El canario Alberto Vázquez-Figueroa -periodista y escritor best-seller- lanza la primera novela española inspirada en el coronavirus: en esta nueva obra bautizada como Cien años después (Kolima Books), que ya está disponible en varias plataformas digitales, el narrador elige como punto de partida la efeméride del fin de la pandemia de gripe española en 1920, y que ahora centra en la pandemia del Covid-19.

Se trata de una reflexión en voz alta sobre la "crisis sin precedentes" que estamos viviendo, en palabras de Vázquez-Figueroa. EL ESPAÑOL publica en exclusiva los dos primeros capítulos de la obra en dos entregas. Hoy, la primera. 

Una mujer hizo su aparición por el sendero. Se le advertía agotada, dolorida con aire ausente, como drogada, borracha o inmersa en un universo del que el paisaje que le rodeaba no parecía formar parte.

No prestaba atención a las flores, ni a los árboles, ni a los pájaros, y apenas reaccionó en el momento de atravesar un charco que le empapó los zapatos.

Al fin se detuvo ante un alto muro coronado por una espesa  alambrada de afiladas concertinas que semejaban cuchillas de afeitar y en el que a cada pocos metros se distinguía una calavera y un aviso:

“No pasar. Peligro de muerte”.

“Solo están autorizados a coger agua y queso”.

No reparó en la fuente, en el arcón, ni en los perros que  ladraban amenazadoramente alzando la mirada hacia el edificio principal de una inmensa granja en la que se distinguían toda clase de árboles frutales y animales domésticos.

La mujer, visiblemente embarazada, se sujetó con una mano el vientre y abrió la verja.

Ni siquiera tuvo tiempo de escuchar el ruido del disparo porque ya había caído de espaldas con una bala en la frente.

Al cabo de unos instantes del edificio surgieron dos hombres que le arrojaron botellas de gasolina con las mechas encendidas.

No cesaron en su empeño hasta que del cadáver tan solo quedaban cenizas.

Tras un ventanal del piso alto del caserón, Aurelia, que había contemplado la escena, se volvió inquisitivamente a su madre.   

—¿Y si no estaba enferma…?

La respuesta fue inmediata:

—¿Y si lo estaba…?

La muchacha, apenas una adolescente, se vio obligada a guardar silencio puesto que aquella era la dolorosa pregunta que estaba en todas las bocas y martilleaba en todas las mentes desde hacía más de un año:

—¿Y si lo estaba…? ¿Y si estaba enferma la anciana que se sentaba en el tercer banco de la iglesia, el camionero de la mesa vecina o el chicuelo que se acercaba corriendo tras una pelota?

¿Quién garantizaba que ninguno de ellos, que ninguno de los cientos de miles de cientos de miles de ancianos, camioneros o niños que pululaban sobre la faz de la Tierra portaba las invisibles semillas de la muerte?

Semillas que habían demostrado ser capaces de arraigar en cualquier ser humano sin tener en cuenta la edad, la raza o el color de quienes se convertían al instante en propagadores de un mal que se extendía como las ondas de un estanque al que se hubiera arrojado una piedra.

De dónde había llegado esa piedra aún nadie lo sabía pese a que miles de especialistas se esforzasen día y noche intentando encontrar una respuesta.

En realidad para ellos no existían ni el día ni la noche puesto que eran tantos desperdigados a todo lo largo y ancho del planeta que no debía existir un solo segundo en el que alguien no estuviera intentando contener semejante sangría.

Se escuchó el monótono runruneo del tractor y Claudia observó con tristeza y amargura cómo su padre escavaba en el exterior de la granja, justo debajo del viejo roble, una sepultura a la que arrojó los calcinados restos de la mujer, alisando luego el terreno hasta que no quedó el menor rastro de que alguna vez hubiera existido, o de que algún día pudiera haber existido el hijo que llevaba en sus entrañas.

—No es justo.

—Tienes razón, hija, no es justo —le respondió su madre, que también contemplaba la escena—, pero la justicia desapareció desde el momento en que somos iguales ante esa justicia.

—No acabo de entenderte.

—Pues en muy simple, cariño; ahora todos estamos expuestos a enfermar, y por lo tanto ya no hay distinción entre ricos y pobres, humildes o poderosos, honrados o delincuentes. Nadie intenta presionar a un juez o sobornar a un jurado porque sabe que quien se acerque portando su sentencia de muerte puede ser su padre, su hijo o su hermano.

—No aquí.

—Aquí no, desde luego, y por eso tenemos la obligación de defendernos. Se me desgarra el corazón cada vez que enterramos a un desgraciado, pero más se me desgarraría si me viera obligado a enterrar a un miembro de mi familia… —la desolada mujer hizo una pausa antes de concluir—: Todavía no estoy segura de que tu hermano haya tenido una sepultura decente.

