Joan García, en Las Rozas

Joan García, en Las Rozas RFEF

Fútbol

La vida de Joan García (24) fuera del fútbol: hijo de herborista, amante de la montaña y sus espinilleras de cartón

El portero del FC Barcelona y ahora de la Selección lleva una vida tranquila fuera de los terrenos de juego.

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Hay porteros que acaparan portadas por sus coches, sus fiestas o sus negocios. Joan García no es uno de ellos.

El guardameta del FC Barcelona tiene 24 años, nació en un pueblo de 7.000 habitantes del Bages y sigue siendo, a ojos de quienes le conocen de verdad, el mismo chico de siempre. Sin estridencias, sin redes sociales activas y con la montaña como mejor plan para un día libre.

Sallent de Llobregat es su origen y su refugio. Un municipio a menos de una hora de Barcelona atravesado por un canal medieval de 26 kilómetros, conocido también por ser la tierra natal de San Antonio María Claret.

Allí creció Joan junto a sus padres -su madre regenta una herboristería en la vecina Manresa- y su hermano mayor Lluís, que fue quien le metió el gusanillo de la portería.

Joan empezó jugando de campo, pero con cinco o seis años decidió imitarle y ponerse los guantes. Una decisión que, con el tiempo, cambiaría su vida entera.

Su infancia futbolística transcurrió sin glamour: base, trabajo y un carácter reservado que le describían sus entrenadores del filial del Espanyol como "introvertido, muy inteligente y con una gran pasión por la portería. Trabajaba mucho sobre el césped y luego viendo vídeos".

No era el tipo que llenaba el vestuario de ruido. Era el que llegaba antes y se iba el último.

Joan García realiza los ejercicios de calentamiento en el partido liguero ante el Rayo Vallecano

Joan García realiza los ejercicios de calentamiento en el partido liguero ante el Rayo Vallecano Europa Press

Ese perfil discreto se mantiene intacto en la élite. Cuando tiene días libres, Joan no se va a Ibiza ni a Dubai: se va a la montaña. Una de sus últimas escapadas antes de fichar por el Barça fue a Montserrat.

"Me gusta mucho la montaña, cuando tengo libre me voy a la montaña", reconoció sin ningún complejo en una entrevista pasada. La coherencia entre lo que dice y lo que hace es, también, parte de su marca personal.

En lo que respecta a sus rituales, Joan rechaza la palabra superstición. Lo suyo es rutina: horarios fijos de comida, de descanso y de preparación mental. Antes de bajar del autobús al vestuario, escucha siempre dos canciones concretas. Cuáles son, lo guarda para sí.

Y cuando le preguntan por la psicología deportiva, responde con una madurez que sorprende: "En otros momentos de mi carrera sí que he recurrido al trabajo de un profesional", sin atisbo de tabú.

Incluso en los detalles más pequeños aparece su carácter singular. En el Espanyol era frecuente verle con las espinilleras protegidas por dos trozos de cartón por fuera de la media, en una época en que los futbolistas van en la dirección contraria. Artesanal, funcional, nada que ver con la industria del fútbol moderno.

Cuando en junio se confirmó su fichaje por el Barça, algunos aficionados blanquiazules viajaron a Sallent y pintaron mensajes insultantes en los muros de su pueblo. Joan estaba allí, descansando en casa.

No hizo declaraciones. Sus vecinos salieron a defenderle. Esa imagen, la del pueblo cerrando filas en torno a su hijo más famoso, dice más de él que cualquier rueda de prensa.