Un mujer joven sentada en la ventana.

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Ciencia

Eugenia tiene agorafobia y ha tenido que dejar de ir al trabajo: "Si me ves desde fuera parezco una persona normal"

La terapia de exposición y el apoyo familiar se han convertido en pilares esenciales para que María Eugenia pueda afrontar su día a día.

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J. Rodríguez
Publicada
Las claves

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María Eugenia sufre agorafobia desde los 15 años, un trastorno de ansiedad que la obliga a evitar lugares donde escapar resulta difícil.

La enfermedad ha impactado profundamente en su vida personal, social y laboral, hasta el punto de tener que dejar su trabajo como teleoperadora.

El proceso de diagnóstico fue largo y complicado; la agorafobia le provoca ataques de pánico y la necesidad constante de buscar lugares seguros.

A pesar del tratamiento y los avances, la agorafobia sigue limitando su día a día, pero María Eugenia continúa luchando por recuperar calidad de vida.

La agorafobia cambió la vida de María Eugenia a los 15 años. Lo que comenzó como un trayecto en autobús hacia la playa junto a sus amigas terminó convirtiéndose en el inicio de un trastorno de ansiedad que, décadas después, sigue condicionando su rutina diaria.

Reconoce que ha aprendido a convivir con la enfermedad, aunque asegura que nunca logró recuperarse del todo. La paciente cuenta a La voz de la salud cómo una patología invisible puede alterar completamente la vida personal, social y laboral de quien la padece.

Durante aquel episodio inicial, comenzó a sufrir sudores, sensación de ahogo y fuertes náuseas. Tuvo que bajarse del autobús y pedir ayuda a su madre. Desde entonces, salir de casa empezó a convertirse en una experiencia angustiosa y llena de miedo.

La agorafobia es un trastorno de ansiedad relacionado con el temor intenso a encontrarse en lugares de donde escapar resulta complicado. Los pacientes suelen experimentar ataques de pánico, mareos, sensación de asfixia, molestias gastrointestinales y un profundo miedo a perder el control fuera de casa.

María Eugenia explica que el hogar se convierte en el único espacio seguro. Según relata, el problema aparece justo al cruzar la puerta. La necesidad constante de localizar una salida, un baño o un lugar donde refugiarse acaba dominando cualquier desplazamiento cotidiano.

Cuadro severo

El proceso hasta obtener un diagnóstico fue largo y complicado. Durante meses permaneció prácticamente encerrada, sin entender qué le ocurría. Incluso llegó a dejar de comer por miedo a vomitar, algo que llevó inicialmente a sospechar de un trastorno alimentario.

Finalmente, una psicóloga detectó que detrás de aquellos síntomas existía un cuadro severo de ansiedad con agorafobia. A partir de ese momento comenzó un tratamiento basado en medicación, psicoterapia y terapia de exposición, una técnica que busca afrontar gradualmente los miedos para reducir la ansiedad.

Sin embargo, reconoce que la enfermedad nunca desapareció completamente. "Si me ves desde fuera parezco una persona normal", afirma. Aunque muchas personas creen que lleva una vida corriente, asegura que su entorno cercano conoce realmente las limitaciones que todavía arrastra diariamente.

Uno de los aspectos más difíciles ha sido el impacto laboral. María Eugenia trabajaba como teleoperadora, pero lleva más de un año de baja. El simple trayecto al trabajo se convirtió en un sufrimiento constante que solo podía afrontar acompañada de su padre.

La enfermedad también afecta a sus relaciones sociales. Aunque conserva amistades de toda la vida, admite que muchas veces se siente excluida de planes o viajes porque quienes la rodean saben que no puede participar en determinadas actividades fuera de su zona segura.

Pese a todo, insiste en que su objetivo no es rendirse. María Eugenia asegura que continúa luchando por recuperar parte de la calidad de vida que la agorafobia le arrebató hace más de dos décadas y que todavía condiciona cada uno de sus días.