Después del éxito obtenido con Malaherba, el periodista Manuel Jabois (Sanxenxo, Pontevedra, 1978) regresa a la novela con Miss Marte, de nuevo de la mano de Alfaguara. Una historia sobre lo esquiva que puede llegar a ser la verdad, en la que vuelve a llevarnos al mismo universo de referencias: Galicia —aunque el pueblo es ficticio—, a la misma época —finales del siglo XX— y a una etapa crucial en la vida: la del tránsito de la adolescencia a la vida adulta, cuando se produce el deslumbramiento del primer amor y el descubrimiento del lado trágico de la existencia.

La novela sigue la reconstrucción que la periodista Berta Soneira hace en 2019 de un suceso ocurrido 25 años antes: Mai Lavinia, una misteriosa y carismática joven recién llegada al pueblo con una hija pequeña, pasa a formar parte de una pandilla y al poco se casa con uno de sus miembros, pero durante la boda la niña desaparece para siempre. Soneira, que pretende rodar un documental sobre el caso, es ayudada en su misión por Nico, un periodista local y miembro de aquel grupo de amigos, que ejerce de narrador. “El punto de partida fue imaginar cómo es convivir con una verdad no resuelta”, explica Jabois a El Cultural.

La trama tiene suspense, pero el auténtico enigma es Mai Lavinia, alias “Miss Marte”, que, aparentemente trastornada por la tragedia, un día decide adentrarse en el mar. Berta es también en sí misma un misterio; casi todos los personajes lo son en cierta medida. Aun así, lo que atrapa al lector (a este lector) no es solo la verdad oculta, sino sobre todo una prosa muy imaginativa, repleta de hallazgos y reflexiones expresadas con mucha originalidad.

“Para mí es imprescindible saber que el lector aterriza en ese mundo. Como periodista quiero que el lector esté conmigo viviendo las cosas, ser capaz de transmitírselas. Poder hacer eso en un pueblo inventado era uno de los grandes objetivos de la novela, que el lector se sintiese dentro de la historia, que tuviese curiosidad”, explica Jabois. “Para mí escribir siempre es un acto en el que quieres despertar la curiosidad del tipo al otro lado, que pase la página para ver qué va a ocurrir después, y eso no siempre está relacionado con la trama. Aquí hay trama y suspense, pero para que eso ocurra no bastan el misterio y el suspense. Tienes que hacer que el lector se sienta dentro de la historia, ya sea cómodo, incómodo, perturbado, feliz de la vida o riéndose, pero lo prioritario es que se sienta dentro del libro”.

P. Esta novela no es una crónica pero está narrada por un periodista. ¿Qué mecanismos de su faceta de cronista ha aplicado a esta novela?

R. Muchos. Los entrecomillados estratégicos, saber que el lector ya sabe cosas que le he contado antes y aprovechar esa complicidad para recordar algo o hacer humor, pero sobre todo cambiar el punto vista dependiendo de los personajes. Y a la hora de narrar y reconstruir lo que ocurrió en el día de la boda, que es la obsesión de Berta, ella no cuenta nada que no esté atestiguado por alguien.

"La mejor forma de aproximarse a la verdad es hacerlo de forma fría, intelectual. Las emociones suelen embadurnar los hechos"

P. Hay un fragmento en el que se mencionan las dos maneras de acercarse a los hechos: emocional o intelectual. Esta segunda es la que exige la deontología periodística, pero ¿es siempre posible? ¿Se puede dar cancha a la emoción en algunos casos?

R. La mejor forma de aproximarse a la verdad es hacerlo de forma fría, intelectual. Las emociones suelen embadurnar los hechos y distorsionar la mirada de quien los contempla, ya sea presentándolos de manera revanchista o lacrimógena. Es mejor confiar en la madurez intelectual de tu audiencia y tienes que hacerlo de forma fría. Habrá quien reproche esto en el caso de atentados o informaciones delicadas, pero no tienes que compadecer ni enfurecer al lector.

