Leila Guerriero.

Leila Guerriero. Diego Sampere.

Libros Entrevista a la autora

Leila Guerriero: "El oficio de periodista no se ejerce encerrado en una redacción diez horas"

Este exponente del periodismo narrativo presenta 'Opus Gelber. Retrato de un pianista', otra de sus exquisitas indagaciones del alma humana. 

Leila Guerriero (Buenos Aires, 1967) es una mujer delgada, con el cabello rizado y salvaje y los ojos hondos, boquiabiertos. A veces la agota vivir en ese constante estado de fascinación, pero es que anda buscando. Oliendo historias extraordinarias. Pensando cómo manejarlas, cómo pincelarlas, cómo ser humana sin dejar de ser exacta en el relato. Huye de la cursilería. Tiene un compromiso con la verdad, que es un patrimonio que reside en los detalles.

Escribe encerrada. Se obsesiona. Sólo al pie de la crónica vuelve a respirar, con cierto desasosiego, como si jamás volviese a encontrar nada que la apasionase de esa manera. Pero después, de forma natural, tras el barbecho emocional e intelectual, regresa a la indagación de la vida. La apertura de los sentidos. Guerriero no juzga, porque eso empequeñece el campo y sólo ve uno lo que quiere ver. Esta reina del periodismo narrativo contemporáneo publica ahora Opus Gelber. Retrato de un pianista (Anagrama), otra de sus delicias que vuelve a escarbar en el alma humana. 

Aquí desnuda al argentino Bruno Gelber, uno de los mejores pianistas del siglo XX. Los críticos lo llamaban "el milagro". La periodista dibuja su vocación, su polio, su vida en París, su lujo en Mónaco, su pasión por la actriz Laura Hidalgo (hay retratos suyos por toda la casa), su extraña relación con Esteban (un hombre al que acogió por las buenas y puso el piso a su nombre), su dolor materno, su poderosa capacidad de seducción, su manera desprejuiciada de mirar, y cada uno de los diminutos relieves de su compleja personalidad, que Leila va deshilando poco a poco, con su lente única. 

¿Cómo se aprende a escribir?

Leyendo, supongo. El paso lógico si uno quiere escribir es antes ser lector. No se puede ser un escritor que no lee. El proceso es prueba y error. En el camino de la escritura no todo es un avance. Si la escritura está viva, es un proceso que a veces implica no un retroceso, pero sí tomar el riesgo, y en ese riesgo está implícito salirte del carril acostumbrado. O eso es para mí más interesante de la escritura. Salirte de la comodidad. Uno tiene una manera, un estilo y todo, pero no creo que sea bueno permanecer constantemente en él. 

¿Ha cambiado usted de estilo?

Bueno, yo difícilmente me transforme en una persona que escribe de manera, no sé, barroca, o rosa, o floja, siento que mi modo es otro, pero a veces la innovación está en la temática y otras veces está en la estructura y otras veces está en el fraseo. No creo que haya una manera sola de empezar a escribir. Hay gente a la que le sirve muchísimo estudiar talleres, yo no. No lo he hecho. Para mí la nutrición está en la lectura, en el cine…

O sea, ¿el escritor se hace? 

Eso es muy difícil. Claro que hay algo que tiene que ver con lo vocacional. ¿Fue el huevo o la gallina? Sin duda, si tenés una cierta tendencia, una cierta sensibilidad… estimulada, muy posiblemente esa pulsión de la escritura (o de lo que fuere) se desarrolla de manera más fluida. 

“Odiarán reportear y otras veces odiarán escribir y a veces odiarán las dos cosas. Sentirán una curiosidad malsana por individuos con los que, en circunstancias normales, no se sentarían a tomar un vaso de agua. A la hora de escribir descubrirán que el cuerpo duele, que los días de encierro se acumulan, que los verbos se retoban, que las frases pierden su ritmo (…) Pero un día, en un bar, escucharán una historia extraordinaria. Y sentirán un sobresalto”. Es un extracto que escribió usted sobre el hastío hacia el oficio. 

