La bióloga Joanne Chory, recogiendo su premio.

La bióloga Joanne Chory, recogiendo su premio. Ballesteros Efe

Salud Premio Princesa de Asturias

Joanne Chory, el ejemplo contra el párkinson que protagoniza los premios Princesa de Asturias

La premiada en la categoría de Investigación lleva 15 años conviviendo con la enfermedad neurológica. 

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Además de la debutante -al pronunciar su primer discurso- princesa Leonor y los reyes, otra persona ha llamado la atención en la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias, que tiene lugar esta tarde en Oviedo. Una mujer de 64 años, sentada con los premiados, destacaba por sus movimientos involuntarios, tanto al subirse al estrado para sentarse al inicio de la ceremonia como al levantarse para recoger el galardón. 

La protagonista involuntaria del acto es la bióloga Joanne Chory, premio Princesa de Asturias en la categoría de Investigación junto a la argentina Sandra Myrna Díaz y ejemplo de cómo vivir con una enfermedad incurable sin perder la sonrisa ni dejar de lado sus actividades. 

Chory nunca ha ocultado que padece párkinson, una patología neurológica que le fue diagnosticada hace ya 15 años, en 2004. De hecho, ha hablado sobre ello en distintas entrevistas, aunque siempre como algo secundario a la actividad investigadora que le ha llevado a recibir este prestigioso galardón. 

En una entrevista esta misma semana para Eldia.es, la bióloga contaba que la enfermedad había llegado a su vida para recordarle que el tiempo es limitado. "Lo sabía, claro que ya lo sabía, pero esto me hace ser más consciente de la urgencia que hay... Tanto para mi como para todo el planeta. Ahora vivo cada uno de mis días como si fuesen el último", se sincera.

En el mismo diario, reconocía el apoyo de su marido, el bioquímico Steve Worland, que le ha acompañado en la entrega y que está siempre pendiente de cada paso, de cada movimiento con el andador que requiere para moverse a diario pero del que ha prescindido en la ceremonia y ha sustituido por un bastón en sus paseos por Oviedo. 

El párkinson es una enfermedad neurológica relativamente frecuente -se calcula que en España hay 150.000 afectados- que se suele diagnosticar en la década de los 60. No fue el caso de la investigadora, que supo que padecía la enfermedad un año antes de cumplir 50 años, con dos hijos todavía pequeños. 

Chory con su familia.

Chory con su familia.

En un perfil publicado en la web de un centro en el que trabajaba, el Howard Hugues Medical Institute (HHMI), se contaba que cuando la investigadora contó a su equipo el diagnóstico no lloró, sino que tuvo que pasar bastante tiempo consolando a sus compañeros. Durante aproximadamente una década, los fármacos para el párkinson, que no curan la enfermedad pero sí controlan los síntomas, mantuvieron a raya la patología. Cuando las drogas dejaron de hacer efecto, hace aproximadamente cinco años, ella perdió el control de sus movimientos, pero no su sentido del humor. 

En 2014, en una reunión en la sede del HHMI, su cuerpo empezó a temblar y cayó al suelo. Al día siguiente, antes de su charla, dijo a sus compañeros: "Dado mi comportamiento en el día de ayer, siéntanse libres para caerse de la silla si no están de acuerdo con algo de lo que yo diga". 

En 2015 se sometió a una estimulación cerebral profunda, un procedimiento quirúrgico para aminorar los síntomas, pero que no evita que la enfermedad progrese. "Estos aparatos -refiriéndose a los sensores implantados en su cerebro- tienen truco", bromeó entonces.

Una prestigiosa investigadora

Joanne Chory, nacida en Methuen (Estados Unidos) en 1955, ha centrado su campo de investigación en el estudio de los mecanismos que regulan el funcionamiento de las plantas, desde el nivel molecular hasta el celular, así como las reacciones de estas a condiciones ambientales de estrés.

Para llevar a cabo sus investigaciones ha utilizado un organismo modelo, la "Arabidopsis thaliana", que ha desvelado aspectos relevantes sobre los genes implicados en funciones como la sensibilidad a la luz, las hormonas que regulan el crecimiento de la planta y la respuesta ante el estrés hídrico.

Son especialmente reconocidas sus aportaciones sobre el papel del fitocromo, una proteína vegetal sensible a la luz roja e infrarroja, y la corregulación de genes que participan en la fotosíntesis. También estudia el desarrollo de plantas capaces de absorber hasta veinte veces más dióxido de carbono del aire que las normales.

Lidera un proyecto de investigación que lucha contra el calentamiento global a través de la optimización de la capacidad natural de las plantas para capturar y almacenar el dióxido de carbono y adaptarse a distintas condiciones climáticas, utilizando para ello las técnicas de edición genética más innovadoras, como la CRISPR.

Se graduó en Biología en el Oberlin College (Ohio) y se doctoró en Microbiología en la Universidad de Illinois en 1984. Realizó estudios postdoctorales en Harvard y en 1988 se incorporó al Instituto Salk, donde ha ocupado diversos puestos, entre ellos el de directora de Investigaciones y del Laboratorio de Biología Celular y Molecular de Plantas. Desde 1997, es investigadora del Howard Hughes Medical Institute y, en 1999, se incorporó como profesora asociada a la Universidad de California en San Diego.