Un vino espumoso de la D.O. Rueda, un roscón hecho en Castilla y León y unas mantecadas de Astorga, en un montaje de EL ESPAÑOL

Un vino espumoso de la D.O. Rueda, un roscón hecho en Castilla y León y unas mantecadas de Astorga, en un montaje de EL ESPAÑOL

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El irresistible sabor navideño de Castilla y León: dulces con memoria, platos que abrigan, roscones y famosos espumosos

Entre hornos de leña, obradores centenarios y bodegas que desafían al frío, las fiestas navideñas en la Comunidad se cocinan a fuego lento.

Más información: La Navidad más mágica se vive en Valladolid: "Somos ciudad de encuentro en estas fechas tan especiales"

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La Navidad en Castilla y León no entra solo por los ojos: entra por el aroma. Por el olor del horno encendido desde primera hora, por el azúcar glas que cae como una nevada doméstica sobre una mesa de madera, por el ajo y el pimentón que despiertan la casa antes de la Misa del Gallo. Aquí las fiestas no se improvisan. Se heredan. Y la cocina, más que un recetario, es un archivo emocional en el que cada plato guarda una historia familiar, un paisaje, una estación.

En una comunidad extensa y diversa de mesetas frías y sierras ásperas, de riberas fértiles y pequeños pueblos la Navidad se celebra con una despensa reconocible y un calendario preciso. Diciembre es tiempo de dulces que viajan en cajas forradas de papel de seda; de asados que exigen paciencia; de roscones que provocan debates encendidos; y de brindis con vinos que, cada vez más, buscan burbuja propia. Este es un recorrido por esa mesa larga y compartida.

El mapa del dulce

Si la Navidad tuviera un mapa, en Castilla y León estaría dibujado con azúcar, manteca y almendra. Cada provincia aporta su especialidad, y juntas forman una geografía dulce tan reconocible como diversa. No es una repostería ostentosa: es sobria, precisa, pensada para durar y viajar, nacida de conventos, tahonas y obradores familiares.

Los hojaldres de Lagunilla

Crujientes, etéreos, casi sonoros. Los hojaldres de Lagunilla un pequeño municipio salmantino de la Sierra de Francia son un prodigio de técnica: capas finísimas de masa que se inflan en el horno y se rematan con azúcar. No necesitan relleno ni artificio. Su secreto está en la manteca bien trabajada, el reposo paciente y un horneado que exige oficio. En Navidad, se envuelven uno a uno y se regalan como quien comparte un tesoro frágil.

Las mantecadas de Astorga

Quizá el dulce navideño más universal de la comunidad. Las mantecadas de la localidad leonesa de Astorga son historia industrial y doméstica a la vez: nacieron para aprovechar la manteca de las vaquerías maragatas y se convirtieron en emblema gracias al ferrocarril y al papel rizado que las protege. Harina, huevos, azúcar y manteca, sin más. En Navidad, su miga tierna y su sabor limpio hacen de contrapunto a mesas cargadas.

Las rosquillas zamoranas

Zamora presume de rosquillas austeras, doradas, aromatizadas con anís o aguardiente. No buscan la esponjosidad extrema, sino el equilibrio entre crujiente exterior y corazón firme. Son dulces de sobremesa larga, de café humeante y conversación lenta, ideales para las tardes frías en las que la fiesta se alarga sin prisa.

Las perrunillas salmantinas

De origen conventual, las perrunillas son pequeñas joyas de manteca, huevo y azúcar, a menudo perfumadas con limón. Compactas, delicadas, se deshacen con facilidad. En Navidad aparecen en bandejas mixtas, compartiendo espacio con pastas y mantecados, recordando que la sencillez bien ejecutada no pasa de moda.

El turrón de Soria

La provincia ha sabido reinterpretar el clásico navideño con identidad propia. Almendra de calidad, miel, azúcar y clara de huevo, sí, pero también versiones que incorporan productos locales: mantequilla soriana, trufa negra, piñones. El resultado son turrones menos empalagosos, de textura cuidada, que miran a la tradición sin dejar de innovar.

Este mapa dulce no se agota aquí. Hay amarguillos abulenses, marquesas vallisoletanas, almendrados segovianos. Todos comparten una idea: la Navidad se prepara con tiempo, se guarda en latas y se ofrece con orgullo.

Lechazo asado a baja temperatura de Paredes de Nava (Palencia)

Lechazo asado a baja temperatura de Paredes de Nava (Palencia) Brágimo ICAL

Platos que cuentan historias

La cocina salada navideña de Castilla y León es un relato de invierno. Habla de frío, de ganadería, de matanza, de ríos y de ayunos. Son platos pensados para alimentar cuerpos y reunir familias, para celebrar sin estridencias.

