No siempre es fácil resistirse a la tentación.

No siempre es fácil resistirse a la tentación. Archivo

Salud Nutrición

Sin fuerza de voluntad: por qué nos cuesta resistir la tentación de la comida

Los propensos a la obesidad tienen más difícil evitar los alimentos más calóricos y suspenden en autocontrol, para su desgracia.

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La tentación vive dentro del frigorífico, justo donde guardas la tableta de chocolate. Pero no solo ahí: también coquetea con otras zonas de tu cocina, como el armario donde sueles tener las bolsas de patatas fritas o el estante donde están las galletas. En resumen, en cualquier lugar alejado de frutas, verduras y otros alimentos de esos sanos que apenas engordan.

Una vez identificadas las coordenadas de mayor peligro para una dieta equilibrada comienza la batalla entre la fuerza de voluntad y el ansia por comer, sea a la hora que sea, cierto tipo de alimentos. Y la ciencia trae malas noticias: aquellos propensos a la obesidad tienen más facilidad a la hora de tirar por la borda su autocontrol y son más proclives a que sus pasos les lleven, irremediablemente, a la cocina.

Al menos, eso sugiere una reciente investigación llevada a cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan y publicada en la revista Neuropharmacology. La respuesta a por qué muchos parecen no poder resistir a la tentación calórica podría encontrarse en un grupo de ratas tan amantes a la comida y tan propensas a la obesidad como cualquier hijo de vecino.

Para llevar a cabo la investigación, realizada por la doctora en Farmacología Carrie Ferrario y la estudiante de postgrado Rifka C. Derman, se seleccionaron dos grupos de ratas. Por un lado, uno compuesto por roedores propensos a la obesidad; por otro, un segundo grupo tendentes a mantener su peso. Esa diferencia genética resultó ser determinante a la hora de la intensidad con la que unas ratas y otras buscaban comida: las potencialmente obesas no sólo lo son, sino que además persiguen con más ahínco eso de echarse algo a la boca. De hecho, el estudio ha permitido demostrar que su condición llega a influir en las células que controlan el centro del placer y la recompensa de su cerebro.

Palancas y sonidos

En primer lugar, Ferrario y Derman entrenaron a todas las ratas para que aprendieran a presionar una palanca que, al accionar, les proveería de comida. Sin embargo, las facilidades no fueron iguales para todas, ya que las propensas a la obesidad recibían una cantidad de comida limitada.

Posteriormente, las investigadoras lograron que los animales aprendieran a reaccionar a dos sonidos distintos. Después de que sonara uno de ellos, aparecía comida de forma gratuita (sin que tuvieran que accionar palanca alguna); el segundo sonido no tenía relación alguna con la ingesta de alimentos.

Y aquí fue donde la genética y la propensión a la obesidad entraron en escena. Ferrario y Derman comprobaron que no todos los roedores reaccionaban de la misma forma a esa combinación de sonidos y palancas: los tendentes a la obesidad tenían más probabilidades de ir a accionar la palanca cuando se reproducía el sonido asociado a la comida, a pesar de que eso no les diera acceso a manjar alguno. Dicho de otra forma, ese grupo de ratas estaba mucho más motivado a la hora de buscar su ansiado alimento.

Traducido a un día cualquiera de un humano anclado a su sofá, la situación vivida por los roedores es similar a la de un hambriento comensal que huele la pizza de un vecino y acude a abrir su horno vacío. Ni qué decir tiene que la fuerza de voluntad y el autocontrol brillan por su ausencia: la comida (o la simple idea de ingerirla) manda.

Tal y como pudieron comprobar las investigadoras de la Universidad de Michigan, al aprender qué sonido estaba asociado a la llegada de nuevos alimentos, las ratas potencialmente rechonchas sufrían los efectos de un receptor clave para que el sistema de placer y recompensa del cerebro demande más comida.

De hecho, cuando Ferrario y Derman recurrieron a un fármaco para bloquear el efecto de este receptor, el ansia por buscar alimentos cesó en las ratas propensas a la obesidad. Las de peso estable, por su parte, no llegaron a ver aumentada la presencia de este receptor en ningún momento. 

"Sabemos que las personas que están realmente atentas a las señales que envía la comida en su entorno terminan comiendo más y teniendo más antojos", señala Ferrario. "Pero estas ratas propensas a la obesidad nos dan un modelo científico con el que descubrir las diferencias neuronales y psicológicas que impulsan la ingesta excesiva", plantea la responsable del estudio.

Así, aunque a día de hoy no exista un fármaco para humanos similar al que bloqueó el efecto de los receptores de las ratas, las investigadoras sí indican que este podría suponer un gran avance de cara a la prevención de la obesidad. No obstante, la propia Ferrario advierte que controlar la ingesta de alimentos en nuestro caso no será tan sencillo como administrar un fármaco.

"No estamos diciendo que el destino de aquellos que son propensos a la obesidad esté predeterminado y sea inamovible, pero tenemos que entender cómo las diferencias individuales pueden contribuir a cierto tipo de alimentación y cómo interactúan con el aumento de peso", puntualiza la investigadora.

En cualquier caso, el objetivo no es otro que comprender qué pasa en nuestro cerebro cada vez que decidimos dar al traste con la fuerza de voluntad y aproximarnos peligrosamente al armario más calórico de la cocina. Eso sí: hasta que no haya una solución como la encontrada para las ratas obesas, habrá que optar entre resignarse y comer con ansia o encadenarnos al sofá para compensar la falta de autocontrol.