En el mundo del vino, las historias más fascinantes no siempre nacen de una nueva tecnología o de una etiqueta de lujo. A veces surgen de un viejo sarmiento olvidado, de una cepa que parecía condenada a desaparecer y que, contra todo pronóstico, vuelve a echar raíces.
Eso es precisamente lo que ha ocurrido con la Tinto Fragoso, una variedad de uva manchega que se creía extinguida y que hoy renace en uno de los viñedos más singulares de España.
Su hogar está en Cogolludo, un pequeño municipio de apenas seiscientos habitantes situado en la provincia de Guadalajara.
Parte de los viñedos de la bodega Finca Río Negro.
Allí, a mil metros de altitud y en plena Sierra Norte, la familia Fuentes, al frente de la Bodega Finca Río Negro ha protagonizado una auténtica labor de arqueología vitícola para rescatar una variedad que formó parte de la identidad de la comarca durante siglos.
La relación de Cogolludo con el vino viene de lejos. Desde la Edad Media y hasta principios del siglo XX, la viticultura fue el gran motor económico de la zona.
La fama de sus vinos llegó incluso a la corte, ya que la tradición cuenta que Felipe el Hermoso y Juana la Loca quedaron prendados de ellos durante su estancia en el Palacio de los Duques de Medinaceli hace más de cinco siglos.
Un racimo de Tinto Fragoso en el viñedo de Finca Río Negro.
Sin embargo, la llegada de la filoxera acabó con los viñedos y la cultura del vino quedó relegada al recuerdo. Un recuerdo comenzó a recuperarse hace más de dos décadas, cuando la familia Fuentes decidió devolver la vid a estas tierras.
Dentro del plan de regeneración donde se encontraron 42 variedades olvidadas en Castilla La Mancha, tres de ellas se encontraban en Cogolludo. La Tinto Fragoso, una de ellas, localizada en 2006 en un viñedo ya desaparecido y estudiada posteriormente por el Instituto de la Vid y el Vino de Castilla-La Mancha (IVICAM) y el Instituto Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario y Forestal (IRIAF).
El racimo de Tinto Fragoso al detalle.
La Tinto Fragoso posee un ciclo vegetativo largo y una acidez natural elevada, dos características especialmente valiosas en un contexto de aumento de temperaturas y adelanto de las vendimias. Además, aporta estructura e intensidad aromática, cualidades muy apreciadas para la elaboración de vinos de guarda.
Pero si la uva es excepcional, el lugar donde se cultiva lo es aún más. La Finca Río Negro se encuentra en una zona conocida como la “Siberia española”, donde los inviernos son rigurosos y las temperaturas pueden descender hasta los -22 grados. "A día de hoy, no hay viñedo en 55 kilómetros a la redonda", asegura Víctor Fuentes.
Cuando la familia comenzó a plantar viñedo a finales de los años noventa, muchos los tomaron por soñadores. Hoy, aquello que parecía un inconveniente se ha convertido en su principal virtud.
La altitud y las fuertes diferencias térmicas entre el día y la noche permiten una maduración más lenta de la uva, conservando la acidez y favoreciendo un mayor desarrollo aromático. El resultado son vinos frescos, equilibrados y de gran expresividad.
Una vid de Tinto Fragoso en crecimiento.
El entorno también contribuye a la singularidad de estos vinos. El viento constante y la intensidad de la radiación solar en la montaña favorecen la formación de pieles más gruesas en las uvas, concentrando aromas y compuestos fenólicos. A ello se suman unos suelos cuarcíticos muy antiguos y pobres en nutrientes, capaces de aportar personalidad y tensión a los vinos.
Desde que comenzara su plantación en 2017, su primera añada, hasta ahora no había salido nada al mercado. Este año se podrá degustar su primera edición.
Porque, a veces, el futuro del vino no está en buscar nuevas variedades, sino en volver la vista atrás y escuchar lo que la tierra guardó en silencio durante siglos. Y en las alturas de Guadalajara, una vieja uva manchega ha vuelto para demostrarlo.
