Santi, fontanero en Madrid.

Santi, fontanero en Madrid. YouTube (@sectoroficiospodcast)

Ciencia

Santi, 37 años, fontanero: "No sabes la satisfacción que da terminar una obra y que el cliente tenga agua caliente"

La fontanería ofrece trabajo y satisfacción, pero también necesita formación, mejores condiciones y nuevos profesionales competentes.

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Las claves

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Santi, fontanero de 37 años en Madrid, destaca la satisfacción de entregar una vivienda con agua caliente tras semanas de trabajo.

Comenzó en el oficio acompañando a su primo desde los 14 años y después se formó en un centro de FP, donde consiguió su primer contrato.

Ahora autónomo, ha formado a su sobrino y a un amigo, y prefiere trabajar en obra nueva donde se puede ver todo el proceso de instalación.

La falta de relevo generacional y la escasez de profesionales experimentados dificultan cubrir vacantes en fontanería, según el SEPE.

Cuando un vecino abre el grifo y le dice que ya tiene agua caliente, Santi piensa en todas las veces que ha pasado por aquel piso. Él lo conoció cuando todavía era una estructura de hierro y hormigón.

Ese momento resume lo que más le gusta de la obra nueva: entrar cuando apenas hay paredes y marcharse con la vivienda lista. "¿Tú sabes la satisfacción que te da ir a una obra cuando está en estructura?", pregunta.

Santi cuenta su historia en Sector Oficios Podcast. En la charla, recuerda las más de dos décadas trabajando como fontanero en Madrid, de los cuales casi diez por cuenta propia.

No habla de la fontanería como un empleo cualquiera. "Lo llamo más ayuda a la gente que me necesita", explica. Esa vocación convive con una agenda llena y con un oficio que, admite, termina dejando huella en el cuerpo.

Santi empezó a acompañar a su primo con 14 años. Salía del colegio y se iba con él a realizar pequeñas reparaciones. Arreglaban cisternas, cambiaban termos y sustituían latiguillos. Aquellas tardes terminaron por engancharlo.

Su primo no le daba demasiadas facilidades. Montaba una cisterna, volvía a desmontarla y lo dejaba solo ante las piezas. "Ya me has visto hacerlo tú a mí", le decía mientras Santi buscaba la forma de encajarlas.

Más tarde entró en un centro de formación profesional de Madrid. La teoría le costaba más, pero en el taller se movía con soltura. Un compañero le ayudaba a estudiar y él le devolvía el favor durante las prácticas.

Las prácticas lo llevaron a una empresa que, al terminar aquel periodo, llamó al centro para contratarlo. Santi volvió a casa con su primer contrato. Tenía unos 18 años y ya podía decir que era fontanero.

También aprendió a base de errores. En una vivienda atravesó una pared con el taladro y la broca atrapó un edredón de plumas colocado al otro lado. Desde entonces mira dos veces antes de perforar.

Después de pasar por varias empresas y hacer muchas reformas, le ofrecieron probar en obra nueva. El primer día vio un paquete de varillas y pensó que duraría un mes. "Eso se gasta hoy", le respondieron. Y así fue.

Allí pudo ver las instalaciones completas. Primero se montan las bajantes; después llegan las tuberías, los colectores y los sanitarios. El fontanero entra con la estructura y permanece hasta que las viviendas están casi terminadas.

Dos años después decidió hacerse autónomo. Capitalizó la prestación por desempleo y compró una furgoneta y herramientas. Su mujer le ayudó con el papeleo, una parte del negocio que reconoce que nunca se le dio demasiado bien.

Con el tiempo incorporó a su sobrino, que también había empezado a acompañarlo de pequeño. Después ofreció trabajo a un amigo que llevaba 17 años como pescadero. Los tres trabajaban juntos cuando se grabó el episodio.

Santi intenta enseñar como hicieron con él, aunque ahora prefiere la obra nueva. Allí el aprendiz puede ver cada paso antes de que las paredes lo oculten. Las tuberías siguen a la vista y resulta más fácil entender por dónde pasan.

Al final de ese recorrido llega la frase que da sentido a tantas jornadas. "Gracias, ya tengo agua caliente", le dice el vecino. Santi recuerda entonces todas las veces que entró en ese piso antes de que alguien pudiera vivir allí.

Hay trabajo, pero faltan manos

Su experiencia no permite hablar en nombre de todos los fontaneros, pero sí muestra lo que ocurría en su agenda. Estaba dando citas para dentro de un mes y medio o dos meses por la cantidad de encargos.

Esa lista de espera encaja con un problema más amplio. El informe del SEPE de 2026 incluye a los fontaneros entre las ocupaciones que aparecen de forma recurrente entre las más difíciles de cubrir. No es un desajuste puntual.

El propio organismo evita una explicación fácil. Habla de falta de candidatos con experiencia, necesidad de competencias técnicas y desacuerdo con determinadas condiciones laborales. No todo se reduce a decir que los jóvenes ya no quieren trabajar en estos oficios.

La edad ayuda a entender parte del problema, aunque los datos abarcan toda la construcción. En 2025, la media alcanzó los 45,1 años. El 22% tenía 55 años o más y solo el 10,8% era menor de 30.

No todo el mundo necesita, además, un primo fontanero para entrar en el oficio. La Formación Profesional ofrece ciclos vinculados al mantenimiento de viviendas y a las instalaciones de producción de calor. La formación en empresa forma parte de ese recorrido.

Santi habla con entusiasmo, pero no idealiza su trabajo. "Yo tengo 37 y ya tengo marcas aquí, en la rodilla", afirma mientras señala la zona. Es su experiencia personal, no un diagnóstico sobre todos los profesionales.

El INSST relaciona los trastornos musculoesqueléticos con posturas forzadas, movimientos repetitivos, vibraciones, aplicación de fuerza y manipulación de cargas. Esos riesgos deben reducirse con herramientas adecuadas, descansos, rotación de tareas y una mejor organización.

La prevención no consiste en acostumbrarse al dolor. También pasa por evitar jornadas interminables. Santi trabaja habitualmente de lunes a viernes y rechaza que el oficio obligue a estar disponible siempre. "Nosotros también tenemos vida", recuerda.