Diego Simeone, en el banquillo del Atlético de Madrid

Diego Simeone, en el banquillo del Atlético de Madrid Europa Press

Fútbol

Diego Simeone, 55 años: "En el colegio fui medio complicado. Para qué iba a estudiar, si iba a jugar al fútbol"

El técnico del Atlético de Madrid pasó su infancia en un barrio de Buenos Aires y siempre ha reconocido que no era un buen estudiante.

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J. P.
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En el barrio de Palermo Viejo, en Buenos Aires, un chico flaco recorre la calle Costa Rica con una mochila al hombro y una pelota en la cabeza.

Décadas después será el entrenador más influyente de la historia del Atlético de Madrid; entonces es solo Diego, un alumno de colegio parroquial más, convencido de que los libros son un trámite y el fútbol, su destino.

A Simeone le gusta explicarse a través de aquella etapa. En mayo de 2024, en plena rueda de prensa, buscó en la memoria para calificar a su equipo y acabó describiéndose a sí mismo.

"En el colegio fui medio complicado, siempre estuve por el 6, luego un 8, pero nunca fui un 10", reconoció ante los micrófonos, en una conferencia de prensa de hace casi dos años. Aquel alumno "complicado" es el germen del entrenador que hoy se declara permanentemente insatisfecho.

Detrás de esa autodefinición hay una historia de prioridades muy clara. En su entorno escolar recuerdan a un chico al que le costaba concentrarse en clase y que vivía pendiente del siguiente recreo.

El párroco Martín Bracht, del colegio San Francisco Javier -donde Simeone cursó Primaria- lo resumía con humor en un reportaje de AS: era "un poco vago" para los estudios, pero siempre despierto, rápido para responder y con carácter.

Entre aquellas paredes, el pequeño Diego ya verbalizaba su plan de vida con una naturalidad que hoy suena profética.

Simeone abrazando a su hijo Giuliano

Simeone abrazando a su hijo Giuliano Europa Press

Bruno Amasino, profesor de Música en ese mismo centro, relató al mismo medio una escena que condensa la mentalidad del niño. Simeone se le acercaba y le decía: "Para qué voy a estudiar, si voy a jugar al fútbol".

El docente intentaba bajarlo a tierra con una advertencia tan bienintencionada como fallida: si seguía así, se iba a "morir de hambre". La frase quedó como anécdota en el barrio; el tiempo, como suele ocurrir en el deporte, escribió otro final.

Mientras tanto, en la casa de la calle Costa Rica 4876, una familia de clase media-baja trataba de educarlo con disciplina. Años más tarde, en una entrevista en Independent, Simeone resumiría aquella educación con otra confesión contundente: "Mis padres me criaron para jugar al fútbol como un soldado".

La imagen del soldado encaja con la combinación de afecto y exigencia que le inculcaron: esfuerzo diario, obediencia a la rutina y una tolerancia mínima al conformismo.

Su campo de entrenamiento no era solo el patio del colegio San José ni las instalaciones de Villa Malcolm, el club de barrio donde empezó a organizar sus primeros partidos, sino también la propia calle.

En el libro Creer, Simeone recuerda cómo jugaba "de árbol a árbol" y cómo, con apenas ocho años, ya afinaba el tiempo de salto para rematar de cabeza en esos partidos improvisados. Esos ejercicios callejeros, más que cualquier tarea escolar, fueron su verdadero cuaderno de ejercicios.

Cuando en esa rueda de prensa añadió que sigue "en la lucha continua por mejorar", no hablaba solo del Atlético. El adulto que gesticula en la banda reconoce en el alumno distraído de Palermo Viejo a alguien que nunca se sintió de diez, pero que hizo de esa carencia un motor.

El chico que preguntaba para qué iba a estudiar si iba a ser futbolista terminó demostrando, con cada paso, que su convicción infantil no era una fantasía, sino el borrador de una carrera escrita a base de carácter.