Vista aérea de un centro de datos en operación.
Marruecos cambia de estrategia: prepara un centro de datos de 500 megavatios con renovables en plena crisis de agua y energía
El país que apuesta por desaladoras e hidrógeno mira ahora a la IA: Marruecos proyecta 500 megavatios de datos en el desierto.
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Marruecos quiere convertir el desierto, el viento y el sol en una nueva infraestructura estratégica: datos. El país prepara un centro de datos de 500 megavatios renovables para ganar soberanía digital y entrar en la carrera de la inteligencia artificial.
El proyecto fue anunciado por la ministra de Transición Digital, Amal El Fallah Seghrouchni. El proyecto, estaría ubicado en Dajla, ciudad administrada por Marruecos en el Sáhara Occidental, un territorio disputado.
La parte controvertida está en los 500 megavatios. Si una infraestructura de esa potencia funcionara de forma continua todo el año, necesitaría hasta 4,38 teravatios hora de electricidad, una carga más propia de una gran fábrica.
La lectura política también es evidente. Marruecos no solo quiere almacenar datos dentro de sus fronteras, sino colocarse como nodo digital entre África y Europa, con centros capaces de reforzar su soberanía tecnológica y atraer inversión.
El centro de Dajla forma parte de una estrategia más amplia. Reuters informó en enero de 2026 que Marruecos quiere que la inteligencia artificial aporte 100.000 millones de dírhams, unos 10.000 millones de dólares, a su PIB en 2030.
El plan también prevé crear 50.000 empleos vinculados a inteligencia artificial y formar a 200.000 graduados en competencias de IA antes de 2030. Marruecos ha reservado 11.000 millones de dírhams para su estrategia digital 2024-2026.
La paradoja es que esta apuesta llega en plena tensión hídrica y energética. Marruecos acaba de salir de siete años de sequía, con embalses y acuíferos castigados, y aún depende mucho de combustibles fósiles.
El punto de partida pesa. En 2024, el carbón representaba el 59,3% del mix eléctrico marroquí, aunque la solar y la eólica ya aportaban casi el 25%, frente al 9% registrado en 2015.
Por eso el centro se vende como “verde”. La idea es no conectarlo sin más a una red todavía muy marcada por el carbón, sino alimentarlo con proyectos solares y eólicos dedicados a su funcionamiento.
El problema es que los centros de datos no consumen solo electricidad. También generan calor constante y necesitan refrigeración. En zonas secas, esa necesidad puede abrir una tensión directa con el agua disponible para población, agricultura o industria.
El Foro Económico Mundial recuerda que un centro de datos de 1 megavatio puede usar hasta 25,5 millones de litros de agua al año solo para refrigeración, especialmente si utiliza sistemas evaporativos intensivos.
Proyectado de forma lineal, ese máximo teórico sería enorme para 500 megavatios. El consumo real, sin embargo, dependerá del diseño: refrigeración por aire, circuitos cerrados, soluciones líquidas avanzadas o uso de agua no potable.
Ese matiz es fundamental. Una instalación alimentada con renovables puede reducir emisiones eléctricas, pero la etiqueta verde no basta para cerrar el debate ambiental si no se conocen refrigeración, agua, suelo, conexión y respaldo energético.
La presión mundial va en esa dirección. La Agencia Internacional de la Energía calcula que el consumo eléctrico global de los centros de datos se duplicará hasta unos 945 teravatios hora en 2030, impulsado por la IA.
Marruecos intenta aprovechar ese cambio antes que otros países africanos. Su ventaja está en radiación solar, corredores de viento atlántico, cercanía a Europa y una política industrial que ya utiliza renovables para atraer hidrógeno y amoniaco verde.
Dajla encaja en esa lógica por su potencial energético, pero también por su dimensión geopolítica. Situar allí un centro de datos de 500 megavatios no es solo una decisión técnica, sino también territorial.
Ese punto puede generar controversia internacional. Naciones Unidas sigue tratando el Sáhara Occidental como un territorio no autónomo, mientras Marruecos administra gran parte de la zona y defiende su plan de autonomía.
La otra tensión es el agua. Marruecos quiere que el 60% de su agua potable proceda de desalación en 2030, frente al 25% actual, con una producción prevista de 1.700 millones de metros cúbicos anuales.
Eso significa que el país intenta resolver dos carreras a la vez. Necesita agua para ciudades, agricultura y transición industrial, pero también quiere atraer infraestructuras digitales que exigen electricidad estable, refrigeración y una planificación muy fina.
El reto será demostrar que ese salto puede hacerse sin agravar sus vulnerabilidades. Un centro de datos renovable puede ser modernización, pero en un país marcado por sequía, carbón y presión hídrica, también obliga a enseñar la letra pequeña.