Alejandro Benítez sonríe a su sobrino Milo. Facebook

Alejandro Benítez sonríe a su sobrino Milo. Facebook

Fútbol

Un futbolista se retira para salvarle la vida a su sobrino de nueve meses

'Lulo' Benítez dijo adiós al fútbol para donar parte de su hígado al pequeño, que sufrió una obstrucción biliar desde este órgano hasta la vesícula. La madre, operada de corazón, no podía participar del trasplante. 

Lucía Hernández

Uno de los máximos goleadores de la historia del Central Larroque, en la Federal C de Argentina, abandonó su pasión por amor. Con la misma seguridad con la que lanza un penalti o salta para anotar de cabeza, Alejandro Benítez no se lo pensó, ni lo dudó. Ante la llamada de la familia, no hay goles que valgan.

Su sobrino Milo, de nueve meses, necesitaba un trasplante de hígado porque había sufrido una obstrucción de los conductos que llevan la bilis de este órgano a la vesícula. La madre del pequeño, intervenida del corazón, no era apta para participar en el procedimiento quirúrgico. Cuando el artillero escuchó el disgusto de su hermana Natalia, tomó una decisión que cualquiera habría emprendido "por un ser querido": "Tenía claro que debía abandonar el fútbol. Pero no me importó. Es más, jamás me voy a arrepentir de lo que hice".

Y añadía: “Somos una familia muy unida, somos tres hermanos. Les dije que iba a ser yo, e imagínate la alegría de ella y la felicidad y el alivio porque había una oportunidad de vida para Milo". Pero la vida de este milagro también está jalonada por los imprevistos que emergen en cualquier heroicidad: "De las tres horas que iba a durar la operación fueron como siete, aunque más duro fue lo de Milo, que estuvo 12".

La historia concluyó con un final feliz, como los cuentos que Milo, gracias a su tío, podrá leer: "Verlo a él ahí en la incubadora y yo empezarle a cantarle las canciones que le cantaba y él sonriendo, la verdad que eso me emocionó mucho y me largué a llorar”. Jorge Valdano sentenció que "el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes". Con su proverbio, el futbolista argentino sintetizó, sin saberlo, el camino que Milo y Alejandro recorrieron de la mano.