El candidato del Partido Popular de Castilla y León a la reelección como presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, participa en un acto electoral en León, este miércoles

El candidato del Partido Popular de Castilla y León a la reelección como presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, participa en un acto electoral en León, este miércoles Rubén Cacho ICAL

Opinión

Campaña en modo piloto automático

"La comunidad más extensa de España sigue perdiendo población a un ritmo tan constante que, si fuera una empresa, ya habría convocado varias reuniones de emergencia".

Publicada

Si cualquier ciudadano quisiera saber cómo se hace campaña electoral sin hablar demasiado de los problemas reales, bastaría con pasar una semana siguiendo los mítines de las elecciones autonómicas del 15 de marzo en Castilla y León. Un desastre. No haría falta ni programa electoral: con un puñado de eslóganes reciclados, alguna referencia a la “estabilidad o la certeza”, otra a “cambiar el futuro” y un par de advertencias apocalípticas sobre el rival político y los emigrantes, el guión queda completo.

Mientras tanto, la comunidad más extensa de España sigue perdiendo población a un ritmo tan constante que, si fuera una empresa, ya habría convocado varias reuniones de emergencia. Pero la despoblación, ese problema estructural que lleva décadas definiendo el futuro de Castilla y León, centrado en los jóvenes que marchan y los jubilados que pueblan, como los últimos mohicanos, el mundo rural, aparece en campaña como esos muebles incómodos que todos ven pero nadie quiere mover demasiado, por si acaso.

Este cierre de la campaña tiene algo de ‘déjà vu’ político. El Partido Popular pide confianza en nombre de la estabilidad, un concepto muy apreciado en política y todavía más cuando uno lleva gobernando la comunidad las últimas tres décadas.

La estabilidad, en este caso, consiste básicamente en prometer que las cosas seguirán funcionando como hasta ahora, salvo algunas promesas electorales puntuales. Lo cual plantea una pregunta incómoda: si el modelo ha sido tan estable durante tanto tiempo, ¿cómo es posible que tantos pueblos estén cada año un poco más vacíos?

El PSOE, por su parte, se presenta como alternativa con una nueva cara, aunque con esa cautela estratégica que consiste en criticar mucho al gobierno sin explicar demasiado cómo sería exactamente el día después de la alternancia. Es una técnica política muy extendida: denunciar el problema es mucho más fácil que proponer una solución que alguien pueda examinar con lupa.

Entre ambos aparece Vox, que ha encontrado en este ecosistema político una oportunidad casi perfecta. Cuando el debate público se convierte en un intercambio de reproches entre partidos tradicionales, siempre hay espacio para quien promete romper el tablero, aunque luego el martillo sea más retórico que práctico. En política, como en la publicidad, a veces basta con parecer diferente. Y el partido de la extrema derecha de Abascal y Pollán, más del primero que del segundo, lo parece, por desgracia para esta tierra, tan necesitada de la inmigración.

Mientras tanto, la campaña se ha llenado de debates sobre pactos futuros. Quién gobernará con quién, qué partido necesitará a cuál para sumar mayoría, qué línea roja se cruzará o se borrará discretamente la noche electoral. Es un espectáculo curioso: se discute con detalle la aritmética del poder antes incluso de discutir qué hacer con él.

En ese ambiente, los problemas concretos de la comunidad quedan relegados a una especie de cameo político. La falta de médicos en zonas rurales se menciona de pasada. El envejecimiento demográfico aparece en gráficos. La precariedad de muchas economías locales se resume en frases que suenan bien en un mitin pero que rara vez sobreviven al primer presupuesto autonómico.

El resultado es una campaña que ha parecido diseñada para no incomodar demasiado a nadie. Cada partido habla a los suyos, confirma las convicciones de su electorado y evita entrar en debates que puedan abrir grietas internas. Es una estrategia eficaz para sobrevivir políticamente, aunque quizá no tanto para gobernar una comunidad que necesita algo más que consignas bien afinadas.

Porque Castilla y León enfrenta este domingo un desafío que no cabe en un eslogan electoral: cómo mantener vivo un territorio enorme, disperso y envejecido en un país cada vez más concentrado en grandes ciudades. Es una pregunta incómoda porque no tiene soluciones fáciles ni resultados inmediatos. Pero precisamente por eso sería útil que alguien la planteara en serio durante una campaña electoral.

De momento, horas antes de votar, lo que domina es la sensación de que la política regional funciona en modo piloto automático. Los discursos se repiten, las promesas se reciclan y los candidatos recorren pueblos donde cada vez vive menos gente para explicar que el futuro está lleno de oportunidades.

Quizá lo esté. Pero convendría que alguien empezara a explicar cuáles, ¡ay!