Ciertos adultos rechazan siempre la ayuda.
La psicología dice que los adultos que nunca piden ayuda no son independientes, sino que sufren por traumas de apego
Existe una explicación para aquellos adultos que no quieren pedir ayuda a nadie bajo ningún concepto.
Más información: La psicología dice que las personas que revelan sus problemas rápido no son auténticas, sino muy ansiosas.
La afirmación de que los adultos que nunca piden ayuda no son independientes, sino que sufren traumas de apego, encuentra un fuerte respaldo en la psicología moderna a través del concepto de hiperindependencia.
A pesar de que este concepto suele generar confusión, dicha conducta no debe confundirse con autonomía saludable, que implica la capacidad de colaborar con otros y reconocer las propias limitaciones: la incapacidad absoluta para solicitar apoyo se entiende como un mecanismo de defensa rígido y una desconexión emocional.
Quien la padece suele asociar la vulnerabilidad con el peligro, asumiendo cargas excesivas para evitar a toda costa la posibilidad de ser rechazado, juzgado o defraudado. Este comportamiento hunde sus raíces en la teoría del apego, la cual explica cómo las experiencias con nuestros cuidadores durante la infancia moldean nuestra etapa adulta.
Cuando un niño experimenta constantemente rechazo sistemático, frialdad emocional al expresar sus emociones o nunca es escuchado, su sistema nervioso aprende que no es seguro depender de los demás.
Como resultado, desarrolla un apego evitativo, una estrategia de supervivencia inconsciente donde se concluye que la única forma de garantizar su bienestar es autosostenerse, una creencia que se cronifica y se traslada de forma automática a la vida adulta con el paso de los años.
Todo es por culpa del rechazo constante
Dentro del marco puramente psicológico, en el ámbito de la salud mental, esta autosuficiencia extrema es vista a menudo como el síntoma de un trauma de desarrollo o trauma relacional.
La persona hiperindependiente no actúa por una libre elección de libertad, sino impulsada por un miedo profundo a quedar en duda, a perder el control o a ser visto como una carga.
Diversos estudios psicológicos demuestran que estas personas tienden a subestimar la empatía y la disposición de los demás para ayudar, prefiriendo el agotamiento físico y mental antes que abrirse a la cooperación.
Por suerte, los expertos afirman que este tipo de conductas pueden remediarse y reconducirse con el tiempo. Un adulto puede pasar de este aislamiento defensivo hacia una interdependencia saludable, que es la verdadera meta del desarrollo emocional.
Este proceso, sin embargo, implica aprender a delegar, aceptar la vulnerabilidad como una fortaleza y reentrenar al sistema nervioso para comprender que el entorno actual es mucho más seguro y colaborativo que el pasado en el que se originó el trauma.
Ahora bien, es un proceso largo y que requiere paciencia, puesto que al final hay que reeducar a un adulto que ha sido afectado durante muchísimos años por el mismo trauma.