Ida Vitale, en una fotografía tomada el pasado mes de septiembre.

Ida Vitale, en una fotografía tomada el pasado mes de septiembre. Efe

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Diez poemas que no te puedes perder de Ida Vitale, la mujer que revolucionó el Cervantes

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Intelectual y popular, universal y personal, transparente y honda. Así es la poesía de Ida Vitale, flamante Premio Cervantes 2018; una voz limpia y curiosa, una anciana menuda, de pelo blanco y rostro dulce, llena de amor. "Pese a las dificultades por las que atraviesa el mundo hoy: las prisas, el poder o el protagonismo mortal del dinero, la poesía perdurará y se leerá hoy y siempre", dice. 

La poeta uruguaya ha revolucionado el Cervantes por dos motivos: por ser la quinta mujer galardonada en 43 ediciones y por romper con la regla no escrita de que el premio solía alternar un reconocimiento a un autor español con otro a un latinoamericano. El año pasado se valoró la obra del nicaragüense Sergio Ramírez, este, la de Ida Vitale.

Su poesía versa sobre sobre el compromiso moral, porque cree que la poesía social es propaganda, algo comercial para llegar a la gente. A continuación una selección de diez de sus mejores poemas. El primero, Gotas, fue el que leyó el ministro José Guirao antes incluso de anunciar el nombre de la ganadora del máximo reconocimiento literario de las letras castellanas.

Gotas

¿Se hieren y se funden?

Acaban de dejar de ser la lluvia.

Traviesas en recreo,

gatitos de un reino transparente,

corren libres por vidrios y barandas,

umbrales de su limbo,

se siguen, se persiguen,

quizá van, de soledad a bodas,

a fundirse y amarse.

Trasueñan otra muerte.

Aclimatación

Primero te retraes,

te agostas,

pierdes alma en lo seco,

en lo que no comprendes,

intentas llegar al agua de la vida,

alumbrar una membrana mínima,

una hoja pequeña.

No soñar flores.

El aire te sofoca.

Sientes la arena

reinar en la mañana,

morir lo verde,

subir árido oro.

Pero, aún sin ella saberlo,

desde algún borde

una voz compadece, te moja

breve, dichosamente,

como cuando rozas

una rama de pino baja

ya concluida la lluvia.

Fortuna

Por años, disfrutar del error

y de su enmienda,

haber podido hablar, caminar libre,

no existir mutilada,

no entrar o sí en iglesias,

leer, oír la música querida,

ser en la noche un ser como en el día.

No ser casada en un negocio,

medida en cabras,

sufrir gobierno de parientes

o legal lapidación.

No desfilar ya nunca

y no admitir palabras

que pongan en la sangre

limaduras de hierro.

Descubrir por ti misma

otro ser no previsto

en el puente de la mirada.

Ser humano y mujer, ni más ni menos.

Verano 

Todo es azul,

lo que no es verde

y arde,

I.N.R.I.

igne natura renovatur integra

en este aceite grave del verano;

cae el que pesa el vuelo de los pájaros

y blasfema del pájaro sin vuelo,

cae la excrecencia verbal =

la agorería = el trofeo,

la joya sobre la vieja piel de siempre.

Quien se sienta a la orilla de las cosas

resplandece de cosas sin orillas.

Invierno 

Como las gotas en el vidrio,

como las gotas de la lluvia

en una tarde somnolienta,

exactamente iguales,

superficiales,

ávidas todas,

breves,

se hieren y se funden,

tan, tan breves

que no podrían dar cabida al miedo,

que el espanto no debiera hacer huella

en nosotros.

Después, ya muertos, rodaremos,

redondos y olvidados.

Residua 

Corta la vida o larga, todo

lo que vivimos se reduce

a un gris residuo en la memoria.

De los antiguos viajes quedan

las enigmáticas monedas

que pretenden valores falsos.

De la memoria sólo sube

un vago polvo y un perfume.

¿Acaso sea la poesía?

Penitencia

¿Mirar atrás será pasar

a ser de sal precaria estatua,

un perecer petrificado

preso en sí mismo, parte

del roto encanto de un paisaje

cuya música no logro más oír?

¿Debo matar lo que miré,

el mito que minuciosa

pliego y despliego,

grava para mi paso solo?

¿Ciega borrar lugares,

playas, vientos, el tiempo?

Sobre todas las cosas,

anular horas que se han vuelto inútiles

como lluvia que cae

sobre el mar implacable,

como mis propios pasos

si no son penitencia.

Exilios

Están aquí y allá: de paso,

en ningún lado.

Cada horizonte: donde un ascua atrae.

Podrían ir hacia cualquier fisura.

No hay brújula ni voces.

Cruzan desiertos que el bravo sol

o que la helada queman

y campos infinitos sin el límite

que los vuelve reales,

que los haría de solidez y pasto.

La mirada se acuesta como un perro,

sin siquiera el recurso de mover una cola.

La mirada se acuesta o retrocede,

se pulveriza por el aire

si nadie la devuelve.

No regresa a la sangre ni alcanza

a quien debiera.

Se disuelve, tan solo.

En el dorso del cielo

No es casual 

lo que ocurre por azar: 

un fragmento de nada se protege 

del no ser, se entrecruza 

de signos, impulsos, 

síes y noes, atrasos y adelantos, 

trozos de geometría celeste, 

coordenadas veloces en el tiempo

y algo ocurre. 

Lazos para nosotros pálidos, 

son obvios para lo que no ve más, 

y nosotros la ventana abierta 

desde donde la tela blanca vuela 

cubierta de sueños. 

Pero uno llama azar 

a su imaginación insuficiente.

Cuadro

Construimos el orden de la mesa,

el follaje de la ilusión,

un festín de luces y sombras,

la apariencia del viaje en la inmovilidad.

Tensamos un blanco campo

para que en él esplendan

las reverberaciones del pensamiento

en torno del icono naciente.

Luego soltamos nuestros perros,

azuzamos la cacería,

la imagen serenísima, virtual,

cae desgarrada.