Escuela de Tauromaquia de Salamanca
Una vergüenza de manual (pagada por todos): la Escuela de Tauromaquia
Los problemas recientes de la escuela salmantina —retrasos en el curso, denuncias internas y ausencia de protocolos básicos— han dejado al descubierto una gestión cuestionada.
Lo que pasa en la Escuela de Tauromaquia de la Diputación de Salamanca no es una crisis. Seamos claros. Es un ejemplo de manual, casi pedagógico, de cómo la administración puede coger algo que funcionaba y convertirlo en un problemón que nadie, absolutamente nadie, se molesta en explicar. Y encima, financiado hasta el último céntimo con nuestro dinero.
A expensas del informe de la Fiscalía que, según se comenta, se hará público en unos días, sobre un asunto que apunta oscuro.
Que no busque nadie catástrofes raras. Aquí no ha caído ningún meteorito en el albero ni una plaga se ha llevado las dehesas salmantinas por delante. Lo que hay es dejadez institucional pura y dura, un desorden monumental y cero ganas de asumir responsabilidades. Así de simple y así de preocupante.
Desde la Institución provincial llevan meses con una táctica revolucionaria: no empezar el curso. Ni calendario, ni planes, ni explicaciones. Es la "innovación" administrativa del avestruz: si te escondes lo suficiente, igual el problema se cansa y se va.
Pues no, no funciona y, menos, en este caso, para el que en redes sociales se ha espaciado la petición de defender la continuidad de la Escuela de Tauromaquia de la Diputación de Salamanca. Por cierto, la joya de la corona en el mundo taurino, alabada y premiada en todos los rincones de la geografía taurómaca.
Mientras, a los alumnos y a sus familias les toca tragar con la única disciplina que les ofrecen: la paciencia institucional. Esa de esperar respuestas que nunca llegan, fechas que no existen y decisiones que alguien, en un despacho muy cómodo, debió tomar hace un siglo. Y, ahora, aseguran que comenzarán sus clases sin decir cuándo y dónde.
Y todo bajo el paraguas de lo público, que es lo más preocupante. Lo que hace que esto sea sangrante es que es una supinairresponsabilidad subvencionada.
En cualquier empresa, esto tendría consecuencias. Aquí no. Aquí la reacción oficial es el silencio, ese que ya no sabes si es estrategia o es que ya es la norma. Una forma de actuar que lleva muchos años instalada en esta ‘santa casa’ de Felipe Espino.
La Escuela de Tauromaquia de la Diputación de Salamanca no es un adorno folclórico. Es la base de todo el escalafón taurino. Sin novilleros nuevos, esto se muere. Ya veníamos anunciándolo hace muchos años, ante la escasez de novilladas con picadores.
Pero, ahora, adquiere otra dimensión en el escalafón más inferior. Con estas circunstancias, los festejos serán un producto artificial, carísimo y lejos de la gente. Si la base falla, todo el sistema de ferias se nos viene abajo.
Se cargan los festejos de los pueblos. Es una pieza clave del engranaje y dejarla caer pone en riesgo la viabilidad de un motor económico provincial que, en épocas de fiestas locales, genera muchos millones de euros.
Lo más fascinante es que en esta ‘casa’ nadie tiene prisa. Nadie se siente aludido. Como si liquidar una escuela fuera un trámite administrativo gris sin mayor recorrido. Mientras tanto, los alumnos —los únicos que sí cumplían—, quedan fuera de juego.
Y aquí llega lo que de verdad cabrea: esto no era inevitable. No hacían falta más fondos económicos ni reformas raras. Bastaba con trabajar un poquito. Con tener un mínimo de rigor y cordura en la gestión pública.
Ahora se habla de "retomar las clases". Sin fechas, sin credibilidad, sin que nadie pague el pato por meses de inacción política. Como si reiniciar el reloj lo borrara todo. Pues no. Cuando la administración falla así y no pasa nada, el mensaje es claro: la incompetencia sale gratis.
Quizá el futuro de la fiesta no dependa tanto del debate ideológico de los salones madrileños como de algo mucho más prosaico: de si quienes la gestionan en la tierra son capaces, al menos, de empezar un curso a tiempo. Visto lo visto, y recordando con nostalgia la figura del maestro Juan José, parece que pedir seriedad hoy en día es una exigencia exagerada. Visto lo visto... ¡Ay!