Explosión de una supernova.
Maya Fishbach, astrofísica: “Hemos encontrado una de las formas más violentas de morir que tiene una estrella”
Hay un vacío en el cosmos cuya explicación más plausible apunta a estrellas cuya física interna desencadena una detonación termonuclear que las borra del mapa.
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La muerte de una estrella ya suele ser, por definición, un espectáculo descomunal. Pero hay casos en los que esa explosión deja de ser solo gigantesca para convertirse en algo todavía más extremo: una detonación tan brutal que no deja detrás ni una estrella de neutrones ni un agujero negro.
Esa es, justamente, la idea que resume la astrofísica Maya Fishbach al hablar de las supernovas de inestabilidad de pares, un tipo de explosión teorizado desde hace décadas para algunas de las estrellas más masivas del universo. Reuters recogió su definición con una frase muy clara: se trata de “una de las formas más titánicas” o violentamente explosivas de muerte estelar.
La noticia tiene bastante peso porque, hasta ahora, estas explosiones existían sobre todo como predicción teórica. El nuevo trabajo, publicado en Nature, no observa directamente una de estas supernovas, pero sí encuentra una pista muy poderosa de que realmente suceden.
Los investigadores analizaron datos de 153 pares de agujeros negros detectados por ondas gravitacionales y encontraron algo extraño: una ausencia clara de agujeros negros en una franja de masas que va aproximadamente de 44 a 116 masas solares. Esa “zona prohibida” encaja muy bien con la idea de que ciertas estrellas enormes no dejan remanente alguno, porque su explosión las destruye por completo.
Ahí está la clave real del hallazgo. En una supernova más convencional, la estrella expulsa parte de su material y deja atrás un objeto compacto. En estas otras, en cambio, la estrella queda literalmente aniquilada. Reuters explica que el fenómeno afectaría a astros con unas 140 a 260 veces la masa del Sol.
En su interior, las temperaturas son tan extremas que algunos fotones se transforman en pares de electrones y positrones. Ese proceso debilita la presión que sostenía el núcleo, rompe el equilibrio interno y desencadena una explosión termonuclear desbocada que despedaza la estrella entera.
No está usando una hipérbole cualquiera, sino describiendo una clase de muerte estelar que se sale incluso de la violencia habitual de las supernovas. La mayoría de las estrellas muy masivas terminan formando agujeros negros.
Pero aquí ocurre algo distinto: a partir de cierto umbral de masa, la física cambia tanto que no queda nada. La estrella no colapsa para convertirse en un remanente oscuro; desaparece por completo en la explosión. El estudio resulta llamativo también por el método. En vez de observar directamente esas explosiones, los científicos han usado agujeros negros y ondas gravitacionales como una especie de registro indirecto.
Si falta una determinada gama de agujeros negros donde cabría esperar encontrarlos, una explicación razonable es que sus estrellas progenitoras fueron borradas por estas supernovas extremas antes de poder dejar un objeto compacto. Los autores hablan, en esencia, de leer la huella de una explosión a través de una ausencia.
Conviene afinar bien el alcance del hallazgo. Los autores hablan de evidencia indirecta, no de una confirmación definitiva observando una explosión en tiempo real. De hecho, estas supernovas son raras y muy difíciles de identificar de forma directa, aunque sí existían ya algunos candidatos observacionales previos.
Precisamente por eso, la señal detectada en la distribución de masas de los agujeros negros aparece ahora como una de las pistas más sólidas reunidas hasta la fecha.