—Aún no sabemos si ha muerto.

—Eso es muy cierto; ni siquiera yo lo sé, y como madre se supone que debería sentirlo aquí en el pecho, pero cada vez son menos las posibilidades de que siga con vida. Y no me vengas con eso de que la esperanza es lo último que se pierde porque en ese caso no tendríamos perdón por lo que estamos haciendo.   

—Papá y el tío aseguran que tenemos derecho a defendernos.

—Si nos atacan sí. ¿Pero quién nos ataca…? Hasta ahora solían ser vagabundos que intentaban entrar por la fuerza, pero hoy ha sido una mujer. Y además embarazada. ¡Por Dios! —suplicó—. No me obligues a seguir hablando.

Respetó su silencio concentrándose en la tarea de remendar los pantalones de trabajo de su tío mientras se esforzaba por borrar de su mente la imagen de la mujer abatida de un disparo.

Tal vez alguien en alguna parte había abatido igualmente a su hermano mientras se aproximaba solicitando agua o comida. Tal vez, pero llegados a aquellas alturas nadie podría asegurarlo con certeza puesto que las víctimas habían pasado de tener nombre a tener número hasta que dejaron de tener número para pasar a convertirse en porcentajes.

Era como cuando su padre jugaba a las carreras, colocaba el programa sobre la mesa, se armaba de papel y lápiz y discutía con su madre las posibilidades que tenía cada animal de llegar el primero a la meta.

—El jinete de “Takataka” es muy bueno.

—Pero la distancia favorece a “Ponycat”.

—Tan solo paga tres a uno.

—No es cuestión de intentar hacerse rico con los caballos; para eso tenemos las vacas y los cerdos.

—Las vacas y los cerdos nos permiten vivir, pero nunca no harán ricos…Yo me jugaría veinte euros a “Ponycat” y cinco a “Takataka”.

De eso hacía ya un año, pero ahora lo que importaba no era llegar el primero sino llegar el último  teniendo en cuenta que la corona de flores que le colocarían al más rápido no sería la de ganador sino la de difunto.

Durante algún tiempo las floristerías habían hecho su agosto como si cada día fuera tan rentable para su macabro negocio como lo solía ser El de los Difuntos, pero llegó un momento en que ni los invernaderos bastaron para cubrir tanta demanda, ni contaban con la mano de obra necesaria.

Y los clientes comenzaron a escasear.

No lo difuntos, naturalmente, que esos proliferaban, sino los vivos que antaño compraban las coronas como homenaje a sus seres queridos.

Apenas un mes antes de que dejaran de llegar las señales televisivas, en uno de sus canales había hecho su aparición un siquiatra de cara de lechuza y voz engolada, asegurando que el cerebro humano era tan complejo que algunos supervivientes no veían ya a sus familiares fallecidos como inocentes víctimas de la epidemia, sino como abominables cómplices de la enfermedad.

¿Dónde estarían ahora “Ponycat” o “Takataka”?

Probablemente acabaron convertidos en chuletas sin que quienes las devoraron se hubieran preguntado a cuál de los dos pertenecía la carne más sabrosa.

Cabía suponer que el hecho de correr mil trescientos metros en un segundo más o menos no debía influir en el sabor de la carne.

—¿En qué piensas?

—No pienso; zurzo.

—Se puede zurcir y pensar al mismo tiempo.

—Prefiero recordar.

—Soy tu madre, casi te triplico la edad y tengo el triple de recuerdos, por lo que te aconsejo que dejes de recordar unos tiempos que nunca volverán. Duele.

—También duele ver cuerpos ardiendo. Sueño con ellos.

—Me gustaría prohibirte soñar, pero eso es algo que únicamente Dios puede lograr.

—¿Acaso Dios es dueño de mis sueños?

—Él lo puede todo.

—¿En ese caso por qué permite que tengan que ser papá y el tío quienes impidan que lleguen los enfermos? ¿Por qué no los detiene antes de que intenten atravesar la verja? O mejor aún: ¿Por qué no los cura?

—En ocasiones sus caminos son inescrutables.

—Lo mismo decía el padre Luis, que en paz descanse, pero no entendí muy bien a qué se refería, y cuando insistí se limitó a pedirme que rezara.

—Y eso es lo que debemos hacer.

—Pues no parece que sirva de gran cosa.

—No blasfemes.

Aurelia no consideraba que constatar que algo era cierto constituyera una blasfemia, pero optó por continuar remendando los desgastados pantalones, sabiendo que su madre se aferraba a la fe como a un clavo ardiendo pese a que nadie más en la familia compartiera sus creencias.

Su padre se había mostrado muy rígido al respecto:

—Bastantes problemas tenemos y lo único que nos faltaba sería discutir de religión. Si está escrito que debemos morir antes de tiempo debemos hacerlo dignamente y como lo que siempre hemos sido: una familia unida.

