El embalse español que no solo guarda agua: también esconde un monumento prehistórico más antiguo que las pirámides

El embalse español que no solo guarda agua: también esconde un monumento prehistórico más antiguo que las pirámides

Ciencia

El embalse español que no solo guarda agua: también esconde un monumento prehistórico más antiguo que las pirámides

Cuando baja el agua en Valdecañas, emerge el dolmen de Guadalperal, el “Stonehenge español”: un templo megalítico anterior a las pirámides de Egipto.

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Las claves

El dolmen de Guadalperal, conocido como el 'Stonehenge español', emerge de forma intermitente en el embalse de Valdecañas, Cáceres, cuando baja el nivel del agua.

Este monumento megalítico tiene una antigüedad estimada entre el quinto y el tercer milenio a.C., anterior a las grandes pirámides egipcias.

El conjunto cuenta con más de 140 losas de granito, una cámara funeraria de cinco metros de diámetro y un corredor de casi diez metros.

Las autoridades han implementado trabajos de documentación y protección para preservar el dolmen debido al riesgo de deterioro y expolio cuando queda expuesto.

Hay lugares en España donde, cuando baja el agua, no aparece solo barro, piedra o la huella de una sequía dura. A veces emerge algo mucho más raro: un paisaje prehistórico completo.

Eso es lo que ocurre en el embalse de Valdecañas, en Cáceres, donde reaparece de forma intermitente el dolmen de Guadalperal, un monumento megalítico al que muchos llaman el “Stonehenge español” y cuya cronología se sitúa entre el quinto y el tercer milenio antes de Cristo.

Esa horquilla lo coloca claramente por delante de las grandes pirámides egipcias más conocidas, levantadas muchos siglos después. El impacto visual ayuda a entender por qué cada reaparición se convierte en noticia. Allí, en mitad de un paisaje marcado por el retroceso del agua, se levanta una estructura de grandes bloques de granito que rompe por completo la imagen habitual de un embalse.

No parece una ruina cualquiera ni un simple resto arqueológico aislado: parece el esqueleto de un mundo desaparecido que vuelve a asomar cuando el nivel del agua cede. Esa es una de las razones por las que su apodo mediático ha prendido tan bien, aunque los especialistas recuerdan que se trata de un dolmen, no de una copia de Stonehenge.

Lo que hace tan singular a Guadalperal no es solo su edad, sino también su historia reciente. El monumento fue excavado entre 1925 y 1927 por el arqueólogo Hugo Obermaier, pero décadas después quedó anegado por la construcción del embalse. Desde entonces, su visibilidad depende del agua: pasa años oculto y, en periodos de sequía o niveles excepcionalmente bajos, vuelve a quedar a la vista como si el paisaje lo devolviera temporalmente al presente.

Arquitectura ritual

El Ministerio de Cultura y los equipos arqueológicos llevan años trabajando sobre esa paradoja. El dolmen se convirtió en un caso emblemático de patrimonio sumergido y vulnerable, hasta el punto de que el Instituto del Patrimonio Cultural de España activó trabajos de documentación, análisis y consolidación cuando la bajada del embalse lo dejó expuesto.

Los investigadores lo describen como un complejo megalítico importante, con más de 140 losas de granito, una cámara funeraria de unos cinco metros de diámetro y un corredor de casi diez metros. Ahí está también el verdadero gancho de esta historia: el embalse no oculta una piedra famosa y poco más, sino un enclave arqueológico de enorme valor dentro de una zona que ha conservado huellas de múltiples culturas.

Cuando la sequía redujo drásticamente el volumen de agua en Valdecañas, entre 2019 y 2023 las autoridades aprovecharon para documentar y rescatar materiales antes de que pudieran deteriorarse o ser saqueados. En esa carrera contrarreloj aparecieron, además del dolmen, otros restos de enorme interés patrimonial en el entorno del vaso del embalse.

Si el conjunto puede fecharse entre el V y el III milenio a. C., hablamos de una arquitectura ritual y funeraria que hunde sus raíces en la prehistoria peninsular más antigua. También hay un punto incómodo que añade tensión al relato. Cada vez que el monumento aflora, crece el interés público, pero también el riesgo de deterioro y expolio.