillas sonrosadas.




Bodegón con cacharros, c. 1650-1655

MNAC. Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona. Legado de la colección Cambó



En el siglo XVII la pintura de bodegones experimenta un importante auge en Espana. Considerado un género menor frente a la pintura religiosa, llama la atención de numerosos artistas, que se expresan de manera más libre en estas obras para clientes privados. Zurbarán no fue una excepción y, a pesar de que la mayoría de su obra es de temática religiosa, nos ha dejado algunos bodegones como este cuadro, del que existen dos ejemplares, este que se expone aquí y otro unos centímetros mayor (48 x 84 cm) propiedad del Museo del Prado. Lo que más llama la atención de este bodegón es la sobriedad y austeridad de la composición y de los elementos elegidos. Resulta extremadamente original que Zurbarán no haya pintado frutas, flores o algún tipo de vianda.




Desposorios místicos de Santa Catalina de Alejandría, c. 1660-1662

Colección privada, Suiza



Francisco de Zurbarán falleció en Madrid el 27 de agosto de 1664. Entre las pinturas que se conservaban en su obrador madrileno tras su muerte aparece un lienzo descrito de la siguiente manera: "Otra [hechura]nra Senora y el nino y Santa Catalina con marco". Su tamano mediano nos hace pensar que era un cuadro de devoción privada. Si se trata, como suponemos, del lienzo que se encontraba en el obrador madrileno de Zurbarán tras su muerte, seguramente no sería un encargo de algún comitente sino una obra de temática muy popular destinada a la venta directa. Esta imagen es absolutamente zurbaranesca, de delicada factura y tonalidades luminosas. La atmósfera del cuadro, tierna y poética, es típica de las últimas obras del artista, hacia 1660-1662.