Su padre siempre había sido un hombre honesto, pero ahora no dudaba a la hora de disparar contras mujeres embarazadas.

¿Significaba eso que había dejado de ser honesto, o que al cambiar las circunstancias cambiaban de igual modo los conceptos?

Su abuelo, que por suerte nunca tuvo que asistir a semejante apocalipsis, contaba amargas historias sobre sangrientas guerras en las que imberbes muchachos acababan por convertirse en aborrecibles matarifes.

Sus nietos escuchaban en silencio puesto que tenían prohibido hablar mientras el patriarca hablaba, y algo de verdad debía haber en cuanto decía, puesto que le faltaban tres dedos de una mano y una profunda cicatriz  le cruzaba la frente.

Aunque mutilado de cuerpo y espíritu había conseguido salir adelante, formar una familia y convertir en un vergel lo que no era más que un erial abandonado.

Fue a contracorriente al comprender que el éxodo hacia las ciudades constituía un error, y no estaba dispuesto a convertirse en mano de obra barata cuando además tan solo tenía una mano útil que ofrecer.

El propietario de lo que antaño fuera una próspera hacienda pero que había quedado convertida en un desierto por culpa de la sequía, le dio las gracias a San Pancracio por haber puesto en su camino a un pobre iluso capaz de entregarle sus ahorros a cambio de un secarral.

No obstante, cuando doce años más tarde volvió a pasar por allí no pudo por menos que comentar:

—Siempre he sentido un cierto remordimiento porque creía haberle estafado, pero ahora debo reconocer que el estafado fui yo.

—Nunca le estafé, porque el verdadero valor de todo esto no está en lo que el dinero que le di, sino en lo que me costó encontrar el acuífero. Y ahora mi agua tiene fama de ser la mejor de la provincia.

—Quien tiene agua buena tendrá buena vida —sentenció el otro—. Y me alegro por usted.

El término patriarca, ya casi en desuso, se ajustaba como un guante al que le faltaran tres dedos a un abuelo que ahora descansaba entre manzanos a escasos metros de la tumba de la mujer que le había dado tres hijos tal vez como compensación por cada uno de sus dedos-

Tras algunas andanzas y bandazos, los dos mayores, Saul y Samuel, siguieron los pasos de su padre, mientras que la menor, Anabel, se empeñó en estudiar Bellas Artes y acabó como restauradora de cuadros especializada en pintura flamenca.

Aurelia la adoraba y siempre estaba esperando que llegara el verano y apareciese cargada con cuadros que restaurar  y un enorme acordeón que horrorizaba a la familia y obligaba a aullar a los perros.

Tenía buen ojo y buen pulso pero un pésimo oído.

Consciente de sus limitaciones pero inasequible al desaliento solía alejarse cada mañana y cada tarde con el fin de practicar en un bosque del que hasta las ardillas se apresuraban a huir.

Curiosamente, su cuñada, a la que le encantaba ordeñar, aseguraba que cuando Anabel tocaba las vacas daban más leche y se tiraban menos pedos, detalles dignos de agradecer.

Era cosa sabida que a los animales les encantaba la música pero no que las vacas tuvieran tan mal gusto, aunque quizás el hecho de pasarse el día rumiando les permitiera captar ciertos matices negados al tímpano humano.

Dejando a un lado una desmedida afición al acordeón que le había granjeado la enemistad de muchos vecinos, la denostada concertista era tan dicharachera y encantadora que su sobrina tenía que suplicar que le dejaran dormir en su cama para pasarse las horas escuchando las historias de sus amoríos y las razones por la que había rechazado cinco propuestas de matrimonio.

—El que más me gustaba roncaba y el segundo de la lista  era siberiano.

—¿Y qué tiene de malo ser siberiano?

—Se empeñaba en que fuera a vivir a Siberia. Estuve una vez en primavera y se me agarrotaron los dedos hasta el punto que no podía pintar ni tocar. Yo creo que lo hizo a propósito.

—¿Hacer qué…?

—Ser siberiano; fue una pena porque realmente le quería.

Era una pena, pero al mismo tiempo una alegría que la tía Anabel no estuviera allí en aquellos momentos, sobre todo la nefasta mañana en que su padre se vio obligado a matar a una mujer embarazada.

El pobre hombre estaba tan consternado que se negó a comer durante tres días y si al final comió lo hizo porque le constaba que si desaparecía su familia desaparecería de igual modo.

Su hermano no podría arreglárselas solo y también acabaría por derrumbarse tal como se había derrumbado al enviudar.

Olvidar a la pizpireta Tatiana le había costado a Samuel tres años de vagar por medio mundo arrastrando su amargura, ejerciendo cualquier oficio que no tuviera que ver con los tiempos felices en los que aún vivían bajo el manto protector de un patriarca al que habían estado a punto de darle un nieto.

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