Vista de la exposición. Foto: Paco Gómez

Matadero. Plaza de Legazpi, 8. Madrid. Hasta el 19 de enero.

Su nueva propuesta para Matadero Madrid se basa en los sonidos procedentes del Tsunami y el accidente nuclear que asolaron Japón en marzo de 2011. José María Sicilia interviene así la Nave 16 con 'Fukushima, Flores de Invierno'.

Entre las obras de la última exposición individual de José María Sicilia (Madrid, 1954) en la galería Soledad Lorenzo, hace poco más de un año, algunas de ellas ensayaban ya la metodología y el proceso que caracterizan las que ahora presenta en dos exposiciones coincidentes en el tiempo, en el Fukushima Museum of Art y en una versión más reducida en la Nave 16 del Matadero Madrid, que inicia así un nuevo programa de proyectos. Las diferencia la empática emoción que ésta última induce en el espectador, la ahora sí extrema coherencia que forjan la complejidad de sus métodos con el relato que el artista alega y el acceso que esa precisión facilita para la comprensión de su filosofía del accidente, de lo efímero, de la imagen.



Sicilia es un investigador permanente de nuevas vías artísticas, algo que he llegado a comprender mejor con el paso del tiempo, pero pocas veces como ésta la experimentación ha tenido una concordancia igual con su motivo y la formulación ha congeniado mejor con su ambición.



Impresiona y sacude la conciencia de saber que en fechas próximas al 11 de marzo de 2011, el día que el terremoto y un posterior tsunami asolaron la región de Tohoku, afectaba irreversiblemente a la central nuclear de Fukushima, cuando todo el mundo intentaba huir de la región, Sicilia corría al revés hacia los pueblos arrasados de Iwate, Kamaishi, Ishinomaki, Morioka, Noda, Miyako, etc., y, especialmente, Minamisoma -en la frontera de la zona de exclusión-, porque había amigos japoneses suyos afectados y le empujaba la necesidad de estar a su lado. Sólo al regreso, con los datos que había recogido en tamaña experiencia surgió llevar adelante un proyecto que me parece tanto artístico como civil. Lo tituló Flores de invierno, cambiando la estación en que el escritor Tamiki Hara relata su vivencia de la bomba de Hiroshima en Flores de verano.



En el primer caso, el artístico, la recopilación de datos técnicos de la propia central nuclear -temperatura, la presión atmosférica, el nivel del agua o el índice de la radioactividad-, el del impacto sonoro en el instante en que se desató la fuerza devastadora del terremoto y el tsunami, captado por la baliza de la Universidad Politécnica de Barcelona, o las miles de voces e imágenes recogidas en Youtube, fueron la base para su transformación mediante ordenador en imágenes 3D, convertidas en imágenes impresas en cada cara de una bandera.



Imágenes extrañas, inéditas y perturbadoras, atrayentes y expuestas a su vez, al menos en Matadero, como emblemas de un paseo o marcas de un recorrido que el visitante puede entender como silencioso homenaje a la víctimas y como muda presencia de cuantos "accidentes", humanos e inhumanos, construyeron. Las banderas tienen un extraordinario valor simbólico en la cultura japonesa, que Sicilia parece conocer profundamente. Surgieron también piezas todavía inconclusas pero tan conmovedoras como la serie Miki Endo, una muchacha que perdió la vida alertando por radio a la población de que se alejase de Minami Sanriku; la delicadeza de las piezas de pequeño tamaño las aproximan más a los sentimientos de admiración y turban más que un monumento enorme.



En el Museo de Fukushima hay más obras y más series, y aquí un documental evoca la parte civil, a mi juicio tanto o más valorable que las obras: el trabajo del artista, por medio de la colaboración de escuelas y otras instituciones, en talleres de creación con niños y ancianos víctimas de la tragedia, quiénes participan en una labor terapéutica, de auténtica sanación del alma sustentada en responder a unas preguntas: "¿Cuál fue tu primer recuerdo? ¿Fue un sonido, quizá un olor? ¿Puedes hacer de ello una imagen?". Absolutamente admirable.