David Pastor Vico posa para EL ESPAÑOL.

David Pastor Vico posa para EL ESPAÑOL. Esteban Palazuelos

Ciencia

David Pastor Vico (48), filósofo, sobre la felicidad: "Nadie crece en soledad, los griegos llamaban 'idiota' al individualista"

La ciencia apunta que el aislamiento no se limita al malestar psicológico, sino que desencadena procesos biológicos asociados a enfermedad y envejecimiento.

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Las claves

David Pastor Vico denuncia el individualismo radical como una patología social que erosiona la convivencia y la salud mental colectiva.

El filósofo recupera el término griego 'idiotez' para describir al ciudadano que se desentiende de lo común y se encierra en su interés privado.

La neurociencia demuestra que la soledad activa en el cerebro los mismos circuitos que el hambre, y su privación sostenida deteriora la salud física y mental.

España presenta tasas bajas de aislamiento social gracias a la cultura de contacto frecuente, lo que se asocia a un envejecimiento cerebral más saludable.

David Pastor Vico (48) se ha convertido en un fenómeno cultural poco habitual. Filósofo de formación clásica, llena auditorios y estadios con discursos sobre ética en plena era digital. Su éxito no es anecdótico. Responde a una inquietud profunda de nuestro tiempo: la soledad creciente en sociedades hiperconectadas que, paradójicamente, han olvidado el valor del vínculo humano.

Detrás de esa urgencia intelectual hay también una experiencia vital extrema: un melanoma de Breslow 6, uno de los cánceres de piel más agresivos. Esa cercanía con la muerte atraviesa Era de idiotas (Ariel), su último ensayo, donde plantea que el individualismo radical actúa como una patología social que erosiona tanto la convivencia como la salud mental colectiva.

Vico recupera el término griego idiotez para describir al ciudadano que se desentiende de lo común y se repliega en su interés privado. Su diagnóstico no pone paños calientes. “El individualista, el idiota, dinamita la posibilidad de felicidad de la sociedad. Es realmente un saboteador”, afirma en una entrevista en Papel, subrayando que el aislamiento no es una elección inocua, sino una forma de empobrecimiento moral compartido.

Ese repliegue cotidiano tiene gestos reconocibles. “Nos hemos dividido tanto que ya nos montamos en el ascensor y no sabemos con quién vivimos”, lamenta. Para Vico, la encapsulación social rompe los tejidos básicos de confianza y cooperación que sostienen cualquier comunidad sana. La ética deja de ser abstracta y se convierte en una cuestión de supervivencia cotidiana.

La neurociencia del hambre social

Lo que el filósofo describe como quiebra ética encuentra respaldo en la neurociencia contemporánea. La investigadora Kay Tye, del Instituto Salk, ha demostrado que la soledad activa los mismos circuitos cerebrales que el hambre física. “¿Desean las personas solitarias interacciones sociales de la misma manera que una hambrienta ansía la comida?”, se preguntaba. La respuesta experimental fue afirmativa.

Mediante técnicas de optogenética, Tye identificó las neuronas del núcleo dorsal del rafe como reguladoras del anhelo social. Su activación no genera placer, sino urgencia. Livia Tomova, desde el MIT, confirmó este patrón en humanos tras diez horas de soledad controlada mediante resonancia magnética funcional. El cerebro busca contacto para evitar el malestar del aislamiento

La privación social sostenida no solo incomoda, deteriora. Estudios clínicos muestran que la soledad actúa como un estresar biológico de primer orden. La neurocientífica Katherine Peters advierte de que puede “apagar las neuronas de dopamina”, desactivando el sistema de recompensa y favoreciendo procesos degenerativos asociados a depresión y deterioro cognitivo progresivo.

Vico no teoriza desde la distancia. Durante su tratamiento oncológico convirtió la acción en una corma de resistencia. “Yo no huía de la situación, yo corría por mi vida: Run for your lite”, relata, citando a Iron Maiden. Para él, pensar no es contemplar, sino implicarse, reaccionar y asumir responsabilidad frente a lo que nos ocurre como individuos y como sociedad.

Esa actitud se traduce también en una crítica al empobrecimiento del debate público. “Vine a jodernos el día: estoy aquí para hablar de ti”, advierte al espectador. Denuncia la falsa equidistancia mediática y la sustitución del conocimiento por el ruido, donde “un terraplanista debate con un catedrático” sin que importe la verdad, solo la visibilidad.

Pese al diagnóstico sombrío, España conserva ciertos factores protectores. El neurocientífico Bryan Strange destaca la existencia de “superenvejecedores”, personas mayores con cerebros funcionalmente jóvenes, asociadas a culturas de contacto frecuente. En nuestro país, solo el 2,2% de la población se siente aislada, frente al 6% de la media europea, según datos comparativos recientes.

Vico condensa esta convergencia entre ética y biología con una cita aristotélica que atraviesa su obra. “Sin amigos no merece la pena vivir. La ética es el arte de aprender a vivir bien”. La neurociencia confirma que estamos diseñados para el vínculo. La filosofía recuerda que ignorarlo no es libertad, sino una forma lenta de autodestrucción social.