Sí. Eso pasa cada tanto. Uno se cansa… hay algo que tiene que ver con la mirada. Si pasas tanto tiempo como con la cámara apuntando hacia el mismo lugar… te cansas, te agotas. Creo que una vez más uno no puede vivir en estado de epifanía permanente, no puedes vivir asombrándote por cada cosa que ves, pero si uno es periodista, uno tiene un músculo de cierta curiosidad básica. Entonces ahí hay algo que ya viene dado: la curiosidad, el estar mirando, el meter las narices donde no te mandan. Ese músculo natural se pone en marcha. Y el resto creo que es ser muy consciente del instrumento que manejás, como sucede en la música. Tras escribir un libro, por ejemplo, yo sé que hay cierta sensación de vacío. Como de haber dejado todos los recursos puestos en el libro y de que no hay nada más, de que no va a aparecer nada nuevo. Como que nunca más vas a volver a escribir de una manera que te resulte estimulante, qué sé yo, pero es un período corto. 

Como después del sexo.

Sí, tal cual. Es como “ya está, ya comí, no quiero más ahora”. Y creo, bueno, qué sé yo, que para reavivar el deseo de alguna forma se hace gracias a las cosas de afuera, los estímulos, el vivir, el leer. Vivir, sobre todo te diría. 

Un periodista es un vividor.

Un poco, sí, sí, sí, yo diría. Es difícil que un periodista haga maravillas encerrado en una torre de marfil.

O en una redacción, ¿no? También le quería preguntar por eso: esa mirada de la que usted habla requiere de tiempo, justo lo que ahora no se tiene en la era de la ultraproducción, de las noticias rápidas y del clickbait. ¿Cómo vive el periodismo narrativo esta intromisión del capitalismo más feroz en el oficio?

Sí. Y lo que pasa es que el periodismo narrativo no se puede hacer sentado en una redacción 12 horas al día y haciendo entrevistas por teléfono. Está reñido con eso. Yo creo que el oficio del periodista no debería ser nunca ese, el estar encerrado en una redacción diez horas. Cumplir un horario estricto… las cosas pasan fuera.

¿El periodismo se parece ahora al funcionariado?

Es una burocracia que me parece muy incompatible con el periodismo. No te digo que esto vaya de estar todo el día callejeando, que también es como el mejor camino para no hacer nunca nada: “Salgo a pasear y veo”. Aunque hay enormes periodistas que funcionaban de esa manera, como Roberto Arlt, el periodista argentino: el tipo tenía que escribir una columna cada día y se iba a pasear y miraba y decía ¡eso! La burocracia conspira en contra de la mirada, de la curiosidad, del hurgar, del buscar fuentes. Yo creo que el periodismo narrativo funciona así: mira, cuando trabajaba en redacción de una revista de La Nación, siempre hacía varias cosas a la vez. Nunca tuve una sola nota. Con cosas más cortas digamos que compraba tiempo para hacer cosas más largas. 

¿Por qué eligió a Bruno Gelber?

A Bruno lo elegí porque le había leído unas pocas entrevistas en la prensa y me llamó la atención la forma en la que él se refería a su arte, a su manera de hacer las cosas. Era una manera muy, ¿cómo decirte?, muy acertada, muy precisa, muy apasionada, muy entregada. Me atraía mucho eso y de repente me enteré de que estaba de regreso a vivir en Buenos Aires. Y que después de haber pasado toda la vida en París, en el esplendor, y en Mónaco, en el esplendor, estaba viviendo en un edificio en el mismo barrio del Once, que es un barrio muy popular, muy comercial, salís a la calle y hay venta de ropa mayorista, como un gran tenderete, como un Rastro. Qué raro ese contacto. Yo le escribí para entrevistarle con la idea de hacer un artículo y él enseguida dijo que sí. Pero en el libro lo cuento: en la primera reunión que tuvimos yo me fui de allá sintiendo que no me había llevado nada.

Repitió exactamente lo que ya había contado en todas las entrevistas.

Sí, y era interesante. “He vivido en lo excepcional”… Entonces ese día nos despedimos y me dijo: “Bueno, ya tenés bastante, ¿no?”. Y le dije: “Bueno, me parece que no, que recién empezamos”. Me dijo que vale, que él me llamaba, y me dio toda la sensación de que no, de que no había pasado nada. Pero me llamó y me invitó a un té en su casa el domingo y ahí empezó a fluir todo. Y encontré a una persona completamente laberíntica, compleja, mucho más densa y mucho más intensa, un hombre casi decimonónico. 

¿Cuánto hay de seducción en una entrevista?

