El rey Mohamed VI de Marruecos. EP
Marruecos da una lección a España: sus embalses rozan el 76% tras siete años de sequía y dan tres años de margen al país
El país que temía por sus presas llega al verano con más agua: Marruecos roza el 76% de llenado tras años de sequía extrema.
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Marruecos ha pasado en pocos meses de mirar sus embalses con alarma a encarar el verano con una reserva mucho más cómoda. Tras siete años de sequía, las presas del país rozan ya el 76% de capacidad.
El dato no significa que la crisis hídrica haya desaparecido, pero sí marca un cambio de escenario. A cierre de mayo, los embalses almacenaban 12.930 millones de metros cúbicos sobre una capacidad total de 17.030 millones.
La cifra sostiene el titular: la tasa de llenado alcanzó el 75,94%, tras un estrés hídrico que había llevado al país a acelerar desaladoras, trasvases, nuevas presas y reutilización de aguas residuales como política estructural.
El giro es llamativo porque Marruecos venía de declarar el final de una sequía de siete años. En enero, Baraka indicó que las reservas habían subido al 46%, frente al 28% del año anterior, gracias a lluvias y nieve excepcionales.
La recuperación no se quedó ahí. En primavera, las precipitaciones siguieron elevando el nivel de los embalses hasta situarlos cerca del 76%, una cifra que ofrece más margen para el suministro urbano ante el calor estival.
Acuíferos, desaladoras, consumo agrícola y evaporación
La frase política que mejor resume el momento es de Baraka: “quien no controla el agua, no controla su destino”. La idea pesa más tras años de sequía, presas vacías, acuíferos castigados y agricultura bajo presión.
Además, según Le360, el llenado ofrece una visibilidad de dos a tres años para agua potable, no una garantía absoluta para riego, industria o todos los usos del país.
El agua nacional no se mide solo en embalses. También cuentan acuíferos, desaladoras, consumo agrícola, evaporación, pérdidas en redes y capacidad de mover recursos desde las zonas húmedas hacia regiones más secas cuando cambia la demanda.
Ahí está la lección que Marruecos intenta proyectar hacia España. No consiste en tener hoy más agua embalsada, porque España también llega a junio con reservas altas, sino en aprovechar el alivio para acelerar reformas.
La reserva hídrica española se situaba el 16 de junio en el 81,5% de capacidad, con 45.672 hectómetros cúbicos almacenados. El contraste no está en el porcentaje inmediato, sino en cómo preparar el siguiente ciclo seco.
Marruecos sabe que una primavera húmeda no cancela siete años de vulnerabilidad. Por eso combina presas, desalación, interconexión de cuencas y reutilización de aguas residuales para reducir su dependencia directa de una lluvia cada vez más irregular.
Una pieza visible es la llamada “autopista del agua”, una red de interconexión entre cuencas pensada para trasladar recursos desde zonas con más disponibilidad hacia áreas sometidas a mayor estrés hídrico y demanda urbana agrícola.
La estrategia también mira al mar. Marruecos quiere que el 60% de su agua potable proceda de desalación en 2030, frente al 25% actual, con 17 desaladoras operativas y cuatro en construcción.
El problema de fondo es que el calor extremo cambia las reglas. Ya no basta con esperar lluvia y almacenarla en embalses: las altas temperaturas aumentan evaporación, endurecen sequías y vuelven más imprevisible el ciclo hidrológico.
La paradoja es que Marruecos también sufrió el extremo contrario. Tras años de sequía, lluvias intensas provocaron inundaciones, desplazaron a 188.000 personas y anegaron 110.000 hectáreas agrícolas en el noroeste del país, según Reuters en febrero.
Por eso no debe leerse como victoria definitiva, sino como una ventana de oportunidad. Marruecos ha ganado margen, pero ese margen puede evaporarse rápido si encadena nuevos veranos secos y olas de calor.