Lechazo y cordero al horno

Pocos platos explican mejor la región. El lechazo cordero lechal asado es ceremonia y técnica. Se cocina entero o en cuartos, apenas aderezado con agua y sal, en horno de leña. El resultado es una piel crujiente y una carne blanca, jugosa, que no necesita salsa. En Navidad, el asado se convierte en el centro de la mesa, especialmente en Segovia, Burgos y Valladolid. El cordero al horno, algo más crecido, aporta intensidad y carácter, y admite hierbas suaves o un toque de ajo.

Sopa de ajo

Humilde y poderosa, la sopa de ajo es el prólogo perfecto para las noches frías. Pan asentado, ajo, pimentón, caldo y huevo escalfado. En algunas casas se enriquece con jamón; en otras, se mantiene austera. Tradicional en Nochebuena tras la Misa del Gallo, reconcilia el cuerpo con la madrugada.

Truchas de sartén

En las zonas de río, especialmente en León y Palencia, la trucha aparece en Navidad como recuerdo de una pesca cercana. Fritas, rebozadas o al ajillo, son un guiño a la tradición de vigilia y a la despensa fluvial. Su sencillez contrasta con los asados y equilibra el menú.

Bacalao al ajoarriero

Plato viajero y de ayuno, el bacalao se asentó en Castilla y León como solución a la falta de mar. El ajoarriero con ajo, pimiento, tomate y aceite es una receta identitaria en Burgos y Palencia. En Navidad, su presencia recuerda la importancia del calendario litúrgico y del ingenio culinario.

Pollo de corral

Antes de que el cordero se impusiera como símbolo festivo, el pollo de corral era protagonista. Guisado con almendras, asado relleno o en pepitoria, conserva un lugar de honor en muchas mesas familiares. Es un plato de cuidado lento, de salsas que se mojan con pan y de recetas transmitidas de madres a hijas.

Cada uno de estos platos cuenta una historia de adaptación y permanencia. No son recetas de exhibición, sino de pertenencia.

Roscones de Reyes a la venta en Valladolid

Roscones de Reyes a la venta en Valladolid Miriam Chacón ICAL

El roscón perfecto

Si hay un dulce que desata pasiones y debates en Castilla y León es el roscón de Reyes. No es solo un postre: es una prueba de lealtad a la tradición y, al mismo tiempo, un campo de experimentación.

Obradores de referencia

En todas las capitales y muchas villas hay pastelerías que viven diciembre como un examen anual. Obradores que respetan la fermentación lenta, el aroma natural de azahar, la fruta escarchada bien trabajada. Algunos apuestan por masas enriquecidas con mantequilla local; otros reivindican recetas más ligeras. El roscón clásico —sin relleno o con nata montada— sigue siendo el favorito, pero exige precisión: miga alveolada, corteza fina, perfume equilibrado.

Del roscón tradicional al de autor

En los últimos años han llegado los roscones rellenos de crema tostada, chocolate, praliné, incluso versiones saladas. La discusión es inevitable: ¿innovación o herejía? En Castilla y León, la respuesta suele ser salomónica. Se prueba lo nuevo, pero se vuelve al de siempre. El roscón de autor tiene su espacio, sobre todo en pastelerías urbanas; el tradicional, en las mesas familiares donde la sorpresa el haba o la figurita sigue marcando el final de las fiestas.

Burbujas de aquí

Durante años, la Navidad se brindó con cavas foráneos. Hoy, Castilla y León reivindica sus propias burbujas y vinos dulces y espumosos, nacidos de climas extremos y viñedos de altura.

Rueda ha sido pionera en la elaboración de espumosos a partir de verdejo, con vinos frescos, de acidez viva. En el Bierzo, la godello y la mencía dan lugar a burbujas con carácter atlántico. En Ribera del Duero y Arlanza, proyectos pequeños exploran métodos tradicionales con resultados cada vez más afinados. Son espumosos gastronómicos, pensados para la mesa.

Y esos espumosos encajan a la perfección con los dulces locales. Las mantecadas agradecen espumosos secos que limpien el paladar; los turrones de almendra y miel armonizan con vinos dulces naturales o espumosos semisecos; los hojaldres, con burbujas finas y ligeras. La clave está en el equilibrio: acompañar sin tapar, realzar sin competir.

Un sabor a hogar

La gastronomía navideña de Castilla y León no busca titulares, sino continuidad. Se apoya en productos cercanos, técnicas heredadas y un profundo respeto por el tiempo. En un mundo acelerado, estas mesas recuerdan que celebrar es cocinar despacio, compartir sin ruido y reconocer en cada bocado un paisaje.

Quizá por eso, cuando llega enero y se apagan las luces, queda la sensación de haber participado en algo más que una comida: una forma de estar juntos que se repite, año tras año, como un rito necesario.