Una entrevista es una situación poco natural. Uno le hace preguntas al otro que son especiales, las entrevistas que requiere el periodismo narrativo o la crónica. Son preguntas que uno le hace a un desconocido perfecto sólo en otra situación, si quisieras levantarte a alguien en un bar. ¿Dónde naciste, tu madre, tal y cual…? Desde ahí hay una situación de completa falta de naturalidad. Es difícil hacer una entrevista, es una relación dispar en la que vos sabés mucho del entrevistado y el entrevistado no sabe nada de vos. Pero el entrevistado siempre va a intentar seducirte, y el entrevistador tiene que tener un control sobre esa seducción indiscriminada.

¿Poniendo diques al mar? 

Para ir conduciendo esa conversación hacia algunos sitios de conocimiento. Yo quiero llegar a conocer íntimamente a una persona, en este caso Bruno: conocer sus frustraciones, penas, amores, su relación con su padre, qué sé yo. Hay que lograr que el otro entienda que eres un recipiente de suma confianza.

Pero esa información la vamos a publicar.

Sí. Bueno, viste que Bruno en un momento me dice “esto no te lo digo para que lo pongas”, entonces voy a apagar el grabado y dice “no, igual vos vas a hacer lo que quieras”. Yo digo: ¿vos cómo sabés? “Porque te conozco”. ¿Viste esta cosa como de conciencia absoluta de que todo lo que yo estaba viendo iba a pasar al libro? Pero sin esa seducción, sin esa empatía…

Sin embargo, uno no puede ser amigo del entrevistado.

Nunca tenés que ser su amigo. Si perdés el rumbo y si te ponés en plan amigote, lo que puede pasar es que empieces a cuidar al otro de lo que el otro dijo y de la forma en que lo dijo. Eso es un corsé. En el libro hay mucha seducción, sobre todo por parte de él.

Sí, él genera cierta dependencia hacia usted. 

Sí, total.

Muy rápido le insiste, la llama “maravilla”…

Sí, por eso el libro está escrito en primera persona, porque eso desnudaba algo muy genuino de él: esa enorme capacidad de seducción que tiene. Hacia el final, cuando yo lo llamo dos o tres veces y no me contesta, siento una especie de nervios: ¿y si no me contesta nunca más el teléfono? ¿Y si no hablamos más? No es una zozobra personal, es profesional. ¿Y si ahora ya no me contesta más y yo me quedo sin información? Pero nunca pasa a términos de “somos amigos confesionales”, por lo menos durante el tiempo en el que trabajamos en el libro. Después lo vi infinidad de veces, durante todo este año, pero nada de lo que pasó ahí está en el libro. Decidí que el corte era ese. 

¿Nunca se ha enamorado de un entrevistado?

No, no. Atraída a nivel físico, como fantasear con tener una historia con alguien, no. Pero sí me he sentido magnetizada por algunos entrevistados, como con Guillermo Kuitca. De hecho con él quedó una relación, y con Javier, su pareja, que es un encanto de persona. Hay un lazo ahí muy fuerte, de mucho magnetismo, y tiene que ver con haber reconocido en él algunas cuestiones que tienen que ver con cómo él se relaciona con lo que hace: con su arte, con su vida, con el movimiento, con lo que implica el domingo a la tarde.

En el New York Times propusieron una lista de 36 preguntas para ‘enamorarse’ de alguien. Para que dos comensales se conociesen, por ejemplo, para que se entendiesen. ¿Cuáles cree que son las preguntas más importantes que hacerle a alguien para entrar en su identidad, en su vida?

No siempre son las mismas. De pronto uno puede creer que las preguntas mejores… yo siempre digo que hago preguntas chiquititas. Las mejores son las pequeñitas. No llegar a la casa de una persona y decirle: ¿qué opina usted acerca de la música atonal? Mejor: ¿dónde naciste, qué hacía tu madre, cómo era la casa donde vivían? Hay una información que uno tiene, pero a veces es mejor escucharlo de él. No hay un molde, digamos.

A veces para que la persona entregue ese caudal de información necesario es importante empezar por su oficio, porque si no se va a pasar toda la entrevista pensando: ¿cuándo me pregunta por lo mío, por lo nuevo? Un periodista tiene que tener un olfato bastante fino para entender qué clase de persona es la que tiene delante. Es mejor que vaya contando detalles y repreguntar por ahí. La pregunta de: ¿eras un niño rebelde? No funciona. Es mejor ir en diagonal. Entrar suave. Igual es que yo soy esa clase de persona. O sea: sí puedo ser dura y taxativa y nadie me obliga a hacer algo que no quiera, pero no hay que ser nunca maleducado ni confrontativo. No hay ningún motivo para ir a casa de un entrevistado y decirle “hola, corrupto”. 

Hay que intentar no juzgar.