P. Dice el narrador que la verdad puede ser sagrada o no dependiendo de lo que se haga con ella. ¿A qué se refiere?

R. Si descubres que tu padre o tu madre es un asesino en serie, lo tienes que denunciar, pero si lo descubres robando, ¿tienes que publicar la verdad? Es un poco complejo pero tan cínico como decir que depende de la gravedad del delito. Por otra parte, una verdad a las ocho de la mañana puede ser una mentira a las ocho de la tarde, a través de un proceso que tiene que  ver con la manipulación del contexto, el tiempo, la maldad de quien manipule esa verdad… Es algo muy complejo de explicar, pero espero que los lectores lo comprendan con la lectura de la novela.

P. En relación con lo anterior, también hay quien piensa que la sinceridad debe estar por encima de todo. Esa gente que dice “yo digo la verdad pese a quien le pese” y que el narrador de su libro considera “capullos”. ¿La sinceridad está sobrevalorada? 

R. La gente que actúa así suelen ser las personas más cínicas del mundo. Según ellos dicen la verdad le pese a quien le pese, pero da la casualidad de que nunca les pesa a ellos.

P. Nico es un periodista de provincias y Berta es una periodista joven que ha triunfado, escribe en medios nacionales y ha escrito varios libros. ¿Hay de usted en ambos personajes?

R. Sí, se puede decir que Nico soy yo hasta hace diez años, cuando trabajaba en el Diario de Pontevedra, y Berta soy yo con mis condiciones actuales, escribiendo en un gran medio.

P. El personaje de Mai Lavinia, “Miss Marte”, es una de esas personas enigmáticas, únicas, que llegan y le cambian la vida a la gente. ¿Ha conocido a muchas personas así?

R. Sí, son gente con un encanto especial, personas fascinantes que le hacen a uno más interesante. Hacen que no te quieras despegar de ellas. He conocido a gente así que eran bellísimas personas y otros unos hijos de puta. El personaje de Mai Lavinia es un pájaro con el ala rota, con un problema de fondo que poco a poco se empieza a transparentar en la novela. Yo soy de Sanxenxo y en el grupo de amigos conocíamos a gente de fuera en verano. El hecho de ser nuevos les confería un plus de interés. Además, la gente en verano siempre es más interesante.

P. Siempre que leo una reflexión o una opinión hecha por un personaje de una novela, me pregunto si es una opinión del autor. ¿No cree que escribir ficción da la oportunidad de tener dos o más opiniones enfrentadas sobre el mismo asunto y que eso promueve la empatía?

R. Yo soy un tipo que discute mucho consigo mismo. Paso mucho tiempo solo, no solamente por trabajo sino por voluntad propia. Hay semanas que las paso enteras en la calle y otras en las que no salgo de casa, y, como comprenderás, debido a la pandemia, últimamente más de lo segundo. A la hora de escribir también discuto muchísimo conmigo mismo. Tienes algo claro pero una parte de tu cerebro piensa otra cosa. La novela me ayuda, porque yo soy un tipo que vive en la duda, en la inseguridad. La duda está bien, la inseguridad no es agradable. Yo me guardo mis inseguridades, no las proyecto en forma de miserias, sino que hago humor con ellas y también lo utilizo para construir los personajes.

"Yo he trabajado tanto como todos mis compañeros, pero he tenido una pizca más de fortuna. Mi despertador sonó cuando ya no esperaba que sonase"

P. Dice en el libro que “todos sonamos en algún momento de nuestra vida para algo y casi siempre nos apagan de un manotazo como si fuésemos un despertador”. A la vista de lo bien que le ha ido a usted profesionalmente, imagino que no se identificará con esa afirmación.

