Nuria Fuster en su estudio de Alcoy, Valencia. Foto: Josep Fuster

Su talante errante y su actitud frente a la escultura han llevado a Nuria Fuster a uno de los lugares más destacados de la escena artística en nuestro país. También fuera. Su nuevo proyecto lo presenta en Madrid, en la galería Marta Cervera: Don Quijote también esculpió aire.

Una suerte de runrún interno habita en las esculturas de Nuria Fuster (Alcoy, 1978). Son ensamblajes de objetos en peripecias casi imposibles: un tendedero portátil y una antena; una placa de hierro retorcida sobre dos taburetes de bar; asientos de coches junto a radiales; bafles sobre estructuras de moqueta... Son tan inquietantes como los bodegones, donde sabemos que hay más vida de la que vemos. Algo así como arquitecturas a las que les suenan las tripas.



Dice la artista que, pese a un tener un lado racional y otro intuitivo, a la hora de trabajar se olvida de todo y es el estómago el que habla. Mucho ha dado su buche que hablar. Desde que pasara por la facultad de Bellas Artes de Valencia, hace ya diez años, la hemos visto en los principales certámenes de arte joven como Generaciones, Circuitos e Injuve, en colectivas como Antes que todo, en el CA2M en 2010, y liderando uno de los proyectos autofinanciados por artistas más interesantes: Hambre. Es una de esas artistas que no busca, sino encuentra, con un trabajo serio y coherente que estira los límites de la escultura, y con una proyección internacional que no hace más que crecer. De hecho, hace ocho meses que dejó Madrid por Berlín, en busca de un nuevo inicio.



Vista de exposición

El suyo como artista, sus primeras obras, tienen mucho que ver con la tercera individual que ahora presenta en Marta Cervera y las dos obras que participan en la colectiva de la también galería madrileña Fernando Pradilla: Mundo material. En este título está la clave: "Los primeros trabajos eran casi un ejercicio de estilo, muy parecidos a las cajas metafísicas de Oteiza. Con ellos establecí un vínculo muy grande con el hierro como material que hace dos años retomé y con el que me identifico muchísimo", explica. No es la única referencia al escultor vasco en sus obras, las de antes y las de ahora. También circula ese tránsito de la escultura a la arquitectura; cierto sentido abstracto simbólico y esa idea del Cromlech, los agujeros por los que Oteiza buscaba acotar la vastedad del mundo. "Esa idea de ventana, de borde, y el deseo del hombre por entender la realidad es un lugar que siempre me ha atraído analizar", dice.



Sus primeras obras surgieron de lo que encontraba en la calle, que fotografiaba. Cuando tuvo un estudio, empezó a diseccionar los objetos que hallaba: somieres, armarios, puertas, cajones... "En el misterio de lo que faltaba residía lo más verdadero de esas obras. Una rotura, un golpe, un arañazo, tres capas de pintura... son consecuencias de una acción, que entiendo como una forma de esculpir accidental. Por otro lado, los muebles son estructuras paisajísticas de una realidad. Me interesa su construcción, el vínculo que tiene con nosotros. Es una microestructura que nos define", añade.

Esculpir con aire

Un paso más allá fue intervenir dichos objetos: "Incorporé tejidos, como chaquetas o vestidos, que actuaban como una piel, un lado muy carnal, algo que siempre está ahí. Desde hace un par de años me he ido desvinculando del objeto y la madera, y mi discurso se centra más en la superficie del material y en buscar otras formas de ‘esculpir'. Todo mi trabajo es como un personaje de ficción que va mostrando diferentes registros sin dejar de ser él mismo". Con su nueva exposición le ha puesto nombre a dicho figurante: Don Quijote también esculpió aire.



-¿Qué metáforas y dobles sentidos encierra?

-Don Quijote esculpió la realidad a través de su visión. Su ficción fue real en tanto que existió para él. La muestra no trata tanto de hablar de Don Quijote, sino de ser él. Del mismo modo que transformaba los molinos en gigantes con su visión y fe, yo transformo una mesa en escultura. Cada uno de nosotros somos una lanzadera potencial para subvertir el objetivismo real. Hablo de una actitud muchas veces tachada de ‘locura', pero la que hace posible los cambios sustanciales. De esa capacidad de fabulación que es más que necesaria hoy, y no únicamente en el arte, sino como acción renovadora, como el imperativo goethiano ‘¡muere o transfórmate!', tan necesario para sobrevivir.