Claro. Porque si no vas a encontrar sólo lo que vas buscando. Si yo voy a entrevistar a Bruno convencida de que él es un genio, sólo voy a ver un genio. No voy a ver al señor que tiene un sentido lúdico de la vida, que está más interesado en cómo salió en la foto que cómo salió en concierto. ¡Él está tan interesado en millones de cosas! Hay que abrir la mirada.

¿Qué cree que fue lo que Bruno no le contó?

Él es una persona muy abierta que siempre dice “preguntáme lo que quieras”. Él tiene un morbo con eso. Pero creo que en algunos aspectos, como su vida amorosa, cuenta sin contar mucho. Tampoco creo que sea relevante que dé detalles sobre ello. Él es como expuesto pero reservado. Es una persona con un gusto muy exquisito, digamos, nunca va a decir algo descolocado, o incómodo, o fuera de lugar. Pero hay alguna situación en relación a la madre en la que no he llegado a entender muy bien qué pasó. Creo que es porque le duele mucho todo eso que pasó. Todos los últimos años de su madre. Su enfermedad, su depresión, su probable internación de la cual hay varias versiones… ese es un punto que no llegué a comprender del todo. Pero todo lo demás, que puede parecer mucho más incomprensible, es claro: por qué vive con Esteban, que es un hombre que no es su pareja pero le deja su departamento. El departamento está a nombre de Esteban. Es un muchacho encantador, muy buena persona, que trabaja en una empresa de viajes y se conocieron en los años ochenta.

Se conocieron porque Esteban le llevaba ristras de tickets de los tours de Bruno (en esa época no había pasajes de avión). Un día Bruno le dijo: “Pasá, estoy tomando un té”. Y una vez que Bruno te mete en su vida… luego la relación avanzó en términos de que estamos hablando de una persona que tiene dificultades de movilidad y que está habituado a detectar personas que sean su mano derecha en muchas cosas. Estaban decoró el departamento. Es algo extraño (y fantástico) de Bruno: no tiene ningún prejuicio con casi nada, sólo con algunas cosas, pero le da igual vivir en el Once que vivir en Recoletas, como a quien le da igual vivir en Vallecas o en el Barrio de Salamanca. Si tiene un lugar silencioso, donde no escucha el ruido de la calle, y tiene luz, y puede ver el atardecer… suficiente. Está bien, no tiene prejuicios con tener que vivir en el mejor barrio de una ciudad. Esteban estaba en una situación en la que no tenía casa propia, vivía con sus padres, y la respuesta de Bruno fue ponerlo a su nombre, porque le parece lindo que él pueda tener una situación económica más desahogada de la que podría conseguirse por sí mismo. Todas esas situaciones, que parecen más enroscadas… pues al final la explicación puede parecer extraña, pero la decisión es clara. Cuando uno lee el libro la entiende. 

¿Qué relación tiene Bruno con la homosexualidad?

No tiene la menor culpa de nada. En un momento, a su aprendiz Franco le dice: “Esa relación no podía ser”. Y dice Franco: “¿Por qué?”. Y el otro: “Bueno, porque éramos dos señores”. Y dice Franco: “¿Cuál es el problema?”. Y dice: “Mirá, en ese sentido no me ayudes en absoluto porque no tengo ningún problema con eso”. No los tiene, pero sí es una persona de otro siglo y con respecto a su vida íntima tiene una cantidad de discreciones importantísima que jamás traspasaría al público. Conmigo se abrió bastante.

Siempre le habían dicho que era amanerado. 

Se ríe mucho de eso. Dice: “A mí en los aeropuertos me dicen señora, y me mandan una policía femenina para que me revisen, y cuando se dan cuenta me dicen: ¡ay no, disculpe!”. Y él pregunta: “Decíme que tengo yo de señora, que me lo dicen mucho, decíme que me interesa”. No le molesta. Tiene una identificación femenina muy fuerte. Bruno es muy avanzado en muchas cosas, pero respecto a otras es conservador. Él, por ejemplo, no está a favor del matrimonio igualitario, cree que con la unión civil basta; todo lo que tiene que ver con manifestaciones fiesteras como la marcha del Orgullo Gay a él le produce una retracción. Muy lejos de decir “habría que encerrarlos a todos”, no participa. No se siente identificado con eso. También es un tópico pensar que todos los gays viven así, igual que los heterosexuales, que somos de todos los rubros. No sé quién lo decía, pero él lo siente así: “Lo que se ve no se pregunta”.