Tumbas con muros de piedra de las excavaciones de la Edad del Bronce Final cerca de Esperstedt.

Tumbas con muros de piedra de las excavaciones de la Edad del Bronce Final cerca de Esperstedt. Oficina Estatal de Gestión del Patrimonio y Arqueología de Sajonia-Anhalt.

Ciencia

Arqueólogos europeos hallan ADN de hace 3.000 años que cuestionan la invasión que acabó con la Edad del Bronce

Un estudio genético descarta un reemplazo masivo en la Europa del final de la Edad de Bronce y apunta a cambios culturales.

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Las claves

Un estudio de ADN de hace 3.000 años revela continuidad genética en Europa Central durante el final de la Edad del Bronce, contradiciendo la teoría de una invasión que reemplazó a la población local.

Los cambios culturales, como la expansión de la cultura de los Campos de Urnas y el consumo de nuevos cultivos, se debieron más al contacto y el intercambio que a migraciones masivas.

Las prácticas funerarias variaban entre cremaciones, inhumaciones y rituales mixtos, sin grandes diferencias biológicas entre los grupos, lo que sugiere decisiones culturales más que genéticas.

El análisis de dieta y salud indica sociedades flexibles que adoptaban novedades según las circunstancias, sin evidencias de crisis sanitarias generalizadas ni de reemplazo demográfico abrupto.

La Edad del Bronce Final centroeuropea llevaba tiempo atrapada entre dos problemas: un cambio cultural enorme y una biología casi muda. La expansión de la cultura de los Campos de Urnas se conocía bien por la arqueología, pero mucho peor por el ADN.

La razón era bastante prosaica. Entre aproximadamente 1300 y 800 a. C., la cremación se volvió la práctica funeraria dominante en gran parte de Europa Central, y ese ritual destruye buena parte del material genético y químico que permite reconstruir parentescos, movilidad o dieta.

El nuevo estudio, publicado en Nature Communications, ha sorteado ese bloqueo examinando enterramientos raros sin incinerar de Kuckenburg y Esperstedt en Alemania central, y comparándolos con inhumaciones contemporáneas de Alemania del Sur, Bohemia y Polonia. En total, analiza 36 individuos de Alemania central y 33 de regiones vecinas.

El resultado no encaja con una gran invasión que sustituyera a la población local. Los genomas muestran continuidad genética con comunidades anteriores de la Edad del Bronce Temprano, aunque acompañada de aumentos graduales de ascendencia relacionada con los primeros agricultores europeos, con ritmos distintos según la región.

Ese matiz es importante porque no habla de inmovilidad total, sino de cambio sin ruptura brusca. En Alemania central, esas variaciones se perciben sobre todo en fases tardías, lo que sugiere conexiones crecientes con áreas situadas al sur y sureste del Danubio, no un reemplazo demográfico repentino.

Las culturas se mezclaron

Los isótopos de estroncio y oxígeno, que funcionan como una especie de firma química del paisaje donde una persona creció, empujan en la misma dirección. La mayoría de los individuos analizados, incluidos cremados y no cremados, encajan con señales locales; hay movilidad, sí, pero no masiva.

Dicho de otro modo, las novedades culturales parecen haber circulado sobre todo por contacto, intercambio y redes regionales, más que por la llegada de grandes grupos forasteros. Es una imagen menos épica que la invasión, pero bastante más interesante desde el punto de vista histórico.

La dieta añade otra capa muy reveladora al hallazgo. Durante la fase inicial del Bronce Final aparece el consumo de mijo común (broomcorn millet), un cultivo llegado a Europa desde el noreste de China. Pero ese cambio alimentario no coincide con una sacudida genética comparable.

Eso sugiere que el mijo no desembarcó acompañado de una nueva población que lo impusiera, sino que fue adoptado por comunidades ya asentadas. Más aún: en fases posteriores su consumo baja y reaparecen con más peso cereales como trigo y cebada.

La lectura del estudio, por tanto, no es la de una revolución lineal, sino la de sociedades que prueban, ajustan y rectifican. El cambio agrícola no se presenta como una flecha de progreso inevitable, sino como una respuesta flexible a presiones ambientales, económicas o culturales.

También hay información sobre la salud. Los huesos muestran vidas físicamente exigentes, con señales de estrés infantil, desgaste articular y traumatismos ocasionales. Pero el equipo no detectó evidencias de grandes epidemias; sí ADN de bacterias ligadas a problemas bucales, no de crisis sanitarias generalizadas.

Otro punto potente del trabajo es funerario. En estas comunidades convivían cremaciones, inhumaciones, depósitos de cráneos aislados y rituales en varias fases, sin que esas diferencias se correspondan con grupos biológicos claramente distintos. La elección funeraria parece más cultural que genética.

Así que el gran “secreto” de la Edad del Bronce Final no sería una invasión, sino algo más complejo y más humano: comunidades locales bastante estables, conectadas con sus vecinos, capaces de incorporar novedades sin dejar de parecerse a sí mismas.