Vista de la exposición

-¿Cómo se traduce esa actitud en las nuevas obras?

-Las piezas son interrogantes de cuestiones que no sé responder, pero en su misterio reside el interés. Estos últimos trabajos son más metafísicos. Exploran otras formas de practicar la escultura y aman el material. Éste es el protagonista y del que depende, en algunos casos, el resultado.



Lo vemos con ejemplos. Una escuálida figura de Don Quijote yace junto a una gran plancha de hierro retorcida y un ventilador, cuyo movimiento depende de un chorro de aire de una aspiradora industrial con el tubo invertido. Otra obra, donde el proceso es más claro: dos planchas (de planchar), se van encendiendo intermitentemente sobre una placa de hierro aguantada por varios bloques de parafina que se van fundiendo y deformando.



-Lleva sus obras al límite. ¿Es ése el lugar de su escultura?

-El límite es un espacio donde se toca lo antagónico y en ese roce existe un lúcido equilibrio.



También muy poético. Uno de sus autores fetiche, Tomas Tranströmer, también está en el aire en esta charla, esculpiendo ideas. Un verso del poema Deshielo a mediodía se cuela a modo de paradoja: "La nieve iluminó y todos los pesares se aliviaron: un kilo pesaba apenas setecientos gramos". También sale a flote otra cita, de Joseph Beuys, que además nos recibe en la web de la artista a modo de statement: "Para mí la formación de pensamiento ya es escultura".



No hay mejor definición para su idea de escultura amplificada, donde apenas hay distancias con la pintura, la fotografía, el sonido o la instalación. A partir de una revisión de la historia de la escultura, Nuria Fuster trata de incorporar nuevas perspectivas a su trabajo. "Hay muchas ideas que han quedado como hitos históricos pero todavía están vivas. Me interesa reinterpretarlas y, en esa nueva lectura, buscar una opción malinterpretada, un error que abra la posibilidad de crear algo nuevo", añade. Su mirada del clásico Miguel Ángel ha llevado a su Pietà a uno de los premios de Generaciones 2012.



Vista de la exposición

Realidades múltiples

Todas sus obras parecen responder a un mismo dilema: el problema de las realidades múltiples y cómo las experimentamos: la oscilante, la incompatible, la intangible, la deseable... "El arte es un acto de conocimiento con el que llegamos a entender un poco más de qué está hecha la realidad", afirma. En la búsqueda de esa quimera, Nuria Fuster entiende su trabajo "como un laboratorio de observación, donde existe la posibilidad de rescatar, a través de un nuevo enfoque, restos y desechos. Salgo mucho 'a cazar' por almacenes de materiales industriales o chatarreros, ahí siempre hay algo que me rebela lo siguiente. A veces se le ha dado protagonismo al objeto ligado a lo doméstico como una particularidad intencionada, aunque mi trabajo es más bien un ejercicio de posicionamiento para ver desde otro lugar", explica.



-Y, con esas tareas de cacería, ¿puede vivir del arte?

-Sí, pero condicionando mucho mi vida. Supongo que los artistas siempre hemos estado en crisis y eso nos ha llevado a adoptar una actitud de supervivencia muy nutritiva, por otra parte. La mejor forma de afrontar una crisis es actuando y aportando. Hay que ser mejor que nunca.



-¿Y por dónde empezar en el sistema del arte actual? ¿Qué problemáticas destacaría?

-La paradoja que alberga un ámbito muy intelectual, culto y moderno con prácticas cortesanas y poco profesionalizadas, así como la politización del arte en algunos cargos institucionales.



-Fuera de la institución nació Hambre, espacio nómada y autofinanciado. ¿Qué plantea? ¿Habrá una nueva edición?

-Surgió de la necesidad de un espacio de intersección entre diferentes artistas y la posibilidad de mostrar un trabajo más procesual, algo que difícilmente puedes exponer en el ámbito galerístico o institucional. La emoción de cocinar solos, sin depender de nadie. Estamos barajando la posibilidad de una nueva edición para la primavera próxima en Berlín.