R. No, yo he tenido muchísima suerte. He trabajado muchísimo, tanto como todos los compañeros que he tenido, pero he tenido una pizca más de fortuna. Lo que ocurrió conmigo es que mi despertador sonó cuando ya no esperaba que sonase. No es que fuese viejo, tenía treinta y pocos, pero el mundo estaba en contracción, en crisis mundial, los periódicos andaban entre EREs y despidos. Y de repente se me descubre a mí. Primero me recomendó Elvira Lindo, luego David Gistau es quien me mete en El Mundo, y convence a Fernando Baeta y a Pedro J. Ramírez. Aunque mi despertador suena de verdad cuando empiezo en el Diario de Pontevedra sin ningún tipo de formación. Entré allí y empecé sin saber. Escribir sí sabía, había escrito cosas, tenía una voluntad de escritura. Y allí aprendo a ser periodista y al cabo de unos años me puedo leer con cierta dignidad, puedo hacer reportajes y crónicas con cierta brillantez. En ese momento pienso “joder, qué suerte he tenido en mi vida”. Poder dedicarme a esto vivir de lo que escribo. Tenía incluso contrato fijo y no tenía mayor aspiración de ser leído y querido.

P. David Gistau fue muy importante para usted. ¿Cómo lo recuerda?

R. Yo tenía con él una relación estrecha y sobre todo una enorme deuda de gratitud. No es que mi vida de ahora sea mejor que la de antes, pero es diferente y mi trabajo tiene una proyección. A uno le gusta que en vez de 1.000 personas le lean 10.000. Gistau era el tipo que conocía cuando llegué a Madrid, me enseñó las calles, me presentaba a la gente, las circunstancias de mi nueva situación como columnista de El Mundo, de alguien que va al Congreso cada semana, al Bernabéu… Yo miraba para arriba y pensaba “dónde me he metido”. Ejerció de padrino para mí y fuimos amigos maravillosos. Además la amistad que teníamos al final era más divertida y más madura que al principio, y me imaginaba que conservaríamos ese tipo de amistad siempre. Cuando piensas en todo lo que dejó y que tenía en marcha, empezando por su familia, el dolor es enorme.

"El periodismo necesita mucha curiosidad, capacidad de observación y mucha voluntad. Y, antes que cualquier otra cosa, dignidad profesional"

P. Ha dicho que cuando empezó en el Diario de Pontevedra no tenía formación. ¿No cree que el periodismo es un oficio para el que se requieren una serie de cualidades y que eso es mucho más importante que tener una licenciatura? 

R. Este oficio necesita mucha curiosidad, capacidad de observación y mucha voluntad. También necesita, antes que cualquier otra cosa, dignidad profesional, trabajar a cambio de un sueldo digno. Una vez conquistado eso, lo importante es la mecánica. Es como una banda de rock: cuando tocas la canción 300 veces la tocas mejor que la primera. En periodismo no hay Rimbauds, ni Mozarts ni Picassos. Esto no es un oficio de artistas, no existe la inspiración ni la musa, aunque hay que tener cierto talento para contar las cosas o conseguir fuentes.

P. Después de haber triunfado como periodista, con Malaherba se reveló como un buen novelista. ¿Qué le supuso el éxito de esa novela?

R. Fue una enorme alegría, me hizo muy feliz. Tenía miedo por dar el salto del periodismo a la literatura, pero de repente vi que a la gente le gustaba el libro. Que mucha gente lo comprase ya era un milagro, pero lo prioritario era que le gustase. Malaherba fue el arpón en la ballena, darme cuenta de que era capaz de hacerlo y que podía volver a intentarlo. Me dio seguridad.

P. ¿Se ve ejerciendo el periodismo siempre o cultivando más su faceta de novelista en los próximos años?

R. El periodismo siempre, eso seguro. Y la literatura, si encuentro historias y mantengo la voluntad, también, pero nunca será a costa del periodismo. Seguramente en algún momento bajaré la intensidad, tengo 42 años, no sé qué pasará dentro de 30, pero si entonces algún periódico me quiere, seguiré ejerciendo.

P. ¿No le cansa el periodismo? ¿Sigue igual de entusiasmado que cuando empezó?

R. Igual no, pero busco maneras de renovar el entusiasmo. Una de ellas es escribir en distintas secciones: sociedad, cultura, gente, política, opinión, entrevistas… Eso te renueva el entusiasmo.

@FDQuijano