Alberto Contador parecía destinado a convertirse en una figura legendaria del ciclismo y del deporte español. De la estirpe de los Nadal, Pau Gasol, Alonso, Iniesta y Mireia Belmonte, el madrileño tenía un sitio reservado junto a ellos en el panteón de los mejores deportistas de nuestra historia. Pero una sanción por dopaje enturbió el curso de su trayectoria. Su apasionante adiós en la Vuelta, con un último triunfo memorable en el Angliru, ha sido el retrato soñado de un espíritu entregado al ciclismo de otros tiempos.


Contador irrumpió en el panorama ciclista tras unos años convulsos por el dopaje sistemático y la omertá del pelotón. Era el modelo del ciclismo renovado: el chico sonriente que había superado un cavernoma cerebral congénito y el campeón de una nueva etapa destinado a enterrar los tiempos oscuros de unos equipos enfangados en el lodo de las sustancias dopantes. Hasta que para frustración de quienes lo admirábamos incondicionalmente, unas mínimas cantidades de clembuterol en su sangre deshicieron el guión del relato perfecto.


Nunca volvió a ser el mismo. Aquel día la tranquilidad y la suerte abandonaron a Contador. El tipo calculador que había derrotado con astucia al enemigo en casa desapareció por ensalmo. Ya nunca fue el ciclista que esperó con frialdad el momento de asestar el golpe definitivo a Armstrong y Bruyneel. Azuzado por su instinto y por la necesidad de demostrar la injusticia de su sanción, la carrera del ciclista suplió el arranque calculado por el ataque desmedido. Mientras, las caídas le martirizaban en el Tour. Los triunfos menguaron, aunque su reputación de ciclista imprevisible y espectacular creció sin cesar hasta la exhibición que nos ofreció en su última vuelta por España.


Quizá Contador tenía razones para rebelarse contra la sentencia condenatoria del TAS. Una vez releída, daba la impresión de que el Tribunal tenía la certeza de la irregularidad pero carecía de las evidencias probatorias jurídicas. Tal vez por eso la resolución se demoró durante dieciséis meses en los que el corredor compitió con una licencia cautelar. También el periodo de cumplimiento de la sanción carecía de base jurídica, pues la suspensión de dos años se computó desde que se produjo el positivo en lugar de desde el momento en el que el Tribunal resolvió el caso, con lo que desaparecieron de su palmarés el Tour de 2010 -lógico-, pero también el Giro de 2011 que Contador corrió estando plenamente habilitado para hacerlo. A cambio, cumplió una buena parte de su sanción estando en activo (lo que, sin duda, supuso un alivio psicológico para él, como si los árbitros quisieran aliviar la dureza del castigo). Finalmente. reapareció en la Vuelta de 2012, en la que privó del triunfo a Purito Rodríguez con una cabalgada rabiosa y lejana hasta Fuente Dé.


Tanto o más daño que el fallo del Tribunal le causó la historia del solomillo con la que la defensa del ciclista pretendió defender los intereses de su cliente. De difícil digestión desde su primera escucha, numerosos detalles y datos acerca de la procedencia de la carne parecieron desmentir las excusas del campeón de Pinto. La suerte estaba echada. Su reputación quedó manchada para siempre.


No obstante, discrepo con los que señalan que Contador no volvió a rendir al nivel que mostró antes de su sanción. El citado Giro de 2011, en el que los procedimientos de control pendían sobre su cabeza, fue su mayor exhibición en una gran vuelta: más de seis minutos de ventaja sobre el segundo, el malogrado Scarponi, y casi siete sobre Nibali, el tercero. Cierto que no volvió a ganar el Tour, pero también que las caídas se cebaron con él en esta prueba y que las decisiones erróneas en la elaboración de su calendario y en la elección de sus equipos fueron una constante que lastraron su palmarés.


Amén de lo señalado, Contador pasó a ser un corredor invadido por la furia de querer enmendar su error. Luchó por el triunfo de forma casi desesperada en cada carrera en la que participó, una actitud que no se veía desde los tiempos de Merckx e Hinault y que se desmarcaba de la tendencia de los vueltómanos modernos que enfocaban la preparación de toda la temporada en un único objetivo.


No fue su única rebelión contra los hábitos controvertidos del ciclismo actual. Movido por sus sensaciones y desechando los potenciómetros, protagonizó ataques kilométricos que los aficionados jaleamos con emoción. Algunos exitosos, otros fracasados y unos cuantos memorables, pero todos emocionantes en unos días en los que los pinganillos y los directores se han adueñado de las pruebas por etapas para convertirlas en una sucesión tediosa de esfuerzos titánicos con una guía turística como telón de fondo.


Contra todos y contra el sistema, con sus luces y sus sombras, Contador mantuvo viva la llama del ciclismo épico que convirtió a sus protagonistas en héroes del deporte. Y así terminó el domingo su apasionada carrera. Con su voluntad indoblegable y con su estilo para el recuerdo intacto. El pedaleo ágil y un vaivén acompasado proyectados por el estímulo permanente del que tiene una misión que cumplir: sellar su trayectoria con una exhibición digna del duende de su protagonista. Y a fe que lo hizo. Para desgracia de muchos aficionados, Contador ya es historia.