Perros

Perros Foto de archivo

Ciencia

Los psicólogos coinciden: tratar a tu perro como tu hijo es normal mientras tengas amistades sanas con otros humanos

Los expertos distinguen entre una relación que amplía la red afectiva y otra en la que el perro acaba convertido en el único refugio emocional.

Más información: Los psicólogos coinciden: las personas que más se preocupan tienden a desarrollar un vínculo más intenso con sus gatos

Publicada
Las claves

Las claves

Tratar a un perro como a un hijo es común y puede ser saludable si existen vínculos sociales humanos sólidos.

Las investigaciones muestran que la relación entre cuidador y perro se asemeja al vínculo parental, aportando afecto, compañía y oportunidades de cuidado.

Un apego intenso al perro no implica menos cariño por otras personas; suele complementar la red social del cuidador.

El vínculo con el perro puede ser problemático solo si sustituye relaciones humanas necesarias o limita la vida cotidiana.

Celebrar el cumpleaños del perro, reorganizar unas vacaciones por él o presentarlo como parte de la familia puede parecer excesivo desde fuera. A pesar de eso, se trata de un vínculo que puede aportar cuidado, compañía y apoyo.

Una investigación publicada en 2025 ayuda a entender por qué. Reunió datos de 717 cuidadores y comparó su relación con el perro con vínculos de pareja, amistad y parentesco. Según los resultados, se parecía especialmente a la relación entre padres e hijos.

Por supuesto, no se trata de vínculos idénticos. Sin embargo, los participantes hablaban de afecto, compañía y oportunidades para cuidar, dentro de una relación en la que el animal depende del humano y suele generar menos conflictos cotidianos.

La intensidad del cariño tampoco decide por sí sola si la relación es saludable. Sí es importante el lugar que ocupa el perro dentro de la vida de la persona, ya que puede servir para ampliar su red de apoyo o convertirse en su único refugio cuando faltan vínculos humanos fiables.

El cuidador decide la alimentación, la salud, los horarios y la seguridad del animal. Esa responsabilidad se parece en algunos aspectos al cuidado parental, aunque el perro mantenga necesidades, capacidades y formas de comunicación propias de su especie.

En el estudio de 2025, muchos participantes describieron el vínculo con su perro como una mezcla entre la relación con un hijo y la que mantienen con un gran amigo. Había cariño, compañía y una fuerte disposición a cuidar.

Los autores reconocen que la muestra tenía algunas limitaciones. El 90,2% de los participantes eran mujeres y la participación fue voluntaria, por lo que los cuidadores insatisfechos o con relaciones humanas más frágiles pudieron quedar poco representados.

Otra investigación analizó la actividad cerebral de 14 madres mientras miraban fotografías de su hijo, su perro y otros niños y animales desconocidos. El hijo y el perro activaron algunas redes comunes relacionadas con la emoción, la recompensa y el vínculo afectivo.

Las respuestas no fueron iguales y algunas regiones reaccionaron con más intensidad ante el hijo. El estudio encontró coincidencias parciales, no una equivalencia. Además, la muestra era pequeña y estaba compuesta únicamente por madres.

Otra pista llega de los estudios sobre apego. En una encuesta con 975 cuidadores, muchos recurrían a su perro cuando estaban angustiados. Lo hacían más que con padres, hermanos, hijos o mejores amigos, aunque la pareja seguía ocupando el primer lugar.

Una serie de tres estudios publicada en 2011 examinó si las mascotas cubrían necesidades sociales a costa de las relaciones humanas. Los resultados apuntaron en la dirección contraria. El apoyo del animal tendía a complementar el recibido de familiares y amigos.

Los cuidadores que encontraban más apoyo en sus mascotas también se sentían próximos a personas importantes. En uno de los experimentos, pensar en el animal redujo el malestar tras una experiencia de rechazo de una manera parecida a pensar en un amigo.

El estudio de 2025 encontró una asociación similar. Quienes valoraban mejor la relación con su perro también tendían a puntuar mejor sus vínculos humanos. Querer mucho al animal no aparecía relacionado con querer menos a otras personas.

Cuando el animal ocupa el lugar de todas las personas

La situación merece más atención cuando el perro ocupa el lugar de relaciones que la persona no encuentra disponibles o seguras. Un estudio español con 298 cuidadores relacionó un menor apoyo social con una mayor sustitución de personas por el animal.

El resultado no indica que aquellos participantes quisieran demasiado a sus mascotas. La intensidad general del vínculo no dependía directamente de la soledad. La diferencia estaba en la función que asumía el perro dentro de una red social más frágil.

Otro trabajo, publicado en 2024, analizó a 607 cuidadores. El apego muy intenso o inseguro se relacionó con peores indicadores de salud mental, sobre todo cuando coexistía con ansiedad y desconfianza en las relaciones humanas.

El diseño fue transversal y no permite saber qué ocurrió primero. El estudio no identificó al perro como causa del malestar. Algunas personas con dificultades previas para confiar en otros pueden encontrar en el animal una relación más segura y predecible.

Una revisión de 116 trabajos mostró un panorama poco uniforme. Unos relacionaban el apego con más bienestar, otros con más malestar y muchos no encontraban diferencias. La calidad de los vínculos humanos parecía influir en esa relación.

No existe una regla clínica basada en contar amigos o medir cuánto se quiere al perro. La relación empieza a preocupar cuando limita la vida cotidiana, desplaza vínculos necesarios o dificulta el trabajo, la salud y las actividades habituales.

Considerarlo parte de la familia tampoco exige tratarlo como si fuera una persona. Cuidarlo bien también implica respetar que es un perro. Necesita olfatear, explorar, moverse, descansar y relacionarse sin una sobreprotección que limite su comportamiento.

Un vínculo muy intenso puede convivir con pareja, amistades, familia y una vida social satisfactoria. En muchos casos, el perro suma apoyo sin convertirse en el único recurso para calmarse, sentirse acompañado o afrontar los momentos difíciles.

Tratarlo como a un hijo suele expresar la profundidad del cuidado, no una equivalencia literal. La relación resulta más equilibrada cuando deja espacio para el perro real y para las demás personas que forman parte de la vida de quien lo cuida.