Una mujer mayor con su gato-

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Ciencia

Los veterinarios coinciden: tener perro o gato a partir de los 50 se asocia con un deterioro cognitivo más lento

Tener mascota no es una garantía contra la demencia, pero puede aportar algo clave tras los 50: rutina, afecto y menos soledad.

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Las claves

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Tener un perro o un gato a partir de los 50 años se asocia con un deterioro cognitivo más lento, según estudios europeos.

La relación con mascotas favorece la memoria, la fluidez verbal y el recuerdo, especialmente en personas que viven solas.

Los beneficios parecen estar ligados a la rutina, la compañía, el ejercicio físico y la reducción de la soledad que aportan los animales de compañía.

El efecto positivo es más notable con perros y gatos, mientras que aves y peces no mostraron la misma relación significativa.

Tener un perro o un gato no es una medicina contra el envejecimiento cerebral, pero empieza a aparecer como una pista interesante en longevidad. La relación con un animal puede aportar rutina, compañía, movimiento y estimulación diaria.

El dato procede de un estudio publicado en Scientific Reports. Los investigadores analizaron datos del proyecto europeo SHARE durante 18 años, con adultos de 50 a 99 años y medidas de memoria episódica y función ejecutiva.

La muestra principal incluyó 16.582 personas. El resultado fue claro, aunque prudente: tener mascota se asoció con un deterioro cognitivo más lento, incluso después de controlar variables como edad, sexo, educación, salud y actividad física.

El efecto no apareció igual con todos los animales. Los perros y los gatos se asociaron con trayectorias cognitivas más favorables frente a no tener mascota, mientras que aves y peces no mostraron la misma relación significativa.

El matiz es importante. El estudio no dice que adoptar un perro a los 50 años prevenga la demencia. Lo que muestra es una asociación estadística: los dueños de perro o gato tendían a perder capacidades más despacio.

Mejora memoria, lenguaje, atención y orientación

La diferencia por especie también resulta llamativa. Los dueños de perros mostraron una caída más lenta en recuerdo inmediato y diferido, mientras que los dueños de gatos presentaron mejor trayectoria en fluidez verbal y recuerdo diferido.

Ese detalle evita exageraciones. La cognición no es una sola cosa: incluye memoria, lenguaje, atención, orientación, velocidad de procesamiento y función ejecutiva. Tener mascota puede relacionarse con algunas áreas, pero no vuelve inmune al cerebro.

La hipótesis más sencilla es la del estímulo cotidiano. Cuidar a un animal obliga a recordar horarios, comprar comida, observar señales de enfermedad, limpiar, jugar, moverse y responder a necesidades que no siempre esperan.

También aparece la parte emocional. Los animales de compañía pueden reducir soledad, aumentar sensación de propósito y ofrecer contacto afectivo, factores relevantes porque el aislamiento y la falta de vínculos se asocian con peor envejecimiento cognitivo.

Un segundo trabajo, publicado en JAMA Network Open, afinó el mensaje. En 7.945 adultos de 50 años o más, tener mascota se asoció con deterioro más lento de memoria verbal y fluidez verbal, sobre todo viviendo solos.

Ese resultado tiene sentido. Una persona acompañada recibe conversación, estímulos y rutinas sociales de otros humanos. Para alguien que vive solo, un perro o un gato puede convertirse en fuente diaria de interacción, estructura y compañía.

El mismo estudio señaló que la tenencia de mascotas parecía compensar la asociación entre vivir solo y una caída más rápida en memoria verbal y fluidez verbal. Aun así, los autores pidieron más investigación.

La parte del perro tiene una explicación física muy directa. Pasearlo puede aumentar actividad moderada, reducir sedentarismo y favorecer encuentros sociales. Caminar cada día, aunque sea poco, sostiene rutinas protectoras en mediana edad y vejez.

Otro estudio en Scientific Reports, con datos del Baltimore Longitudinal Study of Aging, encontró que los dueños de mascotas mostraban menos deterioro en varias pruebas cognitivas que quienes no tenían animales de compañía.

El paseo no es solo ejercicio. Para muchas personas mayores, es una forma de salir de casa, recibir luz natural, hablar con vecinos, mantener horarios y evitar que el día se cierre sobre sí mismo.

En el caso de los gatos, el mecanismo puede ser menos físico, pero no inexistente. Cuidar de un gato exige atención, memoria, vínculo, juego y sensibilidad hacia señales sutiles, algo valioso para personas con menor movilidad.

La Asociación Americana de Psiquiatría ha resumido esta línea con cautela: varios estudios recientes sugieren que las mascotas pueden ayudar a ralentizar el deterioro cognitivo en mayores, especialmente cuando reducen soledad y aumentan actividad.

Aunque tener un animal no sustituye dormir bien, moverse, controlar la tensión, cuidar la alimentación, tratar la depresión, mantener vínculos humanos ni consultar al médico si aparecen problemas de memoria.

Tampoco conviene convertirlo en una recomendación simple para todo el mundo. Un perro o un gato implican dinero, tiempo, veterinario, adaptación de la vivienda, responsabilidad y capacidad para cuidarlo durante años.

Por eso la lectura veterinaria tiene dos lados. Para el dueño, el animal puede aportar estructura y compañía. Para el perro o el gato, el hogar debe garantizar bienestar, revisiones, juego, descanso, seguridad y cuidados.

La clave está en no vender la mascota como una herramienta terapéutica desechable. El beneficio, cuando aparece, nace del vínculo estable: cuidar y ser acompañado, moverse, organizarse, hablarle al animal y sostener rutina diaria.

También hay límites metodológicos. Muchos trabajos son observacionales, así que no prueban causalidad directa. Puede haber otros factores: personas más sanas, activas o con más recursos quizá tienen más facilidad para mantener una mascota.

A partir de los 50, cuando se acumulan cambios físicos, laborales, familiares y de salud, un perro o un gato puede añadir una razón cotidiana para seguir conectado.

La conclusión es sencilla. Perros y gatos no frenan el envejecimiento por arte de magia, pero pueden sostener hábitos que sí importan para el cerebro: actividad, compañía, rutina, afecto, conversación, juego y responsabilidad.