José María Aznar.

José María Aznar. Silvia P. Cabeza

Famosos DECLARACIONES

José María Aznar (73), sobre la felicidad: "La vida es un instante y hay que vivirla con intensidad, sin perder el tiempo"

"La mesura tiene que acompañar siempre a uno, tanto en los momentos de éxito como en los momentos de sufrimiento", sostiene el expresidente.

Más información: La reflexión de Aznar (73) sobre el poder: "No todo presidente es un líder. La decisión y el coraje determinan el liderazgo"

Publicada

A José María Aznar (73 años) no le gusta perder el tiempo. Nunca le ha gustado. Para el expresidente del Gobierno, el rumor es ruido y el chisme, una grieta por la que se escapa la energía.

Es una idea que ya sostuvo en la primavera del año 2000, en pleno apogeo de su poder político, cuando se sentó en el plató de La noche abierta frente a Pedro Ruiz.

Allí desgranó una filosofía de vida cartesiana, casi estoica, donde la existencia no se mide por grandes proclamas sentimentales, sino por la disciplina del instinto y el rigor con el que se exprime cada segundo.

"La vida es un instante y el instante hay que aprovecharlo al máximo, hay que vivirlo con toda intensidad", explicaba Aznar.

José María Aznar.

José María Aznar. GTRES

El antídoto del "senequismo"

Su diagnóstico esquivaba el dramatismo: el truco no reside en quemarse en la hoguera de la prisa, sino en encontrar la velocidad justa para que "por vivirlo con toda intensidad, la vida no se te vaya, no seas capaz de disfrutarla". Una declaración de principios en toda regla: "La vida es un instante maravilloso, pero hay que vivirla y los chismes son una pérdida de tiempo. La verdad es que a mí no me gusta perder el tiempo".

Preguntado por su grado de satisfacción con el mundo, Aznar rehuyó los adjetivos de trazo grueso. Nada de júbilo desbordante ni de entusiasmo impostado: mejor la mesura. "Serenamente contento", respondió tajante. Una contención aprendida en los libros de filosofía clásica que convirtió en manual de navegación personal y política.

"Yo, que admiro y leo mucho a Séneca, sé que la mesura tiene que acompañar siempre a uno, tanto en los momentos de éxito como en los momentos de sufrimiento", argumentaba ante las cámaras de Televisión Española.

Para el exdirigente, el equilibrio exigía una guardia permanente: "Siempre se habla de la severidad en el gozo y de la serenidad en el sufrimiento. Pero, en fin, tener cierto senequismo en los momentos de triunfo es bueno, es muy positivo".

En su caso, ese blindaje emocional no nace del desencanto, sino de una gratitud pragmática hacia su propia biografía. Al echar la vista atrás, el recuerdo de sus primeros años aparecía limpio de traumas o fracturas: "Sobre todo, tengo el recuerdo de una infancia alegre. A mí los niños, la niñez, la infancia, me gustan. Probablemente, el sufrimiento de los niños es de las cosas que peor puedo soportar".

El motor del optimismo

Aznar entiende su trayectoria no como un golpe de azar, sino como una sucesión de certezas. "Yo tengo la suerte y puedo dar gracias por muchas cosas: nací en un país al cual siento y del cual estoy apasionadamente enamorado, si se me permite decirlo de esa manera; tuve la suerte de tener una familia que era eso: una familia donde todos convivíamos razonablemente bien", dijo en su charla con Pedro Ruiz.

"Tuve la suerte de tener unos estudios y poder hacer mis estudios; tuve la fortuna enseguida de conocer una mujer extraordinaria, con la que estoy casado, de tener mi familia, de triunfar relativamente joven y de hacer lo que me gusta", desglosaba.

Esa arquitectura vital alimentaba una visión radicalmente positiva del presente. "Yo doy gracias por todo eso y por eso soy una persona optimista. Yo siento el optimismo, siento la vida, siento ganas de hacer cosas, siento una profunda ilusión en este momento, por ejemplo. Me ilusiona mi país, me ilusiona mi trabajo, me ilusionan las cosas que tengo por hacer. Eso me ilusiona profundamente", destacó.

Más allá de las métricas de la gestión o los códigos del liderazgo, el expresidente admitía una grieta por la que se colaba la emoción pura: la autenticidad en los actos de los demás. "A mí me emocionan, sobre todo, las personas que expresan buenos sentimientos", confesaba.

Fue en ese punto de la charla donde señaló al único referente al que atribuía un halo casi trascendente: Vicente Ferrer. En el misionero español volcado en la India rural veía un estándar moral difícil de igualar: "Hay una persona en la que yo, por ejemplo, he visto la santidad, es decir, la bondad hecha carne y hueso".