Miquel Mont (Foto: Anne-Marie Cornu) & Ángela de la Cruz (Foto: Ione Saizar)

Ambos ponen en cuestión la pintura acotada a los límites del bastidor y obligan al espectador a cuestionarse lo que es un cuadro. No se conforman con abrir una ventana. Miquel Mont y Ángela de la Cruz buscan un nuevo horizonte para definir lo que es la pintura hoy. Así les vemos en dos exposiciones que coinciden estos días en nuestro país. Miquel Mont dice que Nunca es suficiente en la Fundació Suñol de Barcelona. Ángela de la Cruz llena de Escombros la Fundación Luis Seoane de La Coruña. Y los dos con obras nuevas.

Son de la misma quinta: él de 1963, ella de 1965. Ambos españoles: Miquel Mont nació en Barcelona y Ángela de la Cruz en La Coruña. Y los dos optaron por irse y establecer su residencia fuera: Miquel llegó a París en 1988; Ángela a Londres, sólo un año antes, en 1987. Son dos de los artistas con mayor reconocimiento internacional practicando una obra que juega con los límites de lo pictórico. Artistas que salen del cuadro para entrar en la pintura, que se cuestionan qué significa pintar hoy. También, los dos únicos españoles incluidos en Vitamin P (Phaidon), un extenso catálogo sobre las nuevas perspectivas en pintura editado hace una década, que pronto se convirtió en una de las biblias del género. Ahora, dos exposiciones los acercan a nuestro país, a jugar en casa con obra reciente que nunca se han visto aquí. A Miquel Mont le encontramos en la Fundació Suñol de Barcelona con la exposición Nunca es suficiente; Ángela de la Cruz ocupa la Fundación Luis Seoane de su ciudad natal llenándola de Escombros. Ambos hablan de la experiencia estética del espacio, de una pintura mestiza que abraza múltiples formatos.



Porque aunque lo que veamos parezcan esculturas o instalaciones, no lo son. Eso son amigos imaginarios. Dispara Ángela: "La pintura es algo cargado de significado histórico. Lo que hacemos hoy no podemos separarlo de lo que se ha hecho antes, pero sí seguir indagando en su lenguaje. Todas mis obras son cuadros. Hago pintura que parece escultura, pero el hecho de que el resultado final entre o no en la definición de ‘pintura' o ‘escultura', no es importante. Lo que me interesa es expandirla. No destruyo pinturas, sino que les doy una nueva oportunidad".



Miquel también carga tintas: "La pintura es sensualidad de lo táctil, algo que puede funcionar igual en la pared, en una fotografía, en una película, como experiencia física y, también, dentro de un cuadro. Hay categorías tradicionales que no tienen validez para definir lo que es pintura hoy. Porque la expansión, para mí, está relacionada con la deconstrucción de la pintura, del cuadro. Porque un cuadro es también un ‘mueble' dentro del conjunto de muebles que nos rodean. La pintura expandida es despintar la pintura, una deconstrucción de la historia, del soporte tradicional".



Expandir la pintura es despintarla. Yo soy un pintor que se cuestiona ciertas abstracciones de la pintura", dice Miquel Mont

Se siguen y se admiran, aunque dicen se conocen poco. Y eso a pesar de que la suya es una afinidad electiva, un movimiento de convergencia, de coincidencia activa y de combinación capaz de llegar hasta la fusión. Con ese término, que Goethe llevó a la literatura novelesca, tituló Miquel Mont una sus exposiciones más especiales en nuestro país. Fue en La Panera de Lérida, en 2008, y en ella presentó su trabajo junto al de otros diez artistas elegidos por él mismo junto a Glòria Picazo, entre ellos Ángela de la Cruz.



En aquella muestra, Mont presentaba varias series que volvemos a ver ahora. Uno de sus Autorretratos se ha colado en El ojo toca, la pequeña exposición que vemos en la galería Formato Cómodo de Madrid, en la que dialoga con el trabajo de Guillermo Mora. Es un tubo de metacrilato transparente en el que ha vertido varias capas de pintura espesa en toda su longitud. El tubo mide lo que mide su cuerpo, y la pintura aquí está tratada como pura materia física, sin voluntad de representar nada más que el vertido en sí mismo. Bonita metáfora de lo que es el lenguaje. También allí encontramos una de las obras de la serie Lapsus, donde un rectángulo de escayola se solapa con un gran círculo verde pintado en la pared. Parece una rima asonante.



Collage voyage

Con varios Lapsus cierra su exposición en Barcelona. Vemos también obras de las series Collages ideológicos, Mono-tonos y Cooperaciones, realizadas entre 2007 y 2014. En las Cooperaciones el gesto es el protagonista. Son trazos de pintura, papeles pegados y otros materiales superpuestos que nos obligan a fijar la atención en cada una de las capas del proceso creativo. Los Mono-Tones son construcciones que incluyen bastidores metálicos, peanas de madera e imágenes impresas en blanco y negro. "Formas sin contenido", las define el artista. Los Collages ideológicos son todo lo contrario. Se componen de tres elementos: una fotografía extraída del periódico, un texto y una composición gráfica. "Son mis pinturas más incómodas, las que resumen mi obsesión por la fotografía de prensa; como un diario de pensamiento", dice.



