Calentamiento de la Selección española frente a Cabo Verde Reuters
Una resaca sin alcohol
Ayer éramos los más grandes; hoy somos un manojo de dudas envuelto en una bandera.
El día siguiente a un empate inesperado amanece siempre con un gris distinto, casi plomizo, como el cielo en una tormenta de verano.
No importa que el sol brille en el cielo; hay un crujido sordo en el ánimo colectivo, una suerte de resaca sin alcohol que se instala en las barras de los bares y en las conversaciones de la calle.
España empató a cero goles contra Cabo Verde en su primer partido del Mundial de Fútbol, y de pronto, el país parece haber encogido un par de tallas.
El fútbol, ese gran termómetro hiperbólico de nuestra salud emocional, nos ha vuelto a recordar su capacidad para dictar el humor nacional.
Ayer éramos gigantes, con un equipo que haría historia, “el mejor’, se decía; hoy somos un manojo de dudas envuelto en una bandera roja y gualda, como la de antaño.
No fue una derrota flagrante, marcada por un empate, de esas que encienden la ira y activan el sálvese quien pueda. Fue algo más sutil y, por tanto, más dañino: un goteo de impotencia en hacer un gol.
Cabo Verde, con el romanticismo indomable de los equipos que no tienen nada que perder y un océano de orgullo que defender, plantó un muro de viento y orden que la Selección no supo descifrar.
Ni Rodri, ni Pedri, ni Lamine Yamal, ni Niko, ni Ferrán…
El silencio que inundó las terrazas al pitar el final no era de enfado, sino de perplejidad, porque nadie daba crédito al batacazo.
Se recogieron las banderas con la parsimonia de quien dobla las sábanas un domingo por la tarde. Con la mirada baja se abandonaron las terrazas y los bares.
Este es un país que pasa del optimismo antropológico al catastrofismo más absoluto en lo que tarda en pitar un árbitro el final de un partido.
El bajón no es solo deportivo; es una pequeña grieta en nuestra autoestima lúdica, de la que el fútbol es su primera representación.
Hay una sociología fascinante en el día después de las hecatombes futboleras, digna de estudio en las facultades.
El quiosquero entrega el periódico con un suspiro contenido, ¡ay!; en el metro, las pantallas que repiten los goles fallados reciben miradas de reojo, casi de reproche.
El fútbol en el Mundial funciona como un pegamento social, un pretexto para la tregua y la euforia común.
Cuando ese pegamento falla, nos quedamos expuestos a la fría rutina, despojados del escudo de la épica, que se presupone en el llamado ‘deporte rey’.
“Nos hemos acostumbrado tanto a la brillantez que el fútbol de picar piedra nos parece una afrenta personal. Ayer faltó poesía y sobró ansiedad", dicen los diversos cronistas en sus artículos que desprenden cierto tufo.
Uruguay: el horizonte de la redención
Pero el fútbol, generoso en su crueldad, siempre ofrece una última página en blanco antes de cerrar el libro. Y esa página se llama Uruguay.
Aunque antes debemos vernos las caras con otra selección de ‘abajo’, Arabia Saudita.
Ya no valen las medias tintas ni los cálculos de servilleta. El próximo partido no es una cita táctica; es un duelo de supervivencia física y mental.
Enfrentarse a la fe charrúa en plena crisis de identidad es como intentar calmar un dolor de muelas masticando hielo: va a doler, va a ser duro y va a exigir una piel que España ayer no demostró tener.
Es la selección uruguaya de Federico Valverde, Bentancur, Ugarte y Darwin Núñez, si es que antes hemos hecho los deberes con los saudís.
Para ganar a Uruguay, y evitar la segunda plaza del grupo, y de esta forma dejar al lado a Argentina, que se presupone primera del grupo J, no bastará con el violín del rondo y la posesión estéril, tan a la moda culé, que parece le gusta en demasía a De la Fuente.
Habrá que bajar al barro, ponerse el mono de trabajo y recordar que el talento, sin el colmillo afilado, es solo un adorno burgués, o sino que se lo digan al Madrid de la temporada que acaba.
España necesita ganar –tanto a Arabia Saudita como a Uruguay-, no solo por la aritmética de los puntos o por evitar la humillación del aeropuerto prematuro.
Necesita ganar para recuperar el color rojo y amarillo en las mejillas, para que el café de la mañana vuelva a saber a fútbol y no a amargura, y para demostrarse a sí misma que el bajón del lunes ante Cabo Verde no fue más que un bache en el camino hacia la gloria.
Toca afilar las botas, ¡ay!