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Los ídolos del presente

Imagen del Congreso de los Diputados.

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La realidad compone un marco muy difuso y amplio por el que nos desplazamos constantemente. Muchas veces, el ser humano decide ver únicamente lo que ha decidido aceptar como real y no lo que realmente se encuentra ante ellos.

El filósofo Francis Bacon se atrevió a explicar allá por el siglo XVII este razonamiento. Es decir, las dificultades del ser humano para hallar la verdad y los obstáculos que se encontraba por el camino. Para ello se basaba en las Idolas o ídolos.

Los ídolos de la tribu eran los primeros y quizá más importantes. Este concepto afirma que el concepto de la realidad está limitado por la propia naturaleza del ser humano. Así, no existe una realidad absoluta y esta se limita a nuestra capacidad de describirla. ¿Cómo? Con el lenguaje.

En segundo lugar, Bacon mencionó los ídolos de la caverna que dan continuidad a la Alegoría de las Cavernas de Platón. Para ambos, el mundo sensible solo muestra una visión distorsionada del mundo inteligible. Por lo tanto, se trata de una interpretación llena de prejuicios y defectos fruto de nuestras propias limitaciones como ser humano, tal y como se afirma en los ídolos de la tribu.

A esta convención errónea influyen considerablemente los ídolos del foro. El lenguaje no es más que una creación para intentar dar forma tangible a la realidad acorde a nuestras capacidades. Pero no es perfecto, por lo que nunca llega a producirse una traducción absolutamente veraz.

El problema de todo esto era sencillo y, a la vez, complejo. ¿Cómo contactar directamente con la realidad si todo juicio está ligado a nuestra interpretación y queda por ende corrompido de alguna manera? Una cuestión que Bacon no supo responder y que recogerían otros filósofos en los siglos venideros.

Uno de ellos optó por la vía rápida: si no somos capaces de alcanzar la realidad absoluta, podemos decir pues que todos tenemos razón. “No existen los hechos, sino las interpretaciones”. Una frase que Friedrich Nietzsche haría suya y que serviría como base para su Superhombre, igual de difuso e imposible de definir. Sin entrar en cómo este concepto alimentó la ideología nacional-socialista, también arrojó otro razonamiento escandaloso: si yo creo que algo es así, puede serlo, aunque la experiencia, la historia o la ciencia digan lo contrario, pues no son más que otras interpretaciones similares.

La inesperada llegada de la Covid-19 no sólo no ha logrado romper esta disyuntiva si no que ha generado muchas posiciones antagonistas sobre la concepción de lo que nos rodea, alimentando todavía más la polarización.

Políticos, medios de comunicación y 'tuitstars' decidieron cuáles eran nuestros problemas y hacia dónde debíamos focalizar nuestra atención. Ingredientes que han creado un cóctel general que administrar a la población, dividida en dos 'bandos' enfrentados.

Esta disociación entre la clase política y las preocupaciones reales de la población ha marcado la tónica principal durante el último año. El ansia por devorar votos y aumentar el poder ha servido para vender ideales al mejor postor, entre muchos postores. Aquellos que mentían –y mienten– y escondían –y todavía esconden– cifras, datos e información.

O aquellos que ensalzan el odio y el temor camuflados bajo la piel de una libertad que ellos mismos pretenden coartar. Aquellos que viven de la conspiración, la mentira y el enfrentamiento. Aquellos que promueven la lucha por razón de bandera, origen o necesidad. Aquellos que se presentan como los salvadores ante fantasmas imaginarios que solo ellos ven, mientras piensan en llenar su cartera, su bandera y su ego patriota, sea nacional o regional.

“El escándalo, en nuestros días, no consiste en atentar contra los valores morales, sino contra el principio de realidad”, afirma Mario Vargas Llosa en su obra La civilización del espectáculo. Mientras, muchos observan los acontecimientos desde su rincón, con el rostro dirigido hacia la pared de la realidad que han creado, y en contra de todo aquello que no están dispuestos a ver. O que nunca verán porque, para ellos, no existe y es ajeno a su propia interpretación de lo que sucede.