Roberto Mancini, en el entrenamiento de la selección de Italia previo a la final de la Eurocopa 2020

Roberto Mancini, en el entrenamiento de la selección de Italia previo a la final de la Eurocopa 2020 Reuters

Fútbol

Roberto Mancini, 61 años: "Mi profesora le aconsejó a mis padres que me dieran una taza de manzanilla antes de clase"

El técnico está muy cerca de convertirse en el nuevo seleccionador de Italia.

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Detrás del perfil elegante, los trajes impecables y la reputación de estratega sofisticado que acompaña a Roberto Mancini en los banquillos internacionales, se esconde la historia de un niño de provincias cuya única obsesión era perseguir una pelota.

Antes de convertirse en una leyenda de la Sampdoria, de conquistar el Scudetto como técnico o de llevar a la selección italiana a la gloria en la Eurocopa, Mancini fue simplemente un chico hiperactivo en las calles de la región de Marcas. En unas nostálgicas declaraciones concedidas al diario Il Giornale, el entrenador ha abierto la puerta a sus recuerdos más íntimos para desgranar cómo se construyó su incansable pasión por el deporte.

Los cimientos de su vida siempre han estado anclados al calor de un hogar trabajador en su localidad natal. "Mi madre era enfermera, mi padre carpintero y tengo una hermana dos años menor que yo. Nací y me crié en Jesi", relata el técnico con orgullo sobre sus raíces.

Aquel entorno familiar, sencillo y muy unido, fue el caldo de cultivo donde brotó una vocación que no tardó en manifestarse. El propio Mancini reconoce que su relación con el fútbol no fue adquirida con el paso del tiempo, sino un instinto casi biológico: "¡Nací con el fútbol! Estaba obsesionado con él cuando tenía 4 o 5 años...".

En esa precoz obsesión tuvo mucho que ver la figura paterna, quien le transmitió el amor por el césped prácticamente desde la cuna y le abrió las puertas de sus primeros equipos. "Mi padre siempre fue un apasionado. Aficionado de la Juventus, era entrenador en la Polisportiva Aurora Jesi en la parroquia de San Sebastián, cerca de su casa, como hobby", recuerda.

Sin embargo, aquella energía desbordante que mostraba con el balón en los pies se convertía en un auténtico quebradero de cabeza cuando tocaba sentarse en los pupitres. La vida académica nunca fue el punto fuerte del futuro seleccionador de la Azzurra, que no lograba canalizar su inquietud entre cuatro paredes.

"No me gusta mucho el colegio . Me gustaba en primaria porque tenía una maestra que me quería; era muy cariñosa. Les aconsejó a mis padres que me dieran una taza de té de manzanilla antes de clase porque nunca me quedaba quieto", confiesa entre risas al rememorar su época de estudiante. El remedio casero se convirtió entonces en un ritual diario y sagrado en el hogar familiar: "Mi madre me la daba todas las mañanas".

A pesar de la infusión relajante, su mente y su cuerpo seguían pidiendo fútbol a todas horas. Su universo infantil era tan pequeño como intenso, reducido a un triángulo geográfico por el que transitaba día tras día sin cansarse. "De niño jugaba en casa, el colegio y parroquia estaban a menos de 100 metros. Esa era mi vida: iba andando al colegio, luego en el recreo jugábamos al fútbol, porque había un campo, luego volvía a casa, y después de comer bajaba a la parroquia y jugaba un rato más", explica en Il Giornale.

Cuando no había compañeros de equipo o rivales disponibles en el patio del oratorio, el pequeño Roberto encontraba la manera de seguir perfeccionando su técnica en solitario, guiado por una incansable constancia. "A menudo incluso solo. Disparaba contra la pared y jugaba el rebote: con los pies, con la cabeza...", rememora el técnico.

Esa sencilla pared de la parroquia de San Sebastián en Jesi fue, en realidad, el primer gran maestro de un futbolista que terminaría deslumbrando al mundo con su elegancia y calidad técnica. Aquel niño que tomaba manzanilla para calmar su nerviosismo transformó su infinita inquietud en un talento legendario que hoy sigue marcando la historia del fútbol mundial.