Lapsus XIII

Miquel Mont pone en cuestión la pintura acotada en los límites del bastidor y obliga al espectador a posicionarse y a cerrar el círculo. Es un ensayista, uno de esos artistas que trabajan con otro ritmo al que marca la energía atómica del mercado del arte (un hipster, dice); un pintor que no insiste, que se para y se pregunta sobre objeto, soporte y contenido; sobre lo que significa seguir pintando hoy. Algo que traslada, también, a sus alumnos. Todo su trabajo gravita sobre una sencilla aunque compleja cuestión: ¿qué es una imagen? "Hablo del gesto, el color, el trazo, la escala, la materia... Soy un pintor que se cuestiona por ciertas abstracciones de la pintura, la que está desatada de toda relación con la representación, con el figurar. Así es como intento que la pintura devenga una cosa mentale, esa alegoría que no acabas de entender nunca", explica.



Fascinado con las asociaciones libres y los colores turbios, ("los ambiguos, los de fin de bote"), dice sentirse lejos de etiquetas de "pintor formalista" o "minimal": "Precisamente, soy hijo de la antiforma, y admiro el arte minimalista de los inicios, pero no me interesa nada en lo que se ha convertido hoy. Es el buen gusto internacional, el arte democrático del capitalismo". Sus referentes son otros, más cercanos a su Francia adoptiva y al colectivo BMPT (iniciales de los artistas Daniel Buren, Olivier Mosset, Michel Parmentier y Niele Torini), lo que más tarde adoptó el nombre de Support-Surfaces, que en 1967 asumió una actitud subversiva respecto a la tradición bajo una máxima: el objeto de la pintura es la propia pintura.



Ángela de la Cruz admite influencias mucho más anglosajonas, desde Fischli & Weiss a Pedro Cabrita Reis. Y no duda: "Yo elegí el minimalismo porque es una proposición estética que me permite expandir mi lenguaje artístico. Invita a una repetición que, cuando es excesiva, se puede reciclar". Ambos coinciden en que el gesto es fundamental: construir y destruir, ensamblar y reajustar. Por ahí, añade Miquel Mont, van sus pasos futuros, por desmontar el objeto del cuadro. Por una vuelta a la idea de bastidor, a pintar sobre tela.



Wet, 2012

La primera vez que Ángela de la Cruz cortó una tela y la sacó del bastidor fue en 1996. La colgó de una esquina de su estudio convirtiéndola en objeto animado. Se titulaba Homeless. En ese destierro con la tradición empezó todo. Desde entonces, sus enormes pinturas estuvieron marcadas por la monocromía, las huellas de la acción sobre la obra, el abandono de la verticalidad y la ruptura de los marcos. Una pintura hecha de quiebros y desajustes que encontramos, muchas veces, por los suelos.



No es gratuito que haya titulado su exposición en la Fundación Luis Seoane Escombros. Presenta casi una veintena de obras realizadas entre 2009 y 2014, seleccionadas por Carolina Grau. "Me ha inspirado mucho la basura flotante que viene del mar, esa que llega hasta la orilla, que sobrevive desde mar adentro. Empecé a fijarme más en ella a raíz del tsunami de Tailandia del 2004, un desastre que me impactó muchísimo", explica. La idea de catástrofe natural se extiende al recuerdo a un amigo fallecido, a quien dedica la exposición, e, inevitablemente, a las derivas de un ictus que sufrió hace ya diez años y que la arrastró hasta una silla de ruedas.



Mi obra es un poco agresiva pasiva. A veces es calmada pero, al mismo tiempo, violenta", explica Ángela de la Cruz


Las metáforas son inevitables cuando echa mano de sillas y sillones para postrar allí su idea de lo que es la pintura. En obras como Drop (2014), que veíamos en Traspaso, su última exposición en la galería Helga de Alvear, su inmovilidad es mucho más explícita al ver las huellas de su silla sobre una gran tela azul colocada en el suelo, casi como una piscina. Una pintura incómoda, dice, aunque también amigable y abierta. "Mi obra es un poco pasiva agresiva. A veces es calmada pero, al mismo tiempo, muy violenta. Otras veces, esa violencia puede causar temor. Mi trabajo es un poco autobiográfico, y a veces es molesto porque mis experiencias también lo son". Lo vemos en Wet (2012), una pila de sillas en el suelo flotando en un charco de pintura, cual bote salvavidas; Battered (2012), un cuadro de aluminio con múltiples abolladuras, como si hubiese chocando repetidas veces con una masa estática, y Debris (2012) un barco viejo al que parece haber devorado un lienzo.



Un buen marrón

Dice que nunca quema obra, que la que no funciona la recicla para nuevas piezas, como las que está haciendo ahora mismo en su estudio londinense. En su paleta está el amarillo aunque en esta exposición casi todo es blanco y marrón. ¿Sigue persiguiendo la belleza? "Sí, es muy importante para mí. Al principio me daba vergüenza hacer algo bello, pero ahora me apetece hacer cosas atractivas y seductoras. Al principio, era más inocente, y ahora me da igual si mi trabajo gusta o no gusta. Con el tiempo, me doy cuenta de que mi trabajo es cada vez más libre".



Como en las obras de Miquel Mont, quien siempre se ha mostrado muy sensible a lo que le dice el espacio en el que expone, tanto material como simbólicamente, para Ángela de la Cruz es el gran motor de su lenguaje visual. "Intento que las obras se adapten al espacio y no saturarlo, por eso presento siempre obras en las exposiciones. El espacio también tiene que ser visible, como los silencios en la música".