Alberto Soler en el podcast Aprendemos juntos de BBVA.

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Ciencia

Alberto Soler, psicólogo: "Somos más tontos que hace 50 años y hay datos que lo respaldan. Las pantallas no son la única causa"

Afirmar que cada generación es peor que la anterior es casi una costumbre universal. Sin embargo, en inteligencia parece que esto es una certeza.

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Las claves

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El psicólogo Alberto Soler afirma que las nuevas generaciones presentan una disminución en los niveles de inteligencia respecto a las anteriores, respaldado por datos científicos.

Durante el siglo XX, el cociente intelectual aumentó debido a mejores condiciones ambientales, como mayor escolarización y mejor nutrición, fenómeno conocido como efecto Flynn.

Desde hace décadas, esta tendencia se ha invertido y diversos estudios en países desarrollados muestran un estancamiento o descenso del cociente intelectual.

Los factores que podrían explicar este descenso incluyen cambios en los sistemas educativos, peor nutrición infantil y una relación diferente con la información y la tecnología, no solo el uso de pantallas.

Decir que cada generación es peor que la anterior, en varios sentidos, es casi un deporte universal y totalmente normalizado. Lo decían nuestros abuelos, lo dijeron nuestros padres, e incluso existen escritos de la época de Sócrates y Platón donde se criticaba a la juventud de aquel entonces en este mismo aspecto.

Y, con total probabilidad, lo acabaremos diciendo nosotros mismos cuando veamos que alguien más joven no sepa usar un abrelatas, lea solo titulares y no toda la noticia o vea películas a velocidades de x1.5 o x2.

Sin embargo, como apunta el psicólogo Alberto Soler en uno de sus reels de Instagram, la realidad es que existe un aspecto donde sí se ha evidenciado que las nuevas generaciones son peores que las anteriores: la inteligencia.

Como explica el mismo Soler, "las personas cada vez somos menos inteligentes, o más tontas, como quieras enfocarlo, y no es una percepción mía, sino que es un hecho probado". Se trata de una afirmación provocadora, pero con mucha evidencia científica tras de sí.

Cada vez menos inteligentes

Durante gran parte del pasado siglo XX, ocurría justo lo contrario: las puntuaciones de los test de inteligencia aumentaban generación tras generación; es lo que se conoce como efecto Flynn, en honor al investigador James Flynn, que observó cómo el cociente intelectual medio aumentaba de forma sostenida con el paso de las décadas.

Aproximadamente, se observó un aumento del CI de tres puntos por década. Nunca hubo una explicación sencilla para este efecto. Nuestra genética no puede cambiar tras el paso de tan solo 50 años, ni tampoco es factible afirmar que nuestros abuelos poseían peores cerebros.

Lo más probable, según los expertos, es que mejorasen las condiciones ambientales: más escolarización, mejor nutrición, familias más pequeñas, entornos cognitivamente más exigentes, mejor y mayor acceso a la información y mejores condiciones sanitarias.

En otras palabras, nuestro cerebro no mejoró de forma milagrosa, pero sí creció en un mundo más favorable. El problema actual, como señala Soler, es que "desde hace décadas, esa tendencia se ha invertido".

El primer signo de alarma llegó desde Noruega, donde se observó que los nacidos después de 1975 obtenían peores resultados que las generaciones previas. Posteriormente aparecieron estudios similares en otros países desarrollados, como Dinamarca, Reino Unido, Francia, Holanda, Finlandia o Estados Unidos.

La curva de inteligencia que anteriormente aumentaba progresivamente empezó a aplanarse e incluso descender. Según explica también el psicólogo, existirían "varias hipótesis" para explicar este descenso.

Por un lado, la educación, que si bien es cierto no ha ido a peor, sí se han producido determinados cambios en los sistemas educativos que habrían reducido su exigencia, la necesidad de concentración sostenida o la estimulación intelectual necesaria en el desarrollo; aprender no es solo acumular datos, sino que también implica entrenar la memoria, la atención, la abstracción y la capacidad de resolver problemas sin recompensa inmediata.

Otra hipótesis podría ser la nutrición, como comenta Soler: "Una peor alimentación en los primeros años podría estar teniendo un impacto directo en el desarrollo intelectual". Si bien es cierto que vivimos en sociedades con más alimentos disponibles que nunca, eso no significa comer mejor.

De hecho, la infancia actual está expuesta a productos ultraprocesados, exceso de azúcares, dietas pobres en micronutrientes y hábitos que empeoran el sueño, el metabolismo y, de forma indirecta, el rendimiento cognitivo.

Respecto a las pantallas, aunque sería tentador acusarlas como la causa primigenia del descenso de inteligencia, la realidad no es tan fácil: "No digo que las pantallas o que las redes sean el único culpable, ya sé que eso es lo primero que nos viene a la cabeza. Probablemente es muchísimo más complejo".

Lo que sí sabemos es que algo ha cambiado en nuestra relación con la información: "Antes leíamos artículos largos y ahora solamente leemos titulares, y si antes escuchábamos discos enteros, pues ahora saltamos de canción en canción. Algo está cambiando en cómo procesamos la información, y parece ser que eso está teniendo un impacto en nuestra inteligencia".

Como explica Soler, hoy en día vivimos rodeados de estímulos breves, recompensas inmediatas y notificaciones que interrumpen cualquier intento de concentración.

La cuestión no sería realmente demonizar la tecnología, sino preguntarnos qué tipo de mente estamos entrenando, teniendo en cuenta que pasamos el día consumiendo "fragmentos" de diferentes informaciones.

Sí, procesamos y reaccionamos rápido, pero ser multitarea acaba siendo un problema. La inteligencia también depende del entorno que le damos para crecer.