Hubo un tiempo en que existían líneas rojas que no se cruzaban ni siquiera para hablar del Real Madrid. Con la caída de los patrones éticos y estéticos, las líneas rojas fueron difuminándose, empezando primero por el Real Madrid y continuando luego con todo lo demás. El club de Concha Espina ha sido siempre el laboratorio en el cual se han puesto a prueba el odio, el cinismo, la demagogia y el mal gusto extremos, a fin de ser testados antes de aplicarlos sobre el resto de personas y entidades de la vida nacional. Se vio que los arsenales de argumentos más grotescos funcionaban contra el Madrid sin que nadie se rasgase las vestiduras, en vista de lo cual se siguió para adelante hasta que la grosería y la mendacidad reinaron sobre todo y sobre todos, más allá de lo concerniente al equipo blanco.

Y así hasta hoy. Ya no hay líneas rojas para nada y para nadie, lo que no implica que el Madrid haya dejado de ser el campo de operaciones predilecto de la difamación, el insulto y (lo que es peor) la imbecilidad más profunda.

Ronaldo observa su herida en el móvil del médico del Real Madrid.

Ronaldo observa su herida en el móvil del médico del Real Madrid. Efe

Yo vi claro el proceso (y la irreversibilidad del mismo) cuando Florentino Pérez dio una rueda de prensa en común con Rossell, hoy en prisión, en la víspera de un clásico en Barcelona. El autobús del Madrid, como era costumbre por allí, había sido apedreado pocas horas antes. Un periodista catalán tomó la palabra para inquirir a Florentino si no se preguntaba qué estaba haciendo mal, o por qué creía generar tanta animadversión, como para provocar el que las hordas se tomaran la justicia por su mano. Aturdido, Florentino no llegó a disculparse por el hecho de que el autobús del Madrid hubiese sido agredido, a pesar de que el citado periodista parecía demandarlo con su pregunta.

Quizá esta vez involuntariamente, Cristiano fue también agredido contra el Deportivo en la jugada en que marca el sexto gol del Madrid. Esta vez nadie ha exigido al portugués que se disculpe por lo que sin duda habrá hecho para merecer que le abran la frente de una patada, sea lo que sea. La ordinariez más estulta se ha desatado en cambio a cuenta del momento inmediatamente posterior, tan sobradamente comentado por una legión tan nutrida de tontos que quizá no valga la pena recordar pero lo haremos: de camino a la banda, Cristiano pide el teléfono del médico que le asiste para ver en la pantalla el resultado de la patada sobre su rostro sangrante.

Hay que tener muy pero que muy mala intención, o hay que ser muy pero que muy mediocre (de ese lado de la mediocridad donde se forma un subconjunto con la gilipollez) para ver en ese instante un acto de narcisismo. Tan innegable es que Cristiano posee un ego superlativo (defecto que ha contribuido a hacerle grande) como que de haber un momento en toda su carrera al que su ego es completamente ajeno es este del que hablamos. ¿A quién sino a un antimadridista redomado y desatinado ciudadano se le puede ocurrir que Cristiano pide usar ese móvil a manera de espejo para ver si está guapo, cuando la sangre le chorrea por toda la cara? ¿Cuánta insensibilidad adorna a quien, incapaz de superar su fobia personal a Cristiano para mostrar un atisbo de consideración ante alguien herido, sugiere algo así?

No ha sido un idiota ni dos. Ha sido un tsunami de idiotas. Desde periodistas de la Cadena Ser (que podrán escudarse en la inmediatez del directo para disculpar una insinuación que, con todo, sigue definiendo a quien la emite) hasta culés ridículos como David Bernabéu, pasando por el escritor Arsenio Escolar, que tuiteaba este prodigio de sutileza y tino: “No lo tengo claro. Cristiano estaba con el móvil... A) Mirándose la herida B) Haciéndose un selfie C) Mandando un mensaje de voz D) Comprobando si se le había corrido el maquillaje E) Grabando un anuncio F) Aparentando épica G) Quedándose con todos nosotros”. Yo en cambio sí tengo claro lo que opino sobre este señor, muy especialmente a raíz de la inclusión de la posibilidad D, que indubitablemente nos obliga a sospechar que el amigo Arsenio es un poquito homófobo. El punto F, por su parte, nos hace concluir que la épica es para el sujeto cualquier cosa donde no esté incluido el Madrid, y la generalidad del tuit habla a las claras de una personalidad refractaria a -si no la empatía- al menos el mínimo decoro para privarte de la burla hacia quien sangra. La sangre en el ejercicio del trabajo merece un respeto. Explicarlo me produce un rubor que es exactamente el que se siente ante los que necesitan que todo les sea explicado porque han dejado atrás todo atisbo de clase y sentido común.