La forma de nuestro cuerpo ha llegado a convertirse en una obsesión en tiempos de Instagram. Ya no se trata de estar delgados o musculados: se toman como referencias auténticos despieces del físico de nuestros ídolos (los abdominales de Cristiano, los labios y caderas de Kim, el thigh gap o hueco entre los muslos de las modelos más delgadas) que llevan a prácticas dietéticas, ejercicios y cirugías que no tienen en cuenta una verdad incómoda: nuestra morfología física está determinada, y no hay dos cuerpos que evolucionen igual.

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Esto, que no deja de ser una obviedad que experimentamos cada vez que nos probamos ropa, no es en absoluto un simple asunto estético. A la hora de abordar la problemática multifactorial de la obesidad y sobrepeso, no importa solo cuánta grasa de más está acumulando el organismo, sino dónde se almacena. En este aspecto, 'peras' no son 'manzanas': un morfotipo del tipo pera es el que tiende a distribuir el exceso de peso alrededor de las caderas y los muslos, mientras que el de tipo manzana la concentra en la cintura. Por decirlo llanamente: cartucheras para algunos, barriga y michelines para otros. 

Engordar no es plato de gusto para nadie, pero si tendemos a hacerlo en la modalidad de manzana, las alarmas se encienden primero. El lugar de almacenamiento determina el tipo de grasa que se acumula, y la región abdominal es propensa a la grasa ectópica, la más nociva. Se produce cuando las células adiposas ya no consiguen almacenar más y la reparten en los músculos. Si el individuo no posee una masa muscular desarrollada o si la ingesta calórica supera a los requerimientos de gasto energético, pasa a afectar a órganos vitales como el hígado y supone un factor de riesgo cardiovascular así como metabólico.

Hasta ahora, el riesgo de los 'cuerpos manzana' se ha considerado menos severo en los hombres que en las mujeres. Primero, porque es la forma natural en la que el físico masculino tiende a engordar, mientras que el femenino suele presentar rasgos 'pera'. Y segundo, porque la mayor masa muscular del varón atenúa los perjuicios de la grasa ectópica. Pero una reciente investigación publicada en la revista Cancer y recogida en la Wiley Library les invita también a ellos a mirarse bien al espejo: la tendencia a acumular grasa abdominal y en los muslos, es decir, a mostrar rasgos 'pera' o 'manzana' marcados en lugar de un sobrepeso uniformemente distribuido, están vinculadas a un aumento del riesgo de sufrir cáncer de próstata agresivo.

Así, si la obesidad está de por sí asociada tanto a un incremento del riesgo de padecer cáncer de próstata avanzado como a una peor prognosis después del diagnóstico, reseñan los autores, la hipótesis más reciente que identifica la distribución corporal de la grasa como un factor importante está acumulando evidencias. Mediante tomografía computarizada (TC), el equipo de la Dr. Barbra Dickerman de la Harvard T.H. Chan School of Public Health procedió a examinar a 1.832 hombres islandeses y a determinar su riesgo de desarrollar este carcinoma en concreto a lo largo de 13 años. 

Durante ese periodo, 172 de los participantes sufrieron cáncer de próstata, y 31 de ellos fallecieron. La acumulación de grasa visceral -en las profundidades del abdomen, de forma a rodear y a afectar a los órganos vitales- y de grasa subcutánea en los muslos -justo debajo de la piel- demostró estar en relación con el riesgo de sufrir este carcinoma de forma avanzada y letal. Los participantes que no tenían esta morfología estaban mejor protegidos, incluso pese a sufrir una obesidad mayor que aquellos que enfermaron, siempre y cuando estuviese uniformemente repartida.

"Es interesante, porque cuando miramos por separado a hombres con un alto Índice de Masa Corporal (IMC) con respecto a los que tenían bajo IMC, descubrimos que la asociación entre la grasa visceral y el cáncer de páncreas avanzado y letal era mayor entre los del menor IMC", explica Dickerman. "En última instancia, identificar los patrones de distribución de grasa que se vinculan al mayor riesgo de desarrollar un cáncer de próstata clínicamente significativo puede ayudarnos a dilucidar los mecanismos que relacionan la obesidad con las enfermedades agresivas y ofrecernos diana terapéuticas para los hombres". 

En cualquier caso, concluyen, las estrategias para atajar la obesidad tales como la práctica de ejercicio físico y la dieta tendrían un efecto correlativo a la hora de reducir las probabilidades de desarrollar cáncer de próstata.

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