Región

Un espacio para la fe dentro del santuario de la ciencia

13 octubre, 2018 15:27

El hospital de Salamanca es un conglomerado de edificios con miles de metros cuadrados donde cada día se atiende a miles de pacientes. Un santuario de la ciencia donde también hay un espacio para la fe, porque “ toda persona hay que tratarla en su integridad, en lo físico, lo psíquico, lo social y también lo espiritual”. Sandro González es el sacerdote a tiempo completo al cargo de la capilla del complejo sanitario de la capital charra (en la segunda planta del Clínico), donde también acuden otros cuatro párrocos 24 horas a la semana para que este pequeño templo permanezca siempre abierto.

Un lugar donde atender a enfermos y familiares, además de concelebrar los sacramentos de eucaristía, perdón y unción de enfermos. “Aquí no se bautiza ni se hacen funerales, antes había una pila, pero ya desapareció. Vienen a orar y a llorar, a desahogarse, siempre te puedes encontrar a gente”. Además, todos los días se visita a todas horas a enfermos a petición de familiares, con la colaboración de dos monjas.

Sandro González lleva una década en esta capilla, donde la fe alcanza su máxima expresión, por aquello de que uno sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena. Es decir, que cuando está cercana la muerte el ser humano tiende a volverse más espiritual y buscar en el más allá la respuesta que no encuentran los médicos más acá. “La familia suele ser más reticente si se habla de unción de enfermos, pero el paciente sí acepta porque le reconforta”.

De hecho, hay estudios científicos que demuestran que un enfermo con paz espiritual experimenta mejorías físicas. “Yo mismo puedo dar fe de ello, estaba paralítico y ando, aunque dijeran dos doctores que no andaría nunca más en la vida sin un milagro”. Una fe abierta a otras religiones, pues en dos ocasiones se cedió el espacio para otro culto, “se retiró el rosario y el pastor por cierto hizo una oración preciosa”.

Eso con permiso, pues sin él una vez se encontró a medio centenar de personas de la comunidad gitana desarrollando un rito evangelista. “Escuché muchas voces dentro y me asusté al abrir la puerta, me alarmé, pero pudieron desarrollarlo hasta el final. Eso sí, me dejaron el cirio toda la noche encendido”, bromea el capellán.

Porque la capilla está abierta a todo el que requiera sus servicios. “Yo no juzgo a nadie, el único que juzga es Dios, no pregunto si alguien es más religioso o no. Lo que se trata es de empatizar con el enfermo y la familia y después asistirle y ayudarle”.