Carroll y su instinto asesino desde el perímetro mataron al Bilbao Basket muy pronto.

Carroll y su instinto asesino desde el perímetro mataron al Bilbao Basket muy pronto. V. Carretero ACB Photo

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Jaycee Carroll y sus triples acaban con el Bilbao Basket antes del descanso

Tres triples consecutivos del exterior del Real Madrid en el segundo cuarto dieron por terminado un partido al que le sobraron por completo los dos últimos periodos dado el dominio blanco (95-65).

Madrid

Jaycee Carroll es todo un experto en eso de picar piedra. Esa es la razón principal de que sea intocable en el Real Madrid de Laso: nunca ha dejado de trabajar, de exprimirse al máximo, de cumplir a rajatabla su cometido. Desde luego, a 'Boom-Boom' nunca hay que darle por muerto: la bomba, su bomba, está ahí en todo momento, dispuesta a explotar cuando menos te lo esperas. Esos estallidos, a veces, sirven para ganar partidos. Como en San Sebastián y también como en casa ante el Bilbao Basket. Carroll enchufó tres triples seguidos y, en un abrir y cerrar de ojos, el Madrid pasó a ganar de 14 al descanso. Normal que al rubio le coreen su nombre embutido en la sintonía de Los Picapiedra. Al son de su 'Yabba Dabba Doo', sus compañeros zapatearon como si condujesen un troncomóvil y le cerraron la puerta del encuentro en las narices al rival. Y Wilma no salió a abrírsela de nuevo [Narración y estadísticas: 95-65].

En el Palacio de los Deportes no se jugó a los bolos, como en Piedradura, sino a ver quién metía más tiros de tres. Por lo menos, en algún momento del duelo. La estrategia le salió bien al Bilbao Basket durante un buen rato, porque Dejan Todorovic tenía mucha pólvora que gastar. E incluso Álex Mumbrú, que quería despedirse con honores (así lo hizo) de la que fue su casa antes de llegar al Botxo. Ante todo, valentía contra el líder de la ACB. Por mucho que resultase una entelequia que la bestia madridista no despertase y entrase al trapo triplista… y al trapo en general.

Hace tiempo que quedó claro que el protagonismo está muy repartido en el equipo blanco. Hay que empezar hablando de Campazzo. De su hiperactividad contagiosa. Cuando tiene uno de esos días, que se prepare el equipo contrario. Saca la chistera de mago en ataque y el disfrute está asegurado: unos tiritos por aquí, unos pases de videojuego por allá… El mareo generalizado al otro lado de la cancha. Y qué decir de su defensa al más puro estilo mosca cojonera, casi tan importante como su acierto ofensivo gracias a la gran cantidad de robos que genera.

Lo de Tavares, por seguir, ya no es novedad. En cuanto encuentra espacio bajo el aro, blande el balón como si fuera una cachiporra y sálvese quien pueda. Cuando no tiene la pelota, su simple presencia ya genera un respeto que es muy difícil de perder. El Madrid no pudo acertar más al traerle de vuelta a Europa. Da un factor diferencial a la pintura (ya de por sí temible) que puede ser motivo de celebración en cuanto haya títulos en juego. Por cierto, lo que ya se puede festejar es la vuelta de Anthony Randolph, al que le dio tiempo a recuperar sensaciones más que dignamente en la intrascendente segunda parte del choque. ¡Ay como vuelva al nivel de cuando se lesionó!

No había jugador que buscase más al hombre de hielo que Luka Doncic. Otro lobo con piel de cordero, el 'Bam-Bam' del Madrid si no dejamos de lado el recuerdo a Pedro, Pablo y compañía. Mucha sonrisa y adorabilidad, pero cómo te clava el puñal por la espalda el niño en cuanto no te das cuenta. Ojo con su quinta, que sus integrantes maduran a pasos agigantados. Como Yusta, que se gana cualquier minuto que le dé Laso por la lucha que demuestra en cada minuto que pasa en cancha. Y los que son aún más jóvenes, como Dino (Radoncic, no el dinosaurio), se intentan aplicar el cuento: hay que aprovechar estos partidos ligueros resueltos tan temprano, quizá demasiado.

El caso es sacar productividad a tu tiempo de juego al máximo, como Rudy, que sigue vendiendo ilusión. Algo que no abundó para nada en las filas del Bilbao Basket. El equipo se volvió a tierras vascas después del paso por vestuarios. Al menos, en espíritu. Todo el buen trabajo de los dos primeros cuartos cayó en saco roto. Quizá por mérito del Madrid, experto en aquello de pisar el acelerador. Pero también, en cierta medida, por el demérito de un rival que, en cuanto los locales se escaparon, bajó los brazos hasta límites casi vergonzosos. Los bilbaínos ya pueden ponerse las pilas con la competitividad y aquello de picar piedra. La receta que el adversario les dejó claro que tienen que empezar a poner en práctica antes de que sea